Verde Limón: La triste figura

com-150326-11.jpg
com-150326-11.jpg

Las nubes pasan vacías tris­tes, ape­sa­dum­bra­das, igual ubres dise­ña­das, para todas las sequías. Flo­tan indo­len­tes, frías, como sufriendo su altura y abajo, la agri­cul­tura parda, gris, carta sin sello, del sol soporta el des­te­llo con amarga que­ma­dura.

La llu­via sigue escon­dida sin fuer­zas para llo­rar, con un silen­cio nuclear sin vati­ci­nio de vida. La tie­rra está per­cu­dida por la nos­tal­gia que encie­rra, grita la voz de la tie­rra desde cada raja­dura, y el cielo seco en su altura no tiene ni paz ni gue­rra.

Enfer­mas las plan­ta­cio­nes pade­cen de cefa­lal­gia, y en medio de su nos­tal­gia sólo hay pie­dras, no plan­to­nes. Goteando los cas­ca­ro­nes sin picho­nes hacia abajo, roto el colum­pio del gajo por­que las últi­mas aves emi­gra­ron como naves o roda­ron al cas­cajo.

Se ven las par­ce­las gri­ses sin semi­llas que las lle­nen y de mila­gro sos­tie­nen su equi­li­brio las raí­ces.

Hay una esca­sez de fru­tos macros en la tie­rra herida, como si al sol de la vida le roba­ran los minu­tos. Se ven árbo­les enju­tos cus­to­diando las lade­ras, se han podrido las man­ce­ras se enne­gre­cen los bate­yes, y el silen­cio de los bue­yes con­ta­mina las pra­de­ras.

Las gar­gan­tas de los ríos sufren sus recon­di­te­ces y el alma­cén de los peces tiene rin­co­nes vacíos. La piel de los lome­ríos se arru­gan de sole­dad y la palma sin edad ha dejado de ser palma, como una foto en el alma del campo en la sole­dad.

En fin que todo se acaba, y por los atar­de­ce­res, hom­bres, niños y muje­res cuen­tan his­to­rias escla­vas. De dis­tan­cia se le agrava el latido a la nación, y en el último esla­bón de una cadena en la puerta, Cuba es una risa muerta en el jar­dín de un ciclón.

Un niño frente al canal alza la fruta de un pez y dis­fruta en su niñez la refrac­ción del cris­tal. Del canal, filo de sal, cor­tando a tro­zos el cielo y con el sol de su pelo ilu­mina las meji­llas fres­cas de las dos ori­llas y se va con el anzuelo.

El pez va col­gado de él echaal jolongo su vara de pes­car, luego se para, hace un manojo el cor­del. De pes­car, se aga­rra del brazo del padre al lado, mira al padre entu­sias­mado, observa al pez nue­va­mente y en su aven­tura se siente juego del pez que ha pes­cado.

En el agua el éter pinta con el pin­celde un celaje y el naca­rado oleaje luce una ima­gen dis­tinta. Se le derrama la tinta a la ebúr­nea ingra­vi­dez se alarga el canal y es como si el mar esti­rara un brazo y le recla­mara al niñoel fruto del pez.

Entre las recon­di­te­ces del agua que se amal­gama mueve una fuente de escama el silen­cio de los peces. Los astros se vuel­ven jue­ces del tri­bu­nal de las olas y en tími­das bar­ca­ro­las las sire­nas tro­pi­ca­les entran a los lito­ra­les con dia­de­mas en las colas.

LA BASURA

Entre olvido y aban­dono, todo falta, todo merma, la capi­tal está enferma como planta sin abono. Hasta la capa de ozono padece, con­ta­mi­nada, el agua muere estan­cada y la pobla­ción en grumo, se into­xica con el humo de la basura que­mada.

Nadie res­ponde o pre­gunta, pues nos duele hasta el esó­fago, sólo obser­vando el sar­có­fago de la capi­tal difunta. El miedo nos des­co­yunta hasta el último deta­lle, esta­mos como en un valle de lágri­mas, sin saber, qué más se puede per­der si hay más basura que calle.

El carro de la basura va de ronda por la Habana, una vez a la semana por­que eso a nadie le apura. Se per­dió la infraes­truc­tura de la civi­li­za­ción, jamás nin­guna pri­sión nos repri­mió hasta los ges­tos, siem­pre con miedo y expues­tos a la con­ta­mi­na­ción.

DÍA DE PESCA

De las sus­tan­cias podri­das hay géne­ros de abun­dan­cias, si oral­mente las sus­tan­cias son sus­tan­cias homi­ci­das. Las cal­za­das y ave­ni­das se pro­lon­gan soli­ta­rias, de noche son teme­ra­rias, mien­tras los par­ques ais­la­dos, son como los con­ge­la­dos patios de las fune­ra­rias.

Gozan las alcan­ta­ri­llas del mejor estan­ca­miento, y colum­nas sin cemento se ven a noventa millas. Los puen­tes suel­tan asti­llas cuando un ciclón se pre­senta, pero nadie se da cuenta que hay ceniza en el abismo, y la feria luce el mismo traje de la ceni­cienta.

El último basu­rero desde la calle pri­mera, existe como si fuera pro­pio del sepul­tu­rero. Cuando cae el agua­cero el resi­duo sale a flote y ya con el agua al trote nos da la impre­sión que avanza, por un lado San­cho Panza y por el otro el Qui­jote.

En rojas pro­so­po­pe­yas cuando las tinie­blas rajan a veces de noche bajan a bañarse las estre­llas. Los aste­roi­des con ellas bajan a bañarse igual mien­tras la lunae­ven­tual como una vir­gen difunta tam­bién se mete de punta en el cofre del canal.

Queda el canal soli­ta­rio en un espas­mo­deol­vido por ese pez que se ha ido de aquel pater­nal bal­nea­rio. ¡Oh! líquido dic­cio­na­rio con las hojas al revés, se muere el día de vejez en un andén de aza­frán y se van, se van, se van el padre, el niño y el pez.

CABAÑUELAS

Antes que la pri­ma­vera el mes de marzo reviente, el cam­pe­sino pre­siente la llu­via en la semen­tera. La nube es la rega­dera que le hidro­gena el plan­tío y cuando el cielo vacío exprime el último tan­que, se acciona el motor de arran­que de la tur­bina del río.

El cam­pe­sino le sabe los secre­tos al terreno, por la ron­quera del trueno como de un enfermo grave. Deja que el agua le lave los poros a las par­ce­las, pues por las caba­ñue­las y la des­con­den­sa­ción, el campo huele a bar­zón, yuca, maíz y abi­chue­las.

Serena la luna llena reclama su inge­nie­ría, e ima­gi­na­ria, se guía, por lo que el tiempo le ordena. El aire fresco oxi­gena la natu­ra­leza pura y el agri­cul­tor pro­cura con el ger­men que le siem­bra, hacer de la tie­rra una hem­bra hin­chada por la cin­tura.

SILENCIO

Qué silen­cio tan pro­fundo con el llanto a gran­des voces, hoy Cuba, quiero repo­ses tu dolor, medio segundo. Siendo tan inmenso el mundo por qué un lugar tan estre­cho, como si te hubie­ran hecho Cuba, para pade­cer hasta desa­pa­re­cer con una espada en el pecho.

Los niños y los ancia­nos van enfer­mos de tris­teza, mien­tras el ham­bre bos­teza en sus tem­blo­ro­sas manos. Qué pobres seres huma­nos muer­tos de nece­si­dad, los niños llo­ran su edad, los ancia­nos sus bos­te­zos, como si vivie­ran pre­sos de espal­das a la ver­dad.

El niño que va a la escuela qué cosa puede apren­der, mal ves­tido y sin comer pero no hay a quien le duela. Qué linda flota la tela de la estre­lla nacio­nal, mas, la pobreza moral, cuán­tas nos­tal­gias ins­pira, y la cruz de la men­tira es de luto fune­ral.

Desde por la madru­gada va el anciano a la bodega, a ver si un men­drugo llega y al final no llega nada. Con dolor en la mirada se des­gaja de impo­ten­cia y el niño con su ino­cen­cia vuelve tam­bién sin comida, por­que el fis­cal de la vida lo tiene de peni­ten­cia.

La casa del Gene­ral no carece de agua y luz, mien­tras un pue­blo en la cruz del olvido, sufre el mal. Qué delito cri­mi­nal el pue­blo habrá come­tido, y un fogón semien­cen­dido atiza la última brasa, razón por la que en la casa la fami­lia no ha comido.

Cuando llega la corriente y se va al medio minuto, es para aumen­tar el luto en el alma de la gente. No hay petró­leo sufi­ciente de órde­nes gene­ra­ti­vos, se amon­to­nan los archi­vos donde casi nada existe, y la ciu­dad es un triste cemen­te­rio de hom­bres vivos.