Visita
Ayer salí a pasear con el soneto, hacía tiempo que no lo visitaba, agradeció saber que lo extrañaba, refrendamos cariños y respetos.
Rimamos al amor, a mis dolencias, al tiempo, a las consignas y blasones, bebimos y cantamos sus canciones, reímos y lloramos las ausencias.
Nos sorprendió, fugaz, la madrugada perdidos entre estrofas y adjetivos, jurando nuestra próxima trovada.
Con la esperanza mutua de estar vivos estrechamos las manos desveladas y nos dimos tres puntos suspensivos.
Fantasma
Prometiste volver en una ola que ahogara, en mí, la sorda lejanía y aquel vago recuerdo que tenía de tanto trasnochar casi se inmola.
Por más que quiera reconstruir la espuma y amalgamar tu luz con mi esperanza te juro que lo intento y no me alcanza para que escampe ya la densa bruma.
Se esconden en translúcidas velarias como fantasmas ácidos, los días, y desconozco ya la indumentaria,
de mi empecinada melancolía. Pero si vuelves, dura y temeraria, sabré entonces que nunca fuiste mía.
Toda palabra
Toda palabra esconde otra palabra y, en el pretexto de las confusiones, tu voz cantado luz entre barzones rezuma miel cuando la tierra labra.
Asoman como exánimes murmullos temiendo entrelazarse a otros suspiros como volutas en sonoros giros que de tan cotidianos son tan tuyos.
Sin importar que esto ya suene a plagio acaso ni el silencio cruel me espanta aunque sé de tormentas y presagios.
Mi voluntad apenas se levanta no me dejes ausente en el naufragio del tibio amanecer de tu garganta.
Marinero
La noche enciende sus farolas para inspirar a un noble marinero que en el mar renueva su tintero con pura inspiración de caracolas.
Lucecita vestida de amapolas que tilila con vida de lucero y ofrece a los ojos agoreros luciérnagas que juegan con las olas.
Marinero que ofrece epifanías y sus ojos reinventan la verdad que se plasma en cándida alegría.
Él sublima la espesa soledad y las noches de gris melancolía, con su luz que siempre existirá.
Virginal
Abril se arrodilla frente al río musitando ante el cuerpo de Virginia y reclama al viento la ignominia de las piedras ahogando el desvarío.
Voces del delirio que domina la psique de los seres de agua un Yo revuelto en que se fragua la sentencia de Flora y Alfonsina.
Almas entregadas al misterio en el agua infinita de los días que les da su adiós de cementerio.
Marea de tristezas y alegrías en la vida que vuelve al bautisterio y hace nuevos mundos con poesía.
Meses
La vigilia despierta a lo febril de los meses pletóricos de vida sin pena por las almas despedidas en las aguas traicioneras de un abril.
Torrente de penas en el zarzo como mimbre flotando con la queja por un genio que sufre por su oreja y se vence en el hálito de marzo.
Dos meses de lánguida querella alimentando los místicos crisoles que donan al cielo dos estrellas.
La poesía llenando de arreboles al pincel que deja nobles huellas del gran genio que pinta girasoles.
El espíritu del pez espada
‘El hombre de una sola oreja no pinta sombras; la luz y el color no las dejan andar de ronda.’ Alberto Cortéz
Era temprano y en la estación aún quedaban restos de la niebla que la tarde anterior borró las calles de Siena hasta hacerlas reconocibles sólo por las sombras de su gente. Tenía veintipocos años y viajaba solo. Hoy me parece que esos recuerdos pertenecen a otra persona, a alguien que no permanecía ni un segundo en el pasado. La soledad no era un encuentro de nostalgias sino de oportunidades. Hoy la soledad me parece un horizonte demasiado inquietante.
Compré el billete a Bolonia. La conocí prácticamente de noche y sólo tres días, el tiempo que duraba un curso de italiano contratado desde Madrid. Al salir del aula, el grupo de extranjeros (suecos, españoles y alemanes) volcábamos nuestra energía en los bares. Y desde entonces Bolonia significó para mí las farolas opacas de la noche, el sabor amargo del vino barato y una buhardilla reducida al abrigo de una luz de mesa iluminando a unas sábanas y a una mujer.
Después de esos tres días estaba sentado de nuevo en la estación esperando el tren de regreso a Roma. El tren une y desune constantemente. Son la expectativa del viaje, pero también la esperanza del regreso. Sentado en el anden observaba los elementos que harían reconocible la estación hace 70 u 80 años. Todos esos elementos abrigan a las personas que llegan a la estación igual que una montaña abriga a un pueblo. A mi lado se sentó Francesco.
Tenía 78 años, los ojos claros, dos largas hendiduras en las mejillas, la barba blanca y creciente, como una media luna, un gorro de lana y el abrigo de pana ajustado al cuello. Francesco era pescador. Su mujer acababa de morir, sin dolor, tendida en la única cama de la única casa que habitaron juntos en un pueblo de Sicilia. La conoció a los 16 años y desde entonces no se habían separado. Cuando la enterró, Francesco dijo “hasta pronto” en voz baja, armó las redes sobre el bote y se perdió en el mar.
Hacía dos días que Francesco había preparado el morral para viajar al norte por primera vez. Quería visitar a su hijo, un obrero que trabajaba en Módena desde hacía diez años. En el trayecto, frente a las campiñas enmarcadas por los vidrios de la ventana, yo le preguntaba sobre la pesca. Francesco me decía que el mar era mujer, que había hablado más con ella desde su casamiento a los 4 años que con su propia esposa. Admiraba en especial al pez espada, por su tenacidad, por su fuerza y su debilidad. Es el más humano de los peces, decía Francesco.
A veces, cuando una hembra era sometida entre las redes, un macho daba vueltas en círculo alrededor de ella siguiéndola hasta la superficie. El macho quedaba unos segundos con la aleta y parte del lomo al descubierto tratando de seguir el camino de la hembra hasta los últimos coletazos. “Destazaba el pescado con el corazón en un puño”, recordaba Francesco. “Con un nudo en la garganta”.
Cuando llegaron los trenes nos despedimos.
En la naturaleza todo es una donación, pensé más tarde, con el tren en marcha. El espíritu es sólo el corazón que, tras esa donación, queda en un puño.
