1 .Querido Maestro:
Estoy muy triste por su partida: nos deja, a los que aquí decidimos echar raíces, en franca orfandad: ¿quién se atreverá a defender de hoy en adelante con tanta enjundia y tenacidad el patrimonio cultural morelense? ¿Habrá alguien que nos repita a los que en esto andamos, que debemos seguir trabajando aunque no haya recursos, que se puede hacer cultura sin dinero? ¿A quién recurriremos para saber cómo era Cuernavaca antes? ¿Y de las pomarrosas, quién nos hablará?

Tantos eventos, tantos años, tantas inauguraciones, tantos homenajes y ninguno como el de hoy domingo 12 en la Sala Manuel M. Ponce del Borda.

¿Ya se dio cuenta Maestro, de cuánta gente lo fue a despedir? Tocaba la Banda de Música del Estado, mientras ríos de personas se acercaban a saludar a su familia.

Luego, varios amigos suyos le cantaron sus canciones favoritas y se organizaron las guardias de honor ¡que duraron 4 horas! Por supuesto, su Minda adorada, deshecha como estaba, se mantuvo como la señorona que es, en primera fila, acompañándolo como lo hizo más de 5 décadas .
   
Valentín López González y Juan Pablo Picazo nos compartieron muy completas semblanzas sobre su vida y obra, pero he de decirle Maestro, que mucho me emocionó escuchar a Pavel Mora agradecerle sus enseñanzas a nombre de los jóvenes del Centro Morelense de las Artes, y es que usted no sólo unió a políticos con gente sencilla, sino a varias generaciones de artistas, a veces aparentemente irreconciliables.
     
Comentábamos que usted abría y se le abrían puertas como a nadie y que parte de su lucha consistía en convencernos de que en este estado vale la pena vivir.

Si tanta gente lo quiere es por algo.

Y ese algo tal vez tenga que ver con que nunca quitó el dedo del renglón de la identidad morelense: “nuestro estado es rico y bello, hay que seguir sin desanimarse, ¿verdad? aquí hay gente buena, los políticos no son malas personas, necesitan quien los guíe.

Vamos a confiar en el talento de los jóvenes”, decía, con su voz grave y educada, con su voz de locutor antiguo.

Así fue como se convirtió en un mentor y en un referente nacional. . . .

Hace unos meses que expusimos algunas de sus piezas en aquella muestra colectiva en la que lucía en la Sección Juárez el gran óleo titulado “Xochicalco”, platicamos de cómo jalando el hilo de la tradición, sus muy afortunados paisajes de aliento romántico generaban el asombro y el placer propios de la mirada que descubre la minuciosidad.

De cómo sus atmósferas y veladuras son un potente antídoto contra la apatía y de cómo su pintura conforma un rico capítulo de la Historia del Arte nacional, el del retrato de la tierra morelense.

¿Se acuerda qué gusto nos daba cuando frente a sus obras la gente caía una y otra vez en la cuenta de que las montañas, los árboles, las nubes y las haciendas están a la vuelta? ¿de que esos panoramas siguen esperando nuestra mirada y benevolencia?

Maestro Cázares, váyase sabiendo que las generaciones venideras sabrán valorar su vocación artística ejemplar.

A los que vienen les diremos que usted traducía el espíritu de la naturaleza en infinitas pinceladas, que pintaba con técnica de miniaturista y que por eso, a pesar de que no hay tanta obra suya en nuestro estado, todo mundo reconoce un Cázares, al que por cierto no debemos comparar con un Velasco, porque el mexiquense era de tonalidades frías y usted no. . . .

Un día escribí que el término heterotopía se emplea para referirse a la creación de un paisaje en el que el artista desearía vivir o transformar su entorno.

Y no me refiero a una representación idealizada o fantástica, sino a un panorama que destaca lo mejor de la realidad.

Por eso quiero darle las gracias Maestro, porque además de dejar una enorme huella entre nosotros como persona, con su obra, usted nos marcó un rumbo a seguir.

Me despido de usted abrazándolo, como siempre.
 Buen viaje, Maestro Jorge Cázares.
 FIN

Por: María Helena González / helenagonzalezcultura@gmail.com