Hoy comienza el Mundial y, por primera vez desde que tengo memoria, no siento esa emoción que normalmente acompaña la máxima fiesta del futbol. La llamada ‘fiebre mundialista’.
Y es raro. Porque yo crecí esperando cada cuatro años la llegada del Mundial. Todavía recuerdo perfectamente Francia 98. Tenía ocho años cuando México rescató aquellos empates agónicos contra Bélgica y Holanda. Todavía puedo escuchar en mi cabeza aquella narración del Perro Bermúdez que se volvió parte de la memoria colectiva: ‘10... 9... 8... 7...’ y enseguida el grito de ‘¡Matadoooor, goooool!’. Después vino la eliminación contra Alemania y la tristeza me inundó, pero también ahí inició de una tradición, o quizá una maldición: seguir creyendo en la Selección Mexicana cada cuatro años sin importar cuántas veces nos quedáramos en el ‘ya merito’.
Durante años fue así. Mundial tras Mundial regresaba con la misma mezcla de ilusión, optimismo y una ingenuidad admirable que me hacía pensar que ahora sí, por fin, ‘este año era el bueno’. Las conversaciones cambiaban, las reuniones se organizaban alrededor de los partidos y hasta quien no sabía nada de futbol terminaba opinando sobre alineaciones, arbitrajes y posibilidades de México.
Pero hoy, a unas horas del arranque de la Copa del Mundo, siento que algo es diferente.
Quizá el primer rompimiento fue Qatar 2022. Mover el torneo de junio y julio a noviembre y diciembre alteró una tradición que parecía inquebrantable. Tal vez parezca un detalle menor, pero para muchos el Mundial y el verano iban de la mano. Eran las vacaciones, el calorcito, las retas, las reuniones familiares y el fútbol ocupando el centro de la conversación durante un mes entero.
Ahora tenemos un Mundial de 48 selecciones. Entiendo perfectamente la intención de abrir espacios y permitir que más países participen, pero también me queda la sensación de que parte de la magia estaba en lo difícil que era llegar. Clasificar era una hazaña; hoy pareciera que el filtro es mucho más amplio y, con ello, el nivel competitivo corre el riesgo de diluirse.
Tampoco ayuda que la sede esté repartida entre tres países. Oficialmente somos anfitriones, pero la realidad es que la mayor parte del torneo se jugará en Estados Unidos. El Mundial pasa por México, sí, pero por momentos parece que lo hace como visita de doctor, hasta ya puedo experimentar lo que sintió Fidel Castro cuando le aplicaron el ‘comes y te vas’.
Luego está el tema del dinero. Asistir a un partido se ha vuelto prácticamente un lujo. Boletos, hospedaje, transporte y cualquier cosa relacionada con el torneo manejan cifras que para los mortales resultan difíciles de alcanzar. A eso se suma una FIFA cada vez más celosa de sus derechos comerciales, sus marcas y hasta de cómo se vive el espectáculo alrededor de los estadios.
No sé, siento que este Mundial será menos social que los de antes. Menos de la gente y más del negocio. Quién sabe.
Lo cierto es que mañana México inaugura la Copa del Mundo enfrentando a Sudáfrica. Curiosamente, igual que en 2010. Algunos sudafricanos seguramente van a pensar que viajaron en el tiempo, porque también tenemos a Javier Aguirre en el banquillo y, conociendo cómo se dan las cosas en este País, no descarto que en una de esas aparezca Guillermo Ochoa como titular para completar el déjà vu.
También no hay que ser payasos, porque aunque hoy diga que no siento la misma emoción, sé perfectamente que mañana estaré frente a la televisión, criticando cambios, reclamando al árbitro y convencido de que ahora sí podemos dar la sorpresa, más porque el mundial es en México.
Al final, la fiebre mundialista puede bajar, las tradiciones pueden cambiar y hasta la FIFA puede tener un rugido de tripas impresionanti y empeñarse en convertir el futbol en un negocio cada vez más exclusivo. Pero hay algo que sigue intacto: esa absurda, irracional y entrañable costumbre de creer en la Selección Mexicana.
Aunque sepamos perfectamente cómo suele terminar la historia.
No está de más decir que esto es a título personal.
Fuera de contexto: Mientras todos voltean a ver el Mundial, en Coahuila el PRI se dio un buen llegue de oxígeno con su amplio triunfo en la elección de diputados locales. Tampoco hay que confundir una bocanada de aire con una resurrección milagrosa: fue una elección local y en un Estado donde conserva estructuras muy sólidas. Eso sí, el resultado llega en un momento ideal para encarecer futuras alianzas y recordarles a sus posibles socios que todavía tiene algunas fichas que poner sobre la mesa.
6x6: El pasado fin de semana en la Arena Moustache en Tejalpa, los aficionados acudimos con entusiasmo a la primera función de las ‘Noches de la Isabel’. A pesar del aguacero, que incluso encharcó el ring durante las primeras luchas, pudimos ver a atletas independientes de Morelos y de otros estados, así como luchadores ampliamente reconocidos como Argenis, Lolita y Mamba, uno de los mejores luchadores exóticos.
En el evento estelar, Canek, Canek Jr. e Hijo de Canek enfrentaron a Tinieblas Jr., Tinieblas 3G e Hijo de Fishman. Aunque el final de la lucha fue muy confuso y ni yo supe quién ganó, el público quedó satisfecho por estar frente a algunos de los herederos de grandes leyendas y por ver a uno de los mejores de todos los tiempos: el Príncipe Maya, Canek, quien pese a sus 73 años sigue en buena forma. Mientras, uno se marea cuando se levanta del baño.
Para mala fortuna de quien escribe esta columna, no pudo presentarse el ‘Macho de Lagos de Moreno’, Máscara Año 2000, por cuestiones de salud. Igual que Canek, se trata de otro histórico, un rudazo que portaba una de las máscaras más bellas del pancracio.
Muchos critican que luchadores de edad avanzada sigan estando programados aunque ya no pueden dar el mismo espectáculo que antes; pero la gente también va a reconocer la trayectoria de las leyendas, a recordar épocas gloriosas o a simplemente a ver en vivo a sus ídolos.
En general y pese al mal clima fue un buen evento, ojalá ‘Las Noches de la Isabel’ se conviertan en una opción habitual para la fanaticada, sobre todo para quienes aún extrañamos esos jueves de lucha libre.
¡Saludos!
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