Verde Limón: A ¡ chin­gar a su padre!

Verde Limón
Verde Limón

Con sus modos, mi jefe­cita me mandó a ver al viejo y acá estoy, inten­tando pla­ti­car con él en esta cama de pie­dra tan incó­moda donde reposa.

A mi papá siem­pre le gustó la mala vida, para que es más que la ver­dad, pero tenía muy buen humor y eso le ayu­daba a lidiar con sus acha­ques y los remor­di­mien­tos de una exis­ten­cia des­ma­drosa que nunca tuvo más com­pro­mi­sos que con la música y la parranda.

Bas­taba que aga­rrara su vio­lín y hasta lo hacía chi­llar de tanto ras­gar la pri­mera cuerda con sus flo­ri­le­gios desen­fre­na­dos de Paga­nini que tocaba hua­pan­gos, pol­cas y sones. Él era un maria­chi de los bue­nos.

Al viejo le gus­taba Cuco Sán­chez, ese cha­rro cha­pa­rro, poeta y cam­pe­sino, que escri­bía can­cio­nes de amor y muerte: 'De pie­dra ha de ser la cama / de pie­dra la cabe­cera / la mujer que a mí me quiera / me ha de

que­rer de a deve­ras, ay, ay, ay'... tam­bién se emo­cio­naba con los ver­sos tris­to­nes de 'Grí­tenme pie­dras del Campo': 'Soy como el viento que sopla / alre­de­dor de este mundo / anda entre muchos pla­ce­res / anda entre muchos pla­ce­res / pero no es suyo nin­guno'.

Mi jefe era un artista pleno, muy apa­sio­nado y chin­gón en la eje­cu­ción de su vio­lín. Le encan­taba la música clá­sica y se daba vuelo inter­pre­tando Czar­das de Monti o el Canto del Cana­rio... a mí me gus­taba mucho cómo le salía la Bikina, pero lo que mejor recuerdo son aque­llas tar­des en casa a la que lle­ga­ban dos o tres com­pa­ñe­ros suyos a hacer una tocada fami­liar y nos diver­tía­mos de lo lindo con la ale­gría de la vihuela del maes­tro Por­fi­rio o el pichi­ca­teado jugue­tón que el com­pa­dre Efrén le sacaba a su trom­peta.

Verdá de Dios que en esos días hasta a mi mamá le gus­taba la música que tocada mi jefe­cito, y tengo la sen­sa­ción de que era por­que ellos toda­vía se que­rían. Mi jefe era muy guapo y con el traje de cha­rro se veía muy varo­nil, y mi mamá era un muje­rón her­moso cuyo carác­ter volado no tole­raba a los hom­bres 'apa­ña­la­dos'. Eso nos lo dejó muy claro a todos el día que le dio salida a mi pobre viejo. Me dolió pero no la juzgo pues mi papá debió pen­sar que cuando tie­nes una fami­lia ya no sólo es tocar por gusto, hay que chin­garle para man­te­ner a los hijos. Pero de eso él no sabía mucho.

Cada que mi jefa le exi­gía que cum­pliera con sus obli­ga­cio­nes él nada­más se ponía serio, aga­rraba su vio­lín y se iba con su música a otra parte. Ya en la calle lo de menos era meterse a tocar a una can­tina y de ahí no regre­saba a la casa en varios días. Me consta que su música hacía feli­ces a muchos, menos a noso­tros, sus hijos, ni a mi que­rida jefe­cita que se las arre­glaba para man­te­ner­nos y no per­der los estri­bos cada vez que alguno de noso­tros pre­gun­taba por mi papá. Carita triste incluida.

Como las ausen­cias se fue­ron pro­lon­gando

llegó el día en que todo se vol­vió nor­mal y ya no pre­gun­tá­ba­mos por él. Y estuvo bien por­que la jefa ya no tenía pacien­cia para lidiar con niños 'apa­ña­la­dos' que le seña­la­ran sus erro­res de jui­cio.

Ayer que fui a verla para pedirle que me invi­tara de desa­yu­nar, en la plá­tica salió aquel recuerdo de cuando de niño le dije que me gus­ta­ría apren­der a tocar el vio­lín como mi papá y ella me mandó dere­chito a la chin­gada con el argu­mento de que para qué iba a que­rer otro músico deso­bli­gado y borra­cho en la fami­lia. A la pobre­cita se le atra­gantó el café con el recuerdo y se le lle­na­ron los oji­tos de lágri­mas por lo que llamó las puña­la­das de la vida.

Me cago­teó por recor­dar la anéc­dota y me echó un ser­món que Dios sabe res­peto por­que tiene razón y moti­vos para pedirme un poco de res­pon­sa­bi­li­dad aún a estas altura de mi vida que ya estoy viejo.

La jefa me pidió que recor­dara cómo murió en mis bra­zos mi papá, todo can­sado y des­hi­la­chado como trapo viejo de tan­tos exce­sos y una vida irres­pon­sa­ble. ¿No te duele ni tan­tito el cora­zón de haber visto a tu padre morir per­dido en esa incons­cien­cia que lo arrin­conó en una sole­dad tan horri­ble, indigna de una vida dada por el amor de sus padres y la volun­tad de Dios?, me dijo mi jefe­cita.

Yo, con mis pobres enten­de­ras, no alcancé a dimen­sio­nar la sabi­du­ría de su repro­che ni la inten­ción ben­dita de su pre­gunta. Lo entiendo ahora que estoy ante la tumba de mi viejo, y por eso al fin pude llo­rar ante esta cama de pie­dra llena de moho que cobija sus res­tos y da la ima­gen exacta de esa can­ción que habla de una cruz de olvido. Aquí recuerdo con qué melan­co­lía can­taba él 'La Leña de Pirul' y pienso que quizá en su cora­zón enten­día que sólo era una pie­dra de tro­piezo en nues­tras vidas y un espí­ritu sin pro­pó­sito, como la leña de pirul, que no sirve ni pa'arder, nomás para hacer llo­rar.

Sí, lloro, pero es más por el dolor de mi madre que por la paz de mi papá. Sé que él, acorde a sus sin­sen­ti­dos, se la está pasando a toda madre ahí donde esté, pero ella ha vivido una vida muy amarga des­pués de que él se fue y quedé yo con mis vicios.

Ter­mi­nando el desa­yuno, y ante la tem­bla­dera de la cruda que no me he podido curar, y que ella observó aver­gon­zada, sólo pude decirle a mi jefa con el tono irre­fle­xivo que bien podría ser el de mi papá: Mira, tú no que­rías que yo fuera músico para que no me vol­viera borra­cho, y me diste estu­dios para ser alguien en la vida, pero acá me tie­nes: no soy músico pero sí borra­cho. Aun­que sea a medias te cum­plí.

Con sus mane­ras, mi jefe­cita me mandó a chin­gar a mi padre.

Y aquí estoy... pero no sé qué decirle. (con cariño para mi que­rido her­mano el panda por esta nueva vida que duele pero es de ver­dad).
 

¡Ay, dolor!

La ver­dad es que mi papá, don Luis, era un poquito desa­ten­dido. Noso­tros somos hijos de su segunda fami­lia, por así decirlo, y quizá por eso él siem­pre fue muy desa­pe­gado no sola­mente de mi mamá sino de noso­tros. Venía a ver­nos cada semana o cada mes, depen­diendo de su ham­bre o ganas de pelear pues nomás lle­gaba a comer o hacer eno­jar a mi mamá.

Me duele recor­dar que más de una vez desee que él ya no regre­sara -me daban ganas, pues-, pero se me qui­ta­ron por la idea de repe­tir aque­lla única vez que me llevó a una feria de esas que ponen en las colo­nias. Ese día se subió con­migo a los carros cho­co­nes, me com­pró golo­si­nas y me trajo de aquí para allá.

Real­mente ese es el recuerdo más bonito que tengo de él y, sí, obvia­mente, por el hecho de ser mi papá yo lo que­ría; no un mon­tón, pero sí sin­ce­ra­mente aun­que el cabrón dejaba mucho que desear como padre y esposo.

Ya de grande lo veía poco pero siem­pre me ente­raba de sus cosas, sobre todo las malas, como cuando caía en cama por des­cui­darse la dia­be­tes y no aten­derse. Lo pienso y me da rabia y tam­bién pena pues esas acti­tu­des tan irres­pon­sa­bles yo la estoy repi­tiendo. A mí tam­bién me tiran muy feo los subi­do­nes de azú­car y esa suerte de vale­ma­drismo por la vida que intento expul­sar de mi cuerpo con la chin­gada tos que me pro­duce el taba­quismo pero que regresa en el aire angus­tiante de mi mala res­pi­ra­ción. Cuando estoy en mis cri­sis lloro de pena por recor­dar esos días de mi papá en cama y casi siento que soy yo repi­tiendo sus erro­res en cosas que due­len mucho y las­ti­man a gente que nos ama.

Él ter­minó ciego y some­tido a horri­bles dia­li­sis, entre otros dolo­res, y aun­que en su momento supe que le iban a qui­tar la vesí­cula al final ya no quise ente­rarme de más pues sen­tía que su indi­fe­ren­cia de padre no mere­cía mi aten­ción de hijo.

Un día en que decidí ir a verlo al hos­pi­tal para darle la noti­cia del naci­miento de mi hija, un miedo me para­lizó y me hizo dudar en hacer la visita; supuse que tal vez la cons­cien­cia me estaba advir­tiendo algo.

Pensé en que sería incó­modo verlo y char­lar de asun­tos tan per­so­na­les que él tal vez no valo­ra­ría o no mere­ce­ría saber, pero aun­que sentí que me expon­dría emo­cio­nal­mente decidí verlo y apro­ve­char para decirle otras cosas que lle­va­ban un deseo de per­dón y recon­ci­lia­ción al menos de mi parte, pero a la hora buena no se las dije por pena y me auto­con­vencí que habría más tiempo para ello.

Ahora se que el tiempo tiene sus mane­ras de ope­rar y modi­fi­car los pla­nes, aún los más nobles. Un día me lla­ma­ron al tra­bajo y me dije­ron que mi viejo nue­va­mente estaba hos­pi­ta­li­zado y pedía que lo fuera a ver.

Lle­gué muy tran­quilo, sin nin­guna preo­cu­pa­ción, pen­sando en reto­mar la charla pen­diente y sol­tar de una vez esos vie­jos remor­di­mien­tos que ya sólo estor­ba­ban en la coti­dia­ni­dad de mi nueva vida olo­rosa a bebé.

Lle­gué y él ya no estaba. Fui a su casa y recibí la sor­presa de que lo esta­ban velando... y yo, que nunca pude decirle nada sin­cero, tam­poco pude llo­rarlo. Eso de dejarle las cosas al tiempo es una pen­de­jada que lo único que enseña es a cons­truír remor­di­mien­tos.

Con mis hijas y mi mamá lo recor­da­mos y se me atora algo en el pecho, un hálito de amar­gura que me oprime con fuerza hasta las­ti­marme físi­ca­mente y pienso que aun­que quiero desaho­garme nomás no me sale.

Cuando veo a los ojos a mis nenas siento sus mira­das lle­nas de amor y repro­ches y pienso que así veía yo a mi papá, lo cual me con­funde pues no sé cómo sepa­rar lo dulce de lo amargo, ni cómo ense­ñar­les a verme dife­rente. Tam­poco sé cómo cam­biar la ima­gen de mi papá.

Hoy entiendo que real­mente lo quise mucho pero siem­pre me resistí a acep­tarlo, y si bien es cierto que des­gra­cia­da­mente él no pre­dicó con el ejem­plo, reco­nozco que sus omi­sio­nes cons­tru­ye­ron ense­ñan­zas níti­das: yo no soy él por lo tanto no tengo por qué ser como él.

Y en esas ando. Deseo ser mejor per­sona pero no es fácil por­que soy muy pare­cido a mi padre en todo. Nece­sito resol­verlo por­que, por lo pronto, un dolor horri­ble apa­re­ció en mi pul­món y me está jodiendo mucho.