¡Con almaaaaa, vida y corazón! (dijera Toño Nelli) ya arrancó la fiebre mundialista. Esa que juré que no me iba a pegar porque entre la política, la chamba y los pendientes siempre hay algo más importante que ver. Pos como que anda entrando con calzador, tan es así que el fin de semana tuve oportunidad de echarme todos los partidos del Mundial y vi varias cosas dignas de analizar.
Empecemos por México. Se ganó y eso siempre es lo más importante en torneos cortos. El problema es que el marcador terminó siendo mucho más amable con Sudáfrica de lo que realmente fue el partido. La Selección Mexicana tuvo para hacer más daño y dejar un mensaje más contundente, pero al final se quedó con la sensación de que faltó mejorar la obra. Ahora toca Corea y, curiosamente, es un rival que nos trae buenos recuerdos. Ya les ganamos en Francia 98 y también en Rusia 2018. Aunque siendo honestos, muchos mexicanos seguimos teniendo una deuda moral con los surcoreanos por aquella tarde gloriosa en la que le pegaron a Alemania y nos regalaron el pase a la siguiente ronda. Habrá que ver si el karma futbolero existe y si nos toca devolverles el favor en nuestro propio Mundial.
Y hablando de selecciones que llegaron a competir, qué juegazo nos regalaron Brasil y Marruecos. Los brasileños parecían por momentos Vinicius y diez más. Cada vez que pasaba algo peligroso, ahí estaba el delantero cargando con la responsabilidad y tratando de echarse el equipo al hombro. Del otro lado apareció un Marruecos que confirma que lo de Qatar 2022 no fue casualidad. Sí, muchos de sus futbolistas nacieron fuera del país africano, principalmente en Europa, pero representan la camiseta marroquí con una entrega que ya quisieran varias selecciones tradicionales.
El empate terminó sabiendo a poco para ambos, pero dejó claro que los africanos ya no están para ser comparsa de nadie. Otra de las cosas que me llamaron la atención fue precisamente el papel de las selecciones africanas y asiáticas. Llegaron mucho más competitivas de lo que algunos analistas pronosticaban. Ahí está Cabo Verde, que le sacó un empate a una España bastante descafeinada, de esas que tienen más posesión que peligro. Pero lo mejor no fue el resultado. Lo mejor fue la historia de Vozinha, el portero caboverdiano que pasó de ser prácticamente un desconocido para el mundo a convertirse en fenómeno de redes sociales en cuestión de horas. Cosas del fútbol moderno, donde una buena actuación vale más que cualquier campaña de marketing. Y luego apareció Japón para regalarnos uno de esos momentos que parecen escritos por un guionista nostálgico.
El empate contra Países Bajos en los últimos minutos, con un remate de cabeza, fue una copia casi exacta de aquellas batallas entre Oliver Atom y Willem Arminius en los Súper Campeones. Los que crecimos viendo esa caricatura recordamos perfectamente aquel pique entre el genio japonés y el orgulloso capitán neerlandés. Por un momento pareció que el anime se había escapado de la televisión para colarse al Mundial. Claro que también hubo espacio para las cosas que ya parecen rutina. Haaland volvió a demostrar que no es humano y se despachó con un doblete. Mbappé, la Tortuga Ninja favorita de Francia, también hizo lo suyo con otro par de goles. Lo extraordinario ya se volvió cotidiano para esos dos. Y luego está Argentina.
Porque una cosa es reconocer que Messi sigue teniendo una calidad fuera de discusión y otra muy distinta hacerse de la vista gorda cuando el arbitraje parece empeñado en echarles una manita cada vez que las cosas se complican. Oficialmente fue un hat-trick de Messi. Extraoficialmente, medio continente sigue convencido de que algunos silbantes se emocionan más con los goles argentinos que los propios aficionados albicelestes. No diré que hubo robo porque luego se enojan los argentinos, pero tampoco diré que todo fue completamente normal.
Digamos que una vez más la suerte, un Zidane bastante malito, las decisiones arbitrales y el campeón del mundo volvieron a coincidir en el mismo lugar y a la misma hora. Pero entre tanto protagonista hay una ausencia que llama poderosamente la atención. ¿Dónde está el Comandante? ¿Alguien ha visto a Cristiano Ronaldo? ¿Cerresiete? Porque mientras Haaland, Mbappé y Messi se han llevado los reflectores de esta primera vuelta, el portugués prácticamente ha desaparecido de la conversación mundialista. Y se siente raro. Durante casi dos décadas cualquier torneo importante terminaba girando alrededor de él, para bien o para mal. Hoy pareciera que el Mundial arrancó sin que nadie se acordara de avisarle. Veremos qué nos deparan las siguientes jornadas. En mi casa ya dicen que México campeón, ¿será? No está de más decir que esto es a título personal.
Fuera de contexto: En la mañanera de seguridad destacaron la reducción de homicidios y la coordinación entre Morelos y la Federación. Falta camino por recorrer, pero los números empiezan a moverse en la dirección correcta. 6x6: En plena fiebre mundialista, a los aficionados al deporte del costalazo nos surge una duda: ¿podría existir una Copa del Mundo de lucha libre? A diferencia de las asociaciones internacionales, la lucha libre está fragmentada entre empresas, promotoras, contratos exclusivos y uno que otro ego del tamaño del de Hugo Sánchez. Por eso, lograr una competencia verdaderamente global es una tarea casi imposible. Sin embargo, entre 2015 y 2023, AAA organizó la llamada Lucha Libre World Cup, un torneo que buscaba reunir representantes de distintos países y estilos. Aunque el nombre quizá era más ambicioso que el concepto —digamos que estaba más cerca de una Copa Confederaciones que de un Mundial—, permitió ver desfilar a figuras como Rey Mysterio, Drew McIntyre, Johnny Mundo, Yoshihiro Takayama, Canek, Carlito, Penta y hasta Místico, antes de su regreso al Consejo Mundial de Lucha Libre.
Unos años antes, el CMLL lanzó el Grand Prix Internacional, enfrentando a una selección mexicana contra equipos de extranjeros. Por sus distintas ediciones han pasado nombres como AJ Styles, Minoru Suzuki, Hiroshi Tanahashi, Claudio Castagnoli y muchos otros referentes mundiales. Ninguno de estos torneos ha logrado convertirse en el equivalente luchístico de una Copa del Mundo. Los intereses empresariales, las exclusividades y las rivalidades entre promociones hacen prácticamente imposible reunir a todas las grandes estrellas bajo una misma bandera. Pero quién sabe, quizá algún día exista una organización que logre unirlas a todas al estilo de la FIFA (ojalá no me tumben la columna por mencionarla). ¡Saludos!
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