Verde Limón: Los viejos sitios

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Que uno de mi calle me ha dicho que tiene un amigo que dice conocer un tipo que un día fue feliz. Joan Manuel Serrat Uno vuelve siempre A los viejos sitios donde amó la vida. Y entonces comprende Cómo están de ausentes las cosas queridas... Canción de las simples cosas Julio Cesar Isella Armando Tejada Gomez

Como pude llegué ahí, a ese lugar preferido de mi infancia, tras merodearlo inseguro como ratón ante la trampa olorosa a queso.

Fueron varios años de intentarlo, tal vez demasiados, pero logré llegar sorteando el laberinto de recuerdos y emociones que tramposamente me movían las calles y los referentes, aún los que siempre consideré seguros.

Toda la vida he batallado con el sentido de orientación y no me parece normal, creo que nací con el GPS descompuesto o algo por el estilo, pero de verdad que llega a ser un suplicio eso de ubicarme espacialmente en un lugar nuevo.

Lo curioso es que este sitio donde pasé mi infancia ni es nuevo ni ha cambiado mucho desde entonces, y en una ciudad tan chica como ésta perderse es más bien un deseo inconciente de exilio o escape que una posibilidad real de ser un minotauro en el laberinto.

Tal vez ando arrastrando un síndrome de niño perdido o algo así, porque de verdad que llega a ser angustiante no saber para dónde está eso que buscas y caminar sin rumbo con la esperanza de encontrar referentes o cosas conocidas que detonen un recuerdo de mis andanzas por esos rumbos, y así, como por arte de magia, logre ubicarme y sentirme parte del lugar. Eso de que todos los caminos llevan a Roma es puro cuento.

Ya algunos terapeutas me han dicho que mi GPS es tan funcional como el de cualquier persona pero que mis creencias me autolimitan pues me confunden y, literalmente, me pierden. En el fondo me hacen ver que no soy tan especial si no más bien alguien promedio que, eso sí, es muy distraido e inseguro.

Gracias a sus regaños aprendí algunas técnicas para ubicarme. Básicamente poner más atención a los referentes, encontrar la lógica de las nomenclaturas de las calles y usar el bendito sentido común. Al poner en práctica todos esas cosas me dí cuenta que algo que tam

poco ayuda, por lo menos a mí, es el habla coloquial de algunas personas que dan referencias de ubicación sui géneris: Esa tienda está tres cuadras abajo de tal parque... o: vete por la ruta del carro y al llegar a tal lugar subes 2 cuadras, luego doblas hacia donde se pone el tianguis

tal... y así.

En este asunto de volver al patio de vecindad donde viví mi infancia, uno de mis hermanos me dio una recomendación seguramente bien intencionada: Carnal, acuérdate dónde me estacioné la última vez que fuimos. Ahí, al final de la cuadra, está la nueva entrada de lo que queda del patio. Son unas bodegas, pero desde ahí se puede ver la fuente y los cuartos donde vivimos.

El comentario de mi hermano me hizo recordar una charla que tuvimos esa última vez que él refiere y que ocurrió hace más de tres años. Me sorprendió cuando me dijo que la entrada principal la habían derruido para construir una casa de préstamos.

Recordamos la fuente que estaba a medio patio y en la que chapoteamos felices de niños los domingos después de ir a misa y cuya gozo, de todos modos inolvidable, se esfumaba en cuanto llegaba la dueña del patio y ejercía esa tenaz mezquindad suya, intolerante a la felicidad de los demás, a través del acto autoritario que le otorgaba su investidura pedorra: cerraba la llave del agua y nos ordenada que nos saliéramos de la fuente.

El recuerdo llegó nítido y me confirió un algo de seguridad para intentar encontrar la entrada que mi hermano refirió. Juro que intenté llegar con sus recomendaciones a falta de otras coordenadas, pero en mi plena zozobra de espíritu extraviado llegué a pensar que mi hermano debió usar otros referentes. ¿Qué es eso de su carro estacionado? ¿Qué clase de lógica es esa? Lo busqué y lo busqué y no encontré más que el mismo recordatorio implacable de mi patetismo: chingao, no soy capaz de encontrar el sitio donde fui tan feliz y este cabrón me pide que recuerde dónde estacionó su coche.

Estuve a punto de hablarle para pedirle de favor que llevara su coche y lo estacionara ahí mismo para poder ubicarme.

Pero como ya andaba yo funcionando en piloto automático caminé sin rumbo y así, por pura chiripa, de pronto encontré la bodega de frutas que refirió mi hermano. Entre montones de sandías, papayas, melones y plátanos pude ver una entrada hacia el paraíso de mi infancia. ¡Ahí estaba mi utopía!

Pude sentir cómo llegaba hacia mí una brisa amorosa llena de recuerdos que sin embargo se desvanecía muy rápido.

Intrigado me asomé un poco más y la experiencia se repitió nítida. Un murmullo amoroso de risas y cantos infantiles me acarició el alma. Supe que eran las voces de mis hermanos y revivió en mi corazón el amor inocente de esos días por ellos y mis padres.

Algo ocurrió en ese momento pues todo tuvo sentido y supe dónde estaba parado, quién era y qué buscaba. La idea de sentirme extraviado se hizo vieja y absurda en un instante, como una cicatriz grotesca que sin embargo ya no duele.

Sonreí y me quedé quieto como inhalando un aroma de tiempo detenido, y así me habría quedado, en la pura contemplación, si no hubiera sido porque una voz tosca me regresó a la realidad: ¿qué se le ofrece, marchante? ¿Se le perdió algo? ¿va a comprar o qué chingao?

Un tipo mal encarado, seguramente el dueño de la bodega, me hizo notar mi condición de intruso indeseable en ese lugar, y no pude menos que sonreír para mí y pensar que en todo caso el intruso era él.

En ese, mi lugar feliz, a lo sumo él sería un cancerbero y eso de por sí ya era algo fuera de lugar pues dónde se ha visto que el paraíso necesite demonios vigías.

Como quiera me disculpé y le conté brevemente mi relación con el lugar. Hosco, el tipo nadamás hizo un gesto de indiferencia y me volvió a preguntar si iba a comprar algo o que si no mejor circulara 'porque mucho ayuda el que no estorba'.

Le iba a pedir permiso de pasar pero en ese momento una viejecita muy linda, que en primera instancia no vi y que seguramente era la mamá del sujeto gruñón se acercó y me dijo con su voz dulce: Mijo, ¿verdad que tú eres uno de los hijos del mariachi y la señora que vendía antojitos en el zaguán de la entrada? Yo conocí a tus papás, fueron personas muy buenas y honradas. Cuando murió tu papá tu mamá sufrió mucho para sacarlos adelante a ustedes pero siempre Dios la ayudó porque fue muy trabajadora.

La abuelita me conmovió y yo no podía creer que hubiera conocido a mis padres. Le pregunté su nombre pero ella sólo sonrió y me dijo: ¿quieres pasar a ver la que era tu casita, mijo?

Un murmullo dulce de espíritu sabio me abrí ala puerta al sitio preferido de mi vida. Le dije que sí.

Pero al querer dar un primer paso me temblaron las piernas y regresó a mi conciencia el indeseado paroxismo que secuestraba mi albedrío. El viejo y conocido enemigo de mis certezas, de mis pasos y mis ilusiones. Me sentí perdido y experimenté un horror de orfandad como nunca antes en la vida.

La abuelita sostenía su sonrisa chimuela y lentamente el murmullo dulce de su voz convocó un coro exquisito que me conmovía hasta la médula pues lo sentía como si todos mis miedos y secretos estuvieran siendo desterrados. Ví que se mezclaban como humo tóxico entre las paredes de aquel caserón entrañable que tenía intacto el corazón pero que poco a poco se derruía ante mis ojos.

Canto de sirenas que me subyugaba pero que a su vez me alejaba irremediablemente de un sitio al que luché tanto por volver.

En el delirio dudé sobre si ese lugar realmente existía o era sólo una casualidad de mis rutinas de extravio. La vocecita repitió: ¿Vas a entrar, mijo?

Le dije que no.

- Está bien, mijo-, me dijo, y en ese momento su rostro se entristeció y sus ojos se empañaron. Lentamente regresó al rincón donde había estado sentada. Ahí escondida no la pude ver cuando llegué. Le dije.- No llore, abuelita, tal vez es mejor que yo no entre ahí pues mi corazón viejo ya no entiende la pureza que el niño vivió... usted lo puede entender mejor. Pero dígame cómo se llama usted, ándele

- Virginia Pomarrosa, pero eso ya lo sabes. Yo tampoco soy ni seré, no estoy ni estaré nunca más.

La respuesta me dejó mudo. A Virginia yo la conocí en mi infancia, era una prostituta que vivía también en el patio pero que siempre fue muy dulce y maternal con nosotros; nunca nos faltó al respeto y admiraba a mi mamá por ser tan trabajadora. Virginia eligió el sobrenombre de Pomarrosa porque le gustaba mucho esa frutilla. Decía que su perfume le limpiaba la boca y las entrañas de tanta porquería que recogía de los hombres.

Pero sé que ella murió hace más de 40 años.

Un empujón violento me sacó del trance y la bodega. - Ya te dije, cabrón, que si no vas a comprar mejor llégale porque me cae que te voy a romper tu madre. ¡Me vale gorro si viviste acá!

Me fui de ahí y encontré muy fácil el camino de regreso.