Verde Limón: El juego del Sol y la Luna

juego depelota
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Ya que esta­mos en un nuevo Mun­dial vale la pena refle­xio­nar sobre el juego nacio­nal, el ver­da­dero, ese que está cin­ce­lado en nues­tra iden­ti­dad y que nos recuerda el lugar pri­vi­le­giado que ocu­pa­mos den­tro de los rela­tos crea­do­res de mun­dos: El Juego de pelota.

México es tie­rra de mitos y leyen­das tan pode­ro­sas que han tras­cen­dido la ero­sión del tiempo y sus agen­tes pató­ge­nos. La colo­ni­za­ción y demás inva­sio­nes cul­tu­ra­les no han logrado borrar la hue­lla glo­riosa de una raza que se habla de tú con los dio­ses pri­mi­ge­nios.

Un pue­blo que abraza apa­sio­na­da­mente la cere­mo­nia hasta hacerla fiesta y en ello se per­mite tras­cen­der reno­vando el pacto con esa gran­deza mexi­cana que se expresa en el alma popu­lar. 'Canta y no llo­res', dice el Cie­lito Lindo; 'Si me han de matar mañana que me maten de una vez', advierte la Valen­tina; 'los mexi­ca­nos nace­mos donde nos da la chin­gada gana', sen­ten­cia doña Cha­vela.

Pero hable­mos del juego. El Popol Vuh, el libro sagrado de los maya qui­ché, con­signa el ritual del juego de pelota (ulla­ma­liztli) y lo hace revis­tién­dolo de sím­bo­los y un mis­ti­cismo que sus­tenta la crea­ción de los hom­bres a par­tir del juego, y la fun­da­ción del día y la noche -Sol y Luna-, per­so­ni­fi­ca­dos en los héroes geme­los Hunahpu y Xba­lan­que. El juego sim­bo­li­zaba la pugna entre las fuer­zas opues­tas del uni­verso: bien vs mal, luz vs oscu­ri­dad. Una mitad del campo de juego repre­sen­taba la luz y el posi­ti­vismo; la otra, la oscu­ri­dad y nega­ti­vi­dad. Ade­más de tener un carác­ter lúdico, cons­ti­tuía una metá­fora de la vida, de la muerte y de la rege­ne­ra­ción.

Con su prác­tica, los mesoa­me­ri­ca­nos creían que se ase­gu­ra­ban el buen fun­cio­na­miento del uni­verso.

El con­senso his­tó­rico sitúa en al menos 3,500 años la anti­güe­dad del juego de pelota que, junto al ritual de los Vola­do­res, cons­ti­tu­yen dos expre­sio­nes opues­tas y com­ple­men­ta­rias en el uni­verso de los pue­blos mesoa­me­ri­ca­nos; ambas enfa­ti­zan el trán­sito entre los nive­les del cos­mos. La danza del Vola­dor es metá­fora y expe­rien­cia de acce­der a los nive­les supe­rio­res del cos­mos, y el Juego de Pelota lo es de acce­der a los nive­les infe­rio­res. Ambos son espa­cios de seres no terre­na­les.

Aun­que ale­jado de su uso y fun­ción ori­gi­nal, pues las impli­ca­cio­nes reli­gio­sas han desa­pa­re­cido, el juego de pelota se sigue prac­ti­cando en la actua­li­dad. Exis­ten cua­tro varian­tes según la región en el que se prac­tica:

Ulama en Sina­loa, Rara­ji­puami en Chihuahua, Pasiri-a kurini en Michoa­cán,

Pelota mix­teca en Oaxaca y Ciu­dad de México.

En la inau­gu­ra­ción de las olim­pia­das del 68 y el Mun­dial del 86 se hicie­ron exhi­bi­cio­nes de ulama, que es una moda­li­dad sobre­vi­viente del ulla­ma­liztli prehis­pá­nico, juego popu­lar entre azte­cas y mayas.

Pase­mos al fut­bol. Por cau­sas menos mís­ti­cas México no ha podido tras­cen­der en este juego de pelota lla­mado fut­bol, y es una pena que siendo un país fut­bo­lero sus logros toda­vía no estén a la altura de los afi­cio­na­dos que en cada mun­dial hacen fies­tas inol­vi­da­bles en la tri­buna, calles y hoga­res.

Con todo el deseo de fallar en la eva­lua­ción, pues el espí­ritu fes­tivo de la gente merece cosas ver­da­de­ra­mente gran­des, ver jugar a la Selec­ción en su par­tido inau­gu­ral no ofrece muchas razo­nes para ser opti­mis­tas. Menos si se juega así en el Azteca, tem­plo ritua­lís­tico de un deporte que vio coro­nar a los dos más gran­des fut­bo­lis­tas de la his­to­ria, Pelé y Mara­dona.

Tal vez los soció­lo­gos, y no los insu­fri­bles espe­cia­lis­tas del fut­bol, podrán expli­car mejor la rea­li­dad dis­cor­dante de un pobre fut­bol y un afi­cio­nado gene­roso que cada cua­tro años se entrega a un ritual de fe, amor y espe­ranza. Alguien ten­dría que expli­carle al mundo por qué en México la ola irrumpe con tanta fuerza y se hace mun­dial, y un grito que es un deseo se exprese agó­ni­ca­mente al com­pás del reloj que ame­naza un nuevo final (que es el mismo de siem­pre): ¡Sí se puede! (pero ter­mina no pudién­dose).

El 'juga­mos como nunca y per­di­mos como siem­pre' es un pobre con­suelo, y peor lite­ra­tura, para un país acos­tum­brado al sacri­fi­cio, sí, pero tam­bién al honor y la glo­ria.

El lugar donde nacie­ron el sol y la luna merece héroes a la altura de su juego de pelota.