No me mueve, mi Dios, para que­rerte el cielo que me tie­nes pro­me­tido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofen­derte.

Tú me mue­ves, Señor, mué­veme el verte cla­vado en una cruz y escar­ne­cido, mué­veme ver tu cuerpo tan herido, mué­venme tus afren­tas y tu muerte.

Mué­veme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aun­que no hubiera cielo, yo te amara, y aun­que no hubiera infierno, te temiera.

No me tie­nes que dar por­que te quiera, pues aun­que lo que espero no espe­rara, lo mismo que te quiero te qui­siera.

(Fray Miguel de Gue­vara)

 

Cuando aban­doné el semi­na­rio, hace ya casi 30 años, lo hice por una suerte de para­doja no exenta de humor negro. Sentí muy fuerte el lla­mado de Dios pero no a la manera cle­ri­cal que es lo me ense­ñaba la ins­ti­tu­ción, sino de una manera dife­rente que toda­vía no sé inter­pre­tar pero que en la bús­queda me ha lle­vado a cono­cer los mil ros­tros de Legión, el demo­nio que per­vierte los cora­zo­nes huma­nos y los tor­tura en sus horri­bles abis­mos.

Diga­mos que mi voca­ción por Dios y su pala­bra no se sen­tía plena en los tem­plos, al con­tra­rio, algo me empu­jaba a los cloa­cas a bus­car a los parias y su mise­ria para tra­tar de enten­der dónde falló el pacto de paz con los hom­bres de buena volun­tad. Y, por ponerlo en tér­mi­nos poé­ti­cos, mi lla­mado no se refle­jaba en los arre­ba­tos líri­cos de Santa Teresa o el pro­feta Elías, sino, más bien, en la sere­ni­dad de Fran­cisco de Asís con sus her­ma­nas estre­llas y her­ma­nos gusa­nos o en refle­xio­nes más huma­nas, como el her­moso soneto de Fray Miguel de Gue­vara: 'No me mueve mi Dios para que­rerte, el cielo que me tie­nes pro­me­tido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por ello de ofen­derte'.

Creía antes, y creo ahora, que el minis­te­rio cris­tiano debe ser huma­nista y mise­ri­cor­dioso sobre todo en estos tiem­pos en que el rebaño se aleja del pas­tor.

Sé que me equi­voco mucho y tiendo a per­der la brú­jula acerca de cómo ser uno con la volun­tad de Dios, por eso me salí del semi­na­rio, pero cada día intento ser parte de esa labor misio­nera que busca res­ca­tar seres huma­nos, no pro­sé­li­tos; y, como Salo­món, pido sabi­du­ría.

He tra­ba­jado en ane­xos con gente muy las­ti­mada y por más que las his­to­rias me hayan endu­re­cido siem­pre hay un nuevo tes­ti­mo­nio que me con­fronta y me hace rene­gar de la natu­ra­leza humana.

Cuando veo cuánto dolor puede inflin­gir un alma per­tur­bada pienso que el infierno es una esta­ción per­ma­nente en la vía dolo­rosa de tanta gente ino­cente. En estos terri­to­rios de sal­dos huma­nos la pro­mesa del cielo suena como una cur­si­le­ría que no hay manera de mati­zar.

Con tanto por enten­der y apa­ci­guar en mi pro­pio cora­zón, a tra­vés de los años he recu­rrido a la medi­ta­ción que es mi forma de orar, escu­charme e inten­tar char­lar con Dios. Retomé el hábito pues últi­ma­mente siento que me pesa el cuerpo, me agito y la cabeza no está en paz.

Pero no ha fun­cio­nado tan bien, las sesio­nes son pro­fun­das y me lle­van por nive­les de la con­cien­cia que me asus­tan en el atisbo a la oscu­ri­dad de mis demo­nios y el vacío que se apo­dera de todo. Ter­mino las sesio­nes muy agi­tado y con­fun­dido acerca de todo eso que per­cibo en la inmer­sión a un tipo de vigi­lia.

Jamás me he sen­tido tan pequeño y aban­do­nado de Dios en esa mi ora­ción del huerto. Con miedo voy a dor­mir y en mi última refle­xión de la noche renun­cio a todo lo super­fluo de la vida a cam­bio de un poco de paz para mi cora­zón.

Estos pro­ce­sos son cícli­cos en mi vida y nor­mal­mente los supero, pero hoy me está cos­tando enten­der­los. Tam­poco ayuda el ruido ambien­tal de la con­vul­sión del mundo enfras­cado en una nueva gue­rra. A mis años no les viene bien el alu­vión de noti­cias y la mise­ria que anun­cian cada día y cada hora, sobre la gue­rra y las locu­ras de Donald Trump. Penosa estri­den­cia que satura los medios y las redes socia­les.

Hace uno días ví una entre­vista que le hizo el pro­grama 60 minu­tos de la CBS a Pete Heg­seth, Secre­ta­rio de Defensa de Esta­dos Uni­dos, y fue impac­tante escu­charlo argu­men­tar sobre Dios y la gue­rra. “La pro­vi­den­cia de nues­tro Dios Todo­po­de­roso está pro­te­giendo a nues­tras tro­pas y esta­mos com­pro­me­ti­dos con esta misión”.

Qué deses­pe­ran­za­dor es ver a los líde­res del lla­mado mundo moderno en plan de perros rabio­sos, lle­nos de odio pero­rando como faná­ti­cos reli­gio­sos acerca de la des­truc­ción y muerte de un pue­blo.

Qué fes­tín de hie­nas, cuánta fri­vo­li­dad para hablar de des­truc­ción, cuánto des­pre­cio por la dig­ni­dad humana y la espe­ranza del mundo. Lo que me parece ya un gesto pro­pia­mente dia­bó­lico es el tono insul­tante con que los locos del impe­rio ame­ri­cano dan su parte de gue­rra.

En el clí­max de su deli­rio juran que van a borrar a Irán de la faz de la tie­rra por­que es una teo­cra­cia líde­rada por faná­ti­cos que ame­naza la paz del mundo. Y pro­po­nen lograr la paz por medio de la fuerza mien­tras hacen ora­ción her­ma­na­dos con el des­qui­ciado Isca­riote naranja.

¿Teo­cra­cia libe­rada por faná­ti­cos?... ¡parece que hablan de ellos mis­mos!

Ellos, los que invo­can a Dios y mata­ron a 160 niñas en una escuela en Irán. ¿Qué Dios aco­gerá a esas almas ino­cen­tes?

La medi­ta­ción no me ayuda a ver en las bru­mas de un tiempo sal­vaje que, como nunca, nece­sita buena volun­tad.

Algo tiene que ocu­rrir pues me niego a acep­tar que los huma­nos no tene­mos reme­dio; por lo pronto dejaré de medi­tar. Que el her­moso car­pin­tero nos per­done por este nuevo estigma en su pasión.

Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Esta­dos Uni­dos .” Neme­sio Gar­cía Naranjo Escri­tor y perio­dista

Dios Todo­po­de­roso, derrama tu ira y quie­bra a los impíos. Te supli­ca­mos que auto­ri­ces una vio­len­cia bru­tal con­tra aque­llos que no mere­cen tu mise­ri­cor­dia.”

Pete Heg­seth Secre­ta­rio de Defensa de Esta­dos Uni­dos

La vio­len­cia nunca puede con­du­cir a la jus­ti­cia, la esta­bi­li­dad y la paz que los pue­blos espe­ran.”

Papa León XIV

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