Emiliano Zapata
8 de agosto, San Juan de Ayala lo vio nacer, y Anenecuilco el primer, campesino capitán. Hijo de un Tenochtitlán bravo y revolucionario, era el capitán agrario de una dimensión terrígena por la república indígena y el bienestar proletario.
Líder por naturaleza, inevitable guerrero, y como escudo el sombrero que protegía su cabeza. Sus brazos, la fortaleza que movió montes y cielos, su república, los suelos de indígenas campesinos; su brújula, los caminos de José María Morelos.
El Siervo de la Nación desde el panteón le relata su larga historia a Zapata, padre, luz, revolución. La ronca voz del cañón era un himno de metal y el recio líder rural, hibridez de roca y rayo, sobre el asta del caballo alzó el pendón nacional.
El águila iba en el viento blanco de la libertad, y Zapata en la verdad de cada acontecimiento. El pueblo fue el regimiento diametral de su estatura, cuando en su cabalgadura por Cuautla Morelos el perímetro del cuartel lo convirtió en sepultura.
En mil novecientos once el año del Plan de Ayala, cuando Zapata se iguala de Cuba, al titán de bronce. No hay olvido que desgonce lo heroico del plan aquel, y Zapata vuelve en él a repetirse en historia, porque el sol de la memoria no necesita troquel.
Jesús Guajardo, traidor contra Zapata no supo, que Zapata no le cupo ni al silencio ni al dolor. México tiene el honor de abrir una insignia azteca, pues como una roca olmeca convertida en firmamento, se levanta el monumento de Zapata en Chinameca.
Zapata desde el Panteón sin dejar de ser Atila, sacude el tiempo y vigila el alma de la nación. La eterna resurrección de Zapata se constata, en un México que trata de no existir cuadripléjico, si todo Zapata es México México es todo Zapata.
María Félix
El dato de un funeral fue para hacer el tributo, la fecha formal de un luto en la expresión nacional; la diva ya era inmortal y en abril fue entronizada, la luna conmocionada ve la ofrenda que palpita: la siempre María Bonita sigue siendo idolatrada.
Pedro Infante
En abril una canción resonó por cada esquina y una oscura golondrina enlutó a nuestra nación; “Amorcito Corazón” es el salmo de Pedrito, y en el cielo late el mito que persiste sin desmedro: le rezan a dos San Pedros… pero uno canta bonito.
Dolores del Río
En la serena belleza de una mujer muy virtuosa hay un designio de rosa y vocación de grandeza; de los pies a la cabeza hay arte y hay albedrío y en ese abril tan sombrío se equilibró hasta el azar: placeres hay en el mar… también Dolores del Río.
Cantinflas
Con todo y la gabardina llegó puntual a su juicio y acorde con el oficio se mete hasta la cocina; al ver que juez y “Catrina” le dieron alas de divo, les reclamó muy altivo que el cielo puede esperar… nomás buscaba pelear (era muy alterativo).
Octavio Paz
Su poesía y discernimiento dieron forma al laberinto, esa trampa del instinto que define un estamento; el mexicano violento o el hijo de la chingada, el que es bueno para nada, el que no teme a la muerte, el que vive de la suerte y el que no tiene rajada. La celebrada potencia de un intelecto voraz germina en Octavio Paz semillas de trascendencia; y querer con inocencia para alcanzar la verdad describe la dualidad de sus sagrados instintos: Octavio en el laberinto… Octavio en la eternidad.
Octavio Paz, sobre el sentido de la muerte para los mexicanos: Para un habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios.
El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de otros; más al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: ‘si me han de matar mañana, que me maten de una vez
Sor Juana Inés de la Cruz
Musa de tiempos obtusos que sublimó la querella, supo mirar las estrellas y un orden que ella dispuso; con intelecto propuso el albedrío de su vuelo y en un utópico anhelo de libertades profusas vio un cielo bello sin musas y musas bellas sin cielo. “¡Ay, mi bien, ay prenda mía, dulce fin de mis deseos! ¿Por qué me llevas el alma, dejándome el sentimiento? Mira que es contradicción que no cabe en un sujeto, tanta muerte en una vida, tanto dolor en un muerto.”
Javier Solís
La sombra de su partida se alumbra con cuatro cirios pero no ahuyenta el delirio que desdibuja una vida; ¿quién canta la despedida ante este penoso adiós? En el misterio de Dios la rebeldía no se nombra… ya sólo persisten sombras y la canción sin su voz.
