Un pescador rema sobre una canoa, dibujado casi a contraluz del amanecer. En el
sedal destellan los restos de agua de una pesca infructuosa. Ocultos entre guaridas de hojas tro-picales, las aves extienden su eco con una brisa que democratiza los signos de la tierra.
Atitlán es el oasis de la sierra madre guatemalteca. Un kilométrico manantial de agua custodiado por tres volcanes cuyas sombras serpentean en el agua antes de que las lanchas las desfiguren. En pocos minutos la naturaleza volverá a su forma humana, con el lenguaje universal de las escuelas, del co-mercio, del tráfico.
Llego hasta San Pedro, una de las doce comunidades que rodean el lago y que fueron bautizadas con el nombre de los apóstoles. El pequeño embarcadero ha sido acondicionado para lo único que consume el turista: comida, cama y artesanía. Toda la ribera de San Pedro y sus miradores están ocupados por hoteles y restaurantes.
Los nativos han sido desplazados a las zonas altas del pueblo y la montaña, con esa disimulada escoba que el mercado utiliza para apartar lo que considera desechable en los nego-cios. Abajo se habla inglés, con la odiosa costumbre de almibarar el entorno de manera que el turista no se sienta lejos de casa; arriba se habla maya quiché, con su paciente manera de guardar silencio mientras otros se apoderan de su tierra.
Me fui arriba cuando bajaba la noche. En la primera calle un candidato a la alcaldía realiza un mitin desde un balcón. Una treintena de fieles alzan la cabeza para aplaudir al caudillo. Las palabras suenan vacías, pero la imagen del dinero tintinea en la mente de los que aspiran a un cargo en el ayuntamiento (en mi pueblo los llaman 'lamebo-tas'). A la vuelta de la esquina, los muertos de hambre siguen su particular fiesta de música y palabras, que es todo lo que tienen para compartir. Disfrutan la felicidad momentánea del que no tiene nada que perder y sólo conserva boletos para la tómbola de las sonrisas.
La luz de las farolas es opaca, apenas alumbra. Se ensombrecen las calles de San Pedro hasta hacerlas violentas de oscuridad como viejas barriadas napoli-tanas. Entro a un antro cerca del mercado. Son los huecos tabernarios de la noche, donde el hombre se recoge y aleja los fantasmas de la vida. Saliendo, la humedad del lago golpea. Compro cerveza y escucho música en la calle, aprovechando la radio de una tienda de comestibles alrededor de la cual se han reunido varias personas como si fuera una hoguera. El sabor de la austeridad es irrefrenable.
Con los primeros cantos del gallo el mercado se llena de indígenas que extienden sus productos por el suelo o en tende-retes. Los hombres conservan su indumentaria tradicional, con pantalones o faldas hasta la rodilla, cosidas con rayas verticales y tonos vivos. La mujer se hace hermosa en su tierra, una hermandad ancestral y tributaria de los mejores deseos entre una y otra. Entender el pensamiento maya es adentrase en un mundo de respeto y humildad, ingredientes idóneos para ser pobre en este mundo que aprecia todo menos la cultura.
Mucha de esa gente ha buscado en la religión el espacio para la esperanza. La iglesia evangélica ha ganado terreno a la católica, tanto que se la ha comido. Varias casas publicitan la palabra de Jesús y una salvación eterna. Algunos turistas israelíes pensaron que la tierra prometida no podía ser sólo ese pedazo arrancado a los palestinos y llevaron su sueño bíblico a Latinoamérica. La estrella de David ondea hoy en los cetros del evangelismo guatemalteco prometiendo salvación después de pasar por este mundo jodido.
A orillas del lago, en algún rincón todavía virgen de res-taurantes, varias mujeres lavan la ropa mientras los hijos nadan y chapotean en el agua enfangada por los golpes de los pies.
Guatemala se abre paso por los tejados, con ropa puesta a secar sobre las cuerdas y sillas en la calle. En el espejismo del embarcadero todo tiene una fachada más cuidada. Allí esperan los lancheros, hablando inglés, abriendo puertas a San Marcos, a San Juan, a Panajachel...
POEMÍNIMOS
Por más que te pronuncio mis palabras no te crean; se empeñan en hacer equilibrios
que se deshacen en polvo.
Te vuelves arena en mis labios.
Escribir tu nombre en el agua, en el aire y el viento, en la sombra, los espejos, la cicatriz y el silencio; hasta diluir a nada su significado.
III
No es que haya que darle tiempo al olvido.
Es que de repente las palabras
ya no dibujan nada.
IV
El método funciona.
Le pongo tu nombre a ciertos ritmos, cataclismos húmedos
de la madrugada, y casi es lo mismo.
La estúpida quimera.
Cada voz dice una verdad, pero la intuición supone las mentiras;
contrasentido de significados
que condenan
arteramente a la palabra.
En el espejo veré tu espalda, sonrosada y espléndida, en el íntimo acto del abrazo
que le da sentido a todas las mitologías sobre el amor.
VII
En el edén de la noche los amantes
crean un mejor mundo.
Y lo hacen sin palabras, llenos de fiat y sudor.
Llenos de Dios.
Pintora y poeta
Jugando con el verano la lluvia ha perdido el juicio
¿son gajes ya del oficio o se le pasa la mano?
Hay agua desde temprano (tormentas sin albedrío), promesas para los ríos, para nosotros, piraguas...
seremos estatuas de agua si llega un poco de frío.
Lluvia/ninfa que revela ser pintora y gran poeta, esboza con su paleta un poema en acuarela;
con esta su nueva escuela pinta vida en el pantano, y con azul del arcano nos regala su derroche...
bella flor llueve de noche:
fondo al agua del verano.
Verano
Se gesta el verano entre paréntesis inéditos;
su vida depende de la lluvia...
pero ella escribe una novela romántica
inspirada en el otoño.
Acuarela
Le persistencia de la lluvia ya es una aspiración Daliana:
tiempo que se escurre, humedad que trasciende las horas.
Es un obsequio de la noche, primera lección de apreciación estética.
Lo difícil es descubrir el trazo maestro de la gran obra... boceto de agua, agitación del color.
Lo mejor es sumergirse en la contemplación y quizá, agregando un poco de poesía, aparezcamos ahí, luminosos y felices, como personajes de una acuarela fugaz...
O como una mancha compleja, quintaesencia de todos los significados que descifrarán los expertos.
