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Estoy aquí, enme­dio del esce­na­rio, obli­gado a actuar en una obra que no conozco y com­pro­me­tido en un rol que no logro enten­der. La trama está avan­zada pero mi momento llega tras un clí­max que sólo puedo supo­ner -ausente como he estado del desa­rro­llo de la obra-, y que per­cibo en la está­tica de la atmós­fera, el sudor impreg­nado entre la alfom­bra y los lien­zos ensan­gren­ta­dos de un parto mal pre­sen­tado. A saber qué mala­ba­res hicie­ron los acto­res para sol­ven­tar el pro­blema ante una escena que pro­po­nía un momento feliz de alum­bra­miento y ter­minó en la con­fu­sión estre­sante de una vida que llegó tarde y des­ga­rró las entra­ñas de la actriz que no supo des­ci­frar el papel de madre y el signo para­dó­jico de un naci­miento seco bajo el signo del pez.

La tra­moya quedó cim­brada por el mal­trato de los acto­res que cedie­ron ante la con­fu­sión por haber per­dido el ritmo de la situa­ción plan­teada y fue­ron inca­pa­ces de adap­tarse a las con­di­cio­nes del foro.

Aun­que no lo vi lo sé por­que la luz de este tea­tro a veces falla, par­pa­dea o se ate­núa y altera el latido de la obra y la con­cen­tra­ción de los acto­res.

Aquí estoy y deseo seguir para cum­plir con celo mi com­pro­miso pero sobre todo para cono­cer el resto de la trama. Sin embargo me cuesta enten­der el acto y pienso que no tiene pro­pó­sito; por lo menos no para mí. ¿Qué sen­tido tiene com­pa­re­cer tem­blo­roso ante una luces ines­ta­bles que alte­ran mi som­bra o las­ti­man mis ojos y me hacen sudar ante el des­con­cierto del audi­to­rio? ¿Quién soy? ¿cuál es mi papel? ¿Qué se espera de él? ¿Es impor­tante?

Cie­rro los ojos y dia­logo con­migo, me pre­sento ante mí y vibro emo­cio­nado al reco­no­cer frag­men­tos de mi par­la­mento olvi­dado:

¡Yo soy yo!

La más­cara de lo ambi­guo que pal­pita en el deli­rio de cada cora­zón; la cer­teza de una pena, la espe­ranza de una duda, la son­risa que sub­yuga en su invi­ta­ción de baca­nal; mohín de has­tío, careta de juez que pre­fiere ser ver­dugo...

Un carru­sel de imá­ge­nes lle­gan trom­pi­ca­da­mente a mi cons­cien­cia e inte­rrum­pen el flujo del ¿monó­logo? que pugna por salir de las bru­mas de mi memo­ria y sus des­va­ríos.

Son ideas absur­das, cli­chés mal hechos roba­dos de pro­gra­mas vie­jos que, sin embargo, el ins­tinto me con­vence de obser­var para dotar de tonos viven­cia­les al per­so­naje, cosa que agra­dezco pues estoy per­dido:

Le ofrezco flo­res a la vir­gen y lloro con los can­tos en el rosa­rio de aurora; me inclino ante la fe de los humil­des y beso la tie­rra que pisó el her­moso car­pin­tero. Des­pre­cio a los acto­res con sotana y el penoso par­la­mento de sus homi­lías, verbo podrido que se escu­rre entre los lamen­tos del culto peni­ten­cia­rio.

No me siento cómodo en las casas de Dios y su deco­rado de latón y yeso tan falto de gusto y tan lleno de culpa. En los res­tos de Sodoma, o incluso en sus orgías, hay más per­dón, espe­ranza y furor de divi­ni­dad que en todos los pala­cios del impe­rio sagrado.

Las rui­nas de sal tes­ti­mo­nian el con­tacto con Dios; las cate­dra­les sólo alber­gan fábu­las gro­se­ras y afi­ches de aque­la­rre para con­sumo de locos.

Por eso me inclino res­pe­tuoso ante el hogar del pobre que com­parte su pan y la ben­di­ción para el camino; que vive en la gra­cia del credo cam­pe­sino y vibra con el padre­nues­tro; que per­dona la rabia de los lobos como el santo de Asís.

Ellos, los que lle­van la vigi­lia en el ham­bre de todos los días y se entre­gan a la muerte como Lázaro en la espe­ranza de ver el ros­tro de su dios.

Ellos, los que hacen mila­gros con el pan y con­fían en la llu­via o las augu­rios de la luna.

Ellos, los otros, los demás. Los que me hacen recor­dar lo que soy y el papel que me toca repre­sen­tar:

¡Yo soy!

Soy soneto, res­pi­ra­ción y silen­cio; soy la coma antes del verbo y por lo tanto enun­cio des­pro­pó­si­tos, soy el furor de la esta­ción, la daga que pene­tra en la flor de san­gre o en el cuerpo febril de las ama­po­las; soy Ham­let o The­nar­dier, Segis­mundo o Pie­rrot; soy Sísifo o la adúl­tera pero me inclino ante el desig­nio de la pie­dra.

Soy Maca­rio y Pito Pérez, el mago y el char­la­tán, Can­tin­flas o José Alfredo, Alma­fuerte o Kali­mán; soy el ego, el kerigma y el estigma; soy Legión, el cerdo y el cor­dero... ¡soy la voz que clama en el desierto!... soy el fari­seo que blan­quea la tumba y paga la mem­bre­sía del cielo para estar a la dere­cha del padre. Soy Elías o el Isca­riote, acepto la soga pero mal­digo el beso trai­cio­nero. Des­deño la plata por­que sólo sirve para com­prar el infierno; deseo que el celo por mi casa devore mis cimien­tos con­trahe­chos y arrase la tibieza de mi cora­zón.

El arre­bato del par­la­mento lo expreso con sol­tura pero sigo sin enten­der el meo­llo del argu­mento y me ate­rra equi­vo­carme, sobre todo por el hecho de no saber en qué parte o acto de la obra estoy. Sería una pena ter­mi­nar así, sin apro­piarme del per­so­naje ni dis­fru­tar la ple­ni­tud del minis­te­rio acto­ral. ¿Soy arle­quín, juglar o bufón? ¿Quién soy yo pero­rando en la come­dia? ¿o es tra­ge­dia?

¡Yo soy!... por lo tanto tam­bién soy un palín­dromo, soy lo mismo al dere­cho y al revés, mi reflejo y mi som­bra no tie­nen más lec­tura aun­que eso diluya su mis­te­rio.

Elijo Czar­das para mi muerte, el Dueto de las Flo­res para mi poe­sía y el latido de Gnos­sienne para mis silen­cios. Con­fío en el Amén.

Me encuen­tro entre los ana­gra­mas y busco el sen­tido a los ver­bos mal pari­dos que san­gran mis par­la­men­tos; clave de sal, nom­bres de Dios, ábrete sésamo, paraíso per­dido, ego te absuelvo, ser o no ser; al prin­ci­pio fue el caos... en un lugar de la Man­cha.

Soy el del ros­tro mar­cado por el exceso de care­tas, el que son­ríe en cada sí, el que se queda sin aire ante el esfuerzo del no sos­te­nido; el que se opaca en la luz, el que comulga en la noche antes de pecar; el que con­fia en el trai­dor.

Sé que soy una voz que llega tarde al con­cierto de la liber­tad; el actor que no entiende su papel pero desea hacerlo bien.

Me sobra pasión pero no he apren­dido a sacar agua de las pie­dras ni a pro­vo­car arcoí­ris, me basta la ter­nura para encen­der mi noche; me agota la pala­bra que per­vierte el silen­cio.

Enciendo mi palma ben­dita para cal­mar las tor­men­tas y derroco el mal agüero cubriendo los espe­jos con tela roja.

Soy un alma que goza sin remor­di­miento y cele­bra la ino­cen­cia de las vidas nue­vas.

Soy yo ante el desig­nio de la come­dia humana y lucho por acre­cen­tar la rebel­día de mi cora­zón; siem­bro sin saber si voy a cose­char pero con­fío en que la tie­rra le entre­gará los fru­tos a quien los nece­site.

Recu­rro al olvido para inten­tar sanar el dolor de mis adio­ses pero los encuen­tro cada día, siem­pre fres­cos y cla­ros como la aurora. Son necios y siguen ahí, revol­vién­dome el estó­mago y aho­gando mis sus­pi­ros, como el pri­mer día, por eso toda­vía no he aca­bado de llo­rar.

La luz lan­gui­dece y cons­tanto con pena que el tea­tro está vacío. El telón roto me hace pen­sar que estoy atra­pado en un limbo de sin­sen­ti­dos:

Soy Gav­ro­che o Mar­ce­lino, soy Mar­tín año­rando el pri­mer beso y el sexo de pan empa­pado con leche; soy Juan Cos­ta­les y tra­fico inmun­di­cias, soy el niño aho­gado, el pozo tapado, la yerba mala. ¡Soy un intér­prete del silen­cio!

¡Ay mísero de mí, ¡ay infe­lice! apu­rar, cie­los, pre­tendo, ya que me tra­tais así, ¿qué delito cometí con­tra voso­tros naciendo? Aun­que si nací, ya entiendo qué delito he come­tido; bas­tante causa ha tenido vues­tra jus­ti­cia y rigor, pues el delito mayor del hom­bre es haber nacido... Pedro Cal­de­ron de la Barca (Monó­logo de Segis­mundo, frag­mento)

Sobre el autor

JLimon
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