La hoja
Ha dibujado un arabesco elegante en el aire antes de posarse al lado de la taza de café. Es una hoja de plátano, de mediano tamaño, con las puntas amarronadas y arrugadas como la mano de un viejo.
La he mirado al trasluz y me ha sorprendido una vez más la nervadura robusta que la mantiene turgente. Se extiende desde el tallo a las puntas y se ramifica más y más hasta entablillarla por completo. En la escuela me enseñaron que una hoja es algo vivo que respira merced a los estomas, palabra que en aquel entonces me causó bastante inquietud. También me explicaron que es la hoja quien recibe la savia pobre del árbol, y se la devuelve enriquecida por el sol. Las hojas tienen como venas y arterias para el ir y venir de la savia, explicó la maestra, y me quedó la duda de si las plantas tenían corazón para conectar esas venas y arterias, y si, al tener corazón, las plantas tenían también sentimientos. Pero doña Balbina me puso las cosas en su sitio: los vegetales no tienen corazón, y, por descontado, tampoco sentimientos. Pensé de inmediato en las animadas discusiones de mi abuela Enriqueta con sus plantas cuando se volvían perezosas, pero no dije nada, inaugurando mi inacabable callarse las cosas.
Hay más hojas en el suelo, y se descuelgan muchas más desde todas las ramas de todos los árboles. Es otoño, otro otoño, otra caída de la hoja. ¡Cómo son las cosas! Nosotros tenemos corazón y sentimientos, pero solo tenemos una muda de hoja para toda la vida. Mientras divago entregado al frescor melancólico otoñal, inconscientemente voy desmenuzando las puntas marrones de la hoja con las yemas de los dedos. Simplemente intento no pensar demasiado en los dedos que desmenuzan mi única hoja, año a año, día a día.
Misticismo
En una noche sensual con regocijo de incienso, tendido en un bello lienzo tu cuerpo gime un ritual; la voluta espiritual se solaza en tus aureolas purísimas caracolas llenas de dulce veneno; en el placer de tus senos hay libación de amapolas. Apasionada y desierta estás desnuda en la bruma, tocando la tersa espuma de tu sensual flor abierta; mi alma besa tu puerta clamando entre beso y ruego, placer de lenguas de fuego y de humedades saladas, como tributo a las hadas que te acarician el ego.
Tu éxtasis y sudor hacen vibrar a la noche en ese bello derroche del sexo que sabe a amor; y al punto de tu clamor somos seres moribundos, eternidad de un segundo que toca tu corazón en la febril posesión que nos aleja del mundo. Desnudos y desterrados llenos los dos de tí, nos damos al frenesí de disfrutar los pecados; tu boca es ese bocado para besar y lamer, conjugaciones del ser en el deseo de tu alma: alejarse de la calma para acercarse al placer. Preciosa en tu indefensión así, desnuda y vibrante, en ese mágico instante alcanzas la perfección; y das a tu corazón el saber de tu erotismo: en todo cielo hay abismo y en toda piel hay un lienzo, mientras aromas de incienso abrazan tu misticismo.
Cafetear
Entre la vida y la muerte los dioses toman café, un pacto de buena fe, augurio de buena suerte; en el velorio se advierte un reto de desvelados y se acompaña al finado al gusto de la ‘Catrina’: efluvios de cafeína amargos o azucarados.
En el Mictlán ancestral hay incienso de café, aromas de eso que fue toda pasión terrenal; ofrenda del ser total que nos tocó el corazón, pureza de tradición que en Todos Santos se ve: la vida nos dio el café la muerte nos dio el cajón.
Hay café para soñar, café para no dormir, café para debatir, café para conversar; café para enamorar, café para leer la suerte, hay café que te divierte y que puedes conjugar: en el verbo cafetear hay un guiño de la muerte.
Sueño
Para el insomne todo café es alegoría, todo silencio, certeza, toda luz amanecer.
Y la sinápsis construye las utopías de eso llamado sueño.
Insonmio
Morar la primera noche, cortar el cordón que la ata al tiempo.
Llenarla de azahar, café y buena fe, contar ovejas... inaugurar el insomnio.
Gratitud
Gracias por las palabras que hacen posible a Dios, las bocas que se entienden en silencio, el silencio que dignifica la palabra, la sed de justicia y el amor, la esperanza que insiste en renovarnos.
Gracias por el café que alegra las mañanas.
