Verde Limón: Portal

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Enmic casa hay caren­cias pero­gra­cias a Dios nada que no se resuelva con esfuerzo y la bue­na­vo­lun­tadde toda la fami­lia. Nos hemos vuelto bue­nos encon­trando solu­cio­nes al enten­der lo impo - tante de cada situa­ción.

Somos un clan grande que se quiere mucho y lucha por ganarse el pan de cada día. No nos que­ja­mos ante la adver­si­dad, claro, tam­poco la toma­mos a la ligera, pero enten­de­mos que somos afor­tu­na­dos de estar jun­tos, hon­ra­mos la vida y pro­cu­ra­mos vivir en paz.

Esta casa la cons­tru­ye­ron los bisa­bue­los y siem­pre la hemos habi­tado alguno de sus muchos des­cen­dien­tes. En un terreno que reci­bie­ron en tiem­pos de la revo­lu­ción se las arre­gla­ron para hacer muchos cuar­ti­tos y darle su espa­cio a cada uno de sus hijos. Tam­bién sem­bra­ron pla­ta­na­res junto a los caña­les de los alre­de­do­res.

Acá vivie­ron mis abue­los mater­nos y des­pués mis papás; ellos agre­ga­ron más cuar­ti­tos donde aco­mo­da­ban a fami­lia­res que lle­ga­ban de visita o a los que se que­da­ban a vivir por tem­po­ra­das. Mis abue­los nos ense­ña­ron el valor de la soli­da­ri­dad y res­peto a la dig­ni­dad del pró­jimo.

Los fami­lia­res retri­buían con tra­bajo la buena volun­tad de mis ante­pa­sa­dos, por eso la casa tuvo varios eta­pas de remo­de­la­ción y embe­lle­ci­miento. Hubo tiem­pos en que desde lejos lla­maba la aten­ción por ese mosaico colo­rido de sus pare­des y el aspecto pri­mo­roso de roca pre­ciosa inser­tada como una isla entre un hori­zonte exu­be­rante de ver­dor. Un tiempo de abun­dan­cia que desde hace años se empezó a ir de la región pero que como recor­da­to­rio late fuerte en el cora­zón de los que la habi­ta­mos.

Mis her­ma­nos y yo somos la cuarta gene­ra­ción que cre­ció entre estas pare­des que apren­di­mos a res­pe­tar pues están lle­nas de vida fami­liar. Ama­mos la his­to­ria que nos cuen­tan los abue­los y con­fia­mos en recu­pe­rar la dig­ni­dad de este espa­cio que per­dió ver­dor pero que se man­tiene firme en su amor fun­da­cio­nal.

Como a mis her­ma­nos les atrajo la pro­mesa que da el camino se fue­ron tras ella y yo me quedé a for­mar un hogar con mi esposa y los cinco hijos que lle­ga­ron a ben­de­cir nues­tra unión. Aquí hemos sido feli­ces y que­re­mos seguir sién­dolo aun­que la situa­ción a veces es muy dura. Cosas de los polí­ti­cos y sus horri­bles mane­ras de medrar con el ham­bre del pue­blo.

Sin embargo, mi casa tiene raí­ces pro­fun­das y a ellas nos abra­za­mos para hacer­nos fuer­tes todos. Bien dice el dicho que no hay mal que dure cien años y yo agrego que tam­poco polí­ti­cos que se vayan a sal­var de la tumba. Es una cues­tión de enten­der lo básico, como diría mi abuelo: la vida es un poder que nos tras­cen­derá a todos; la muerte insiste, la vida per­siste.

La pobreza es un asunto con el que hay que lidiar y en un momento dado nos enseña a ser dig­nos y ver con ojos mise­ri­cor­dio­sos al que menos tiene, pues es una regla de la vida: siem­pre hay alguien que la pasa peor. Esta­mos acos­tum­bra­dos a luchar y vivir con­ten­tos con la recom­pensa del tra­bajo, pero a veces uno llega a sen­tir que al mundo le fal­tan equi­li­brios y Dios como que no se quiere dar cuenta, o, como diría el poeta: no escu­cha, allá arriba, tan lejos.

Bus­cando un poco de silen­cio para refle­xio­nar, desde hace algu­nos días he salido a cami­nar por los vere­das ale­da­ñas a mi casa -cami­nos ero­sio­na­dos por el olvido que ofre­cen una visión de ortiga y maleza ahí donde antes hubo pla­ta­na­res y ves­ti­gios de un edén- pero esta última vez me dominó una sen­sa­ción de extra­vío. No sé cómo lle­gué ahí, pero me encuen­tro en un pasa­dizo azul que se abre ante mis ojos como un mar bíblico y me envuelve en una bruma de sal y ceniza que me empuja y me hace cami­nar a cie­gas.

Un sonido estri­dente de fan­fa­rrias y ovaci nes tumul­tuo­sas irrumpe en el espa­cio que en mi momen­tá­nea ceguera sólo puedo ima­gi­nar y me hace brin­car; sien­to­que todo vibra e in - tin­ti­va­mente me dirijo hacia la fuente de donde pro­viene el ruido. Al acer­carme per­cibo una mez­cla bulli­ciosa de música, telé­fo­nos sonando y mur­mu­llos. Cuando logro ver com­pruebo sor­pren­dido que estoy enme­dio de un gran salón, como el hall de un hotel. La osten­ta­ción es abso­luta pero la ele­gan­cia arqui­tec­tó­nica del lugar y su deco­rado con­trasta de manera gro­tesca con el desa­liño de las per­so­nas que tran­si­tan ansio­sas por los pasi­llos. Se diri­gen a varios salo­nes entre los que ubico museos, casi­nos y res­tau­ran­tes. Hay otros que no iden­ti­fico pero que tal vez sean salas de jun­tas, tien­das o áreas de jue­gos.

Camino con­fun­dido entre la gente y un bati­bu­rri­llo de idio­mas que me hace refle­xio­nar sobre la natu­ra­leza del lugar y mi pre­sen­cia ahí. A la dis­tan­cia veo una puerta que supongo es de ser­vi­cio y me dirijo a ella para ave­ri­guar algo sobre mi situa­ción. A medio camino veo venir a un hom­bre de unos 50 años ves­tido de cama­rero que se me hace cono­cido. Se acerca con fami­lia­ri­dad, me abraza y me dice: '¡Qué gusto verte, Miguel, qué bueno que cru­zaste la línea, manito!'. En sus pala­bras per­cibo sin­cera ale­gría y aun­que su voz tiene acen­tos de otro idioma reco­nozco a Marco, uno de mis her­ma­nos que se fue de la casa ape­nas unos años atrás, pero me sor­prende verlo tan enve­je­cido. Me da gusto escu­charlo, le devuelvo el abrazo y le pre­gunto si sabe qué hago en este lugar y cómo lle­gué.

Marco son­ríe pero lo hace de una forma cínica que me sor­prende, me dice que estoy ahí por­que entré en un por­tal de tele­trans­por­ta­ción y viajé al futuro. Me solté una car­ca­jada y le dije que yo no con­sumo dro­gas y por lo tanto mis via­jes son nor­ma­li­tos. Marco no se inmuta y me explica que el camino de orti­gas es la puerta a esta dimen­sión donde él habita desde hace varios años y a la que yo lle­gué por acci­dente. Me aclara que este tipo de por­ta­les son como los encan­tos que se abren en los cerros el día de San Juan y que yo pasé a tra­vés de uno. Varias leyen­das de los abue­los hablan de ellos, me recuerda, y yo asiento mecá­ni­ca­mente pen­sando que mi her­mano bro­mea, pero él se pone serio y me invita a no vol­ver a mi casa y le con­testo que no. Insiste en los lujos y moder­ni­dad de ese lugar, 'acá no hay ham­bre, Miguel, acá todo es abun­dante', me dice entu­sias­mado.

Ante mi nega­tiva mi her­mano me toma del brazo y me lleva a cono­cer varios salo­nes. Un lujo gro­se­ra­mente asép­tico carac­te­riza todos los espa­cios, nin­guno tiene luz natu­ral y las per­so­nas se com­por­tan como autó­ma­tas que ríen desa­fo­ra­das ante cual­quier bobada que se pro­yecta en las pan­ta­llas que col­man las pare­des. Los pocos niños que veo tie­nen la mirada vidriosa y el gesto abú­lico de quien padece el encie­rro y la falta de estí­mu­los crea­ti­vos; son tor­pes al andar. Veo gente de muchas nacio­na­li­da­des pero todas son de piel blanca bron­ceada gro­se­ra­mente; la gente de otras razas, como Marco, trae uni­forme.

Mi her­mano explica emo­cio­nado cómo fun­ciona este cen­tro de con­ven­cio­nes que el gobierno creó en los tie­rras recu­pe­ra­das tras las cam­pa­ñas de los gran­des paci­fi­ca­do­res. El tema me llama la aten­ción y quise saber más pero algo que ví al entrar al salón que funge como casino me sor­pren­dió, por lo que inte­rrumpo a mi her­mano y con la mirada le señalo un grupo de gente que comen como cer­dos en una mesa ple­tó­rica de vian­das, y otros que corren des­nu­dos por los pasi­llos. Paté­ti­cos en la des­ver­güenza de sus car­nes flá­ci­das y alie­na­dos en el furor de sus vicios. Veo joven­ci­tas siendo abu­sa­das por ancia­nos babean­tes en una orgía demo­niaca en la que cir­cu­lan hom­bres y muje­res asque­ro­sa­mente obe­sos comiendo estiér­col y otros detri­tus huma­nos.

Me puse a tem­blar de horror y coraje y vol­teé a ver a Marco para eva­luar su reac­ción pero él, imper­tur­ba­ble, sólo atina a sacarme de ahí y lle­varme al museo. 'Te va a gus­tar', me dice.

Al entrar, una ráfaga de sen­sa­cio­nes extra­ñas, como un dejavú, me envuelve y me siento muy incó­modo. El lugar se me hace fami­liar pero yo no atino a enten­der por­qué.

Marco per­cibe mi inco­mo­di­dad y por dis­traerme señala una capi­lla adya­cente al museo. Ahí, una repre­sen­ta­ción de la cru­ci­fi­xión de Cristo tiene lugar como espec­tá­culo. Tres niños more­nos son cru­ci­fi­ca­dos y tor­tu­ra­dos por hom­bres dis­fra­za­dos de cen­tu­rio­nes roma­nos mien­tras un grupo de pla­ñi­de­ras dirige un coro de hom­bres enca­pu­cha­dos. Mur­mu­llos que retum­ban con sor­di­dez de cata­cumba y lle­nan el espa­cio en un cres­cendo espan­toso que cul­mina con la muerte de los niños y el lamento des­ga­rrado de las pla­ñi­de­ras. Tras un breve silen­cio, una ova­ción con víto­res ensor­de­ce­do­res que repro­du­cen las pan­ta­llas me sacan del marasmo y vol­teo a ver a los asis­ten­tes al per­for­mance. Todos ríen, llo­ran, se abra­zan y se ben­di­cen.

Me alejo de ahí sin enten­der la dimen­sión del horror que acabo de ver. Mar­cos me alcanza y me dice son­riendo: '¿ver­dad que es sublime nues­tro reen­cuen­tro con la fe ori­gi­nal?'; no le con­testo, sólo observo su ros­tro des­hu­ma­ni­zado y entiendo que ya nada hay en él de lo que fuera mi her­mano. Le doy la espalda, aver­gon­zado.

Me toma del hom­bro y me lleva al área del museo; ahí, por cam­biar de tema, aclara mi inquie­tud acerca de la fami­lia­ri­dad con el lugar. Lo que me informa me tras­pasa el alma y el cora­zón como mil puña­la­das. '¡Ay, her­mano!', me dice, '¿a poco no reco­no­ces este monu­mento que el gobierno logró res­ca­tar?. No te quiero pre­su­mir, pero el Pre­si­dente lo con­servó como un obse­quio para mí pues me tiene carino y mucha con­fianza. ¿Ya lo ubi­caste?'... Una lla­ma­rada de des­pre­cio por mi her­mano reco­rre mis entra­ñas al reco­no­cer los ves­ti­gios de lo que fue mi casa. La her­mosa casa de mis abue­los y mis hijos que este insen­sato her­mano mío se robó para con­ver­tirla en atrac­tivo turís­tico de su mundo deca­dente. No soporté más y salí corriendo de ahí. La salida de ser­vi­cio me arrojó a un lote bal­dío lleno de maleza y ortiga que está ahí, como espe­rán­dome, para devol­verme a mi hogar.

Al entrar al túnel, una bruma densa como la tem­pes­tad sul­fú­rica que azotó Sodoma se con­densa a mis espal­das, la puedo sen­tir pero no miro hacia atrás. Deseo vol­ver a mi casa, abra­zar a mi mujer y mis hijos y decir­les que los amo.

Si Dios existe le pido inter­ceda por mi hogar.

 

En os cables no hay fluido

La tarde, suda­rio gris, entra por cada ren­dija del invierno y me cobija comoa Fran­cisco deA­sís. El mar se vuelve un país enfermo de hielo y sal, yel alfi­ler inver­nal desde el aire que relin­cha, sin tener punta me pinch de la frente al cal­ca­ñal

Todoa­pa­renta dor­mido como enfermo sin far­ma­cia, mien­tras para­más­des­gra­cia en los cables­nohay fluido. Elsol tam­bién escon­dido estáen la jau­la­del mar, y ni un cocuyo pasar se ve inda­gando el pai­saje, la luna salió de viaje y no piensa regre­sar.

Las estre­llas apa­ga­das en el cielo se ador­me­cen, y hasta las nubes pare­cen lechu­zas ator­men­ta­das. Se han secado las caña­das, el viento se arras­tra y gime y para que se apro­xime algo a la natu­ra­leza, habrá que cam­biar la empresa y aca­bar con las MIPIME

Ayer mar­qué en una cola de la caja y el cajero, pero del poco dinero no hay una peseta sola. Anda corriendo la bola que hay un cán­cer de bol­si­llo, me colé por un pasi­llo detrás de una jamo­nada y no pude hallar más nada que un polvo de pica­di­llo.

Hallé una carne de cerdo y cuando fui a pre­gun­tar, por el pre­cio del man­jar me dolió hasta el lado izquierdo. Sólo mas­ti­qué el recuerdo de los últi­mos bis­te­ces, ni la foto de las reses exis­ten en mi memo­ria, y la misma tra­yec­to­ria me suce­dió con los peces.

Del yogur del desa­yuno sé bien que no me indi­gesto, por­que ese tam­bién se ha puesto que es un petró­leo vacuno. Voy a pen­sar si en Nep­tuno hay un hogar para mí por­que de seguir así me lle­va­rán al pan­teón, en dos cajas de car­tón por­que ni jobo hay aquí.

 

El sueño de Amé­rica

Los vie­jos aco­ra­za­dos espe­ran con los caño­nes ergui­dos, como lagar­tos semi­dor­mi­dos en el cieno. Las ban­de­ras de trapo de barras y de estre­llas, ondean aún en la noche del Caribe.

Los mari­nes fuman en la cubierta, escu­pen por la borda y sue­ñan con los tiem­pos de oro en que podían vio­lar impu­ne­mente a las viet­na­mi­tas asus­ta­di­zas del Viet Cong y luego que­mar­las con napalm para ocul­tar la mala con­cien­cia.

Alguien desde la Casa Negra les dice que pue­den vol­ver a empe­zar.

Todos los días, todas las noches las usi­nes fabri­can bayo­ne­tas, dis­fra­ces de tigre, rifles con miri­lla teles­có­pica, gri­lle­tes para los ven­ci­dos, her­bi­ci­das para los cam­pos de caña...

Y los medios nor­tea­me­ri­ca­nos des­pier­tan a los tele­vi­den­tes con la buena noti­cia: “¡Cuba está por caer! ¡Cuba se muere de ham­bre!”.

Los niños rolli­zos y son­ro­sa­dos de Atlanta salen en par­va­das ale­gres al auto­bús de la escuela, mien­tras los padres apa­gan el tele­vi­sor que ha con­for­tado su espí­ritu.

Se lavan cui­da­do­sa­mente los dien­tes, luciendo esa bella den­ta­dura de tigre joven y ya en el auto­mó­vil, rumbo a la ofi­cina de segu­ros en donde un sir­viente negro les abrirá la puerta, pien­san con satis­fac­ción res­pi­rando pro­fun­da­mente:

“El sueño de Amé­rica ha muerto”.

ARGELIO TORRES GARCÍA

Nota: Las MIPIME son unas peque­ñas empre­sas par­ti­cu­la­res que se han creado para con­tra­rres­tar la situa­ción ali­men­ti­cia y mate­rial en Cuba, pues el Estado no está en con­di­cio­nes de asu­mirla, pero para mal de males los pre­cios son exce­si­vos y a muy poco o nin­gún alcance de la capa humilde y pobre, por lo que se le ha ido de la mano al gobierno y no hay cómo con­tro­lar la enfer­me­dad eco­nó­mica y los Pito Perez siem­pre somos los que paga­mos las con­se­cuen­cias mul­tando el estó­mago al pre­cio de coci­nas sin sumi­nis­tros.