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La polí­tica y el ejer­ci­cio del poder, en sus mejo­res acep­cio­nes, repre­sen­tan la vin­cu­la­ción del huma­nismo con el bien común. Sin embargo, alcan­zar ese bien supe­rior pasa, en muchas oca­sio­nes, por la difí­cil tarea de hacer cum­plir la ley, no como un acto de repre­sión, sino como una expre­sión de auto­ri­dad. Ello puede impli­car una apa­rente carga de impo­pu­la­ri­dad e incluso cierta dis­tan­cia con algu­nos sec­to­res socia­les, par­ti­cu­lar­mente cuando se pierde de vista que una de las fun­cio­nes esen­cia­les del Estado es garan­ti­zar la pree­mi­nen­cia de la lega­li­dad y las con­di­cio­nes que per­mi­ten una con­vi­ven­cia social armó­nica.

Cada vez con mayor fre­cuen­cia parece pri­vi­le­giarse la ren­ta­bi­li­dad polí­tica, la sim­pa­tía social o la ausen­cia de con­flicto inme­diato por encima del cum­pli­miento de las nor­mas. El pro­blema apa­rece cuando, bajo la legí­tima obli­ga­ción de res­pe­tar los dere­chos de mani­fes­ta­ción y expre­sión, se ter­mina tole­rando que deter­mi­na­das con­duc­tas que reba­san esos dere­chos que­den sin res­puesta ins­ti­tu­cio­nal. La des­truc­ción de infraes­truc­tura pública o pri­vada, las agre­sio­nes con­tra ele­men­tos poli­cia­les o los actos que ponen en riesgo la inte­gri­dad de ter­ce­ros no pue­den que­dar suje­tos úni­ca­mente a la con­ve­nien­cia polí­tica del momento. La no repre­sión no sig­ni­fica renun­ciar a la auto­ri­dad, del mismo modo que el res­peto a los dere­chos huma­nos no implica renun­ciar a la apli­ca­ción de la ley.

Cuando las ins­ti­tu­cio­nes encar­ga­das de la gober­na­bi­li­dad dejan de actuar, el pro­blema no se limita a la ausen­cia de una san­ción; se debi­lita la auto­ri­dad del Estado, se des­pro­tege a quie­nes tie­nen la res­pon­sa­bi­li­dad de pre­ser­var el orden y se trans­mite a la socie­dad la idea de que la ley es selec­tiva, nego­cia­ble o incluso irre­le­vante. El resul­tado es una ero­sión pau­la­tina de la con­fianza en las ins­ti­tu­cio­nes y, con ella, de las con­di­cio­nes míni­mas para una con­vi­ven­cia sus­ten­tada en reglas com­par­ti­das. Tam­bién existe el riesgo de que la preo­cu­pa­ción por lo polí­ti­ca­mente correcto ter­mine sus­ti­tu­yendo la res­pon­sa­bi­li­dad de gober­nar. La pro­tec­ción de gru­pos vul­ne­ra­bles y las accio­nes afir­ma­ti­vas cum­plen una fun­ción legí­tima den­tro de una socie­dad demo­crá­tica, pero nin­guna causa, iden­ti­dad o con­di­ción social puede con­ver­tirse en argu­mento para excep­tuar a una per­sona o grupo del cum­pli­miento de la ley. La igual­dad ante la norma pierde sen­tido cuando su apli­ca­ción depende de quién la infringe, de la pre­sión que pueda ejer­cer o del costo polí­tico que even­tual­mente repre­sente hacerla cum­plir. De ahí la nece­si­dad de recu­pe­rar el sen­tido de una auto­ri­dad demo­crá­tica.

No se trata de regre­sar a prác­ti­cas auto­ri­ta­rias ni de con­fun­dir fir­meza con abuso de la fuerza; se trata, pre­ci­sa­mente, de lo con­tra­rio: de con­tar con ins­ti­tu­cio­nes pro­fe­sio­na­les, capa­ces de actuar con pro­por­cio­na­li­dad, den­tro de la ley y con pleno res­peto a los dere­chos huma­nos, pero tam­bién de inter­ve­nir cuando corres­ponde y lle­var ante las ins­tan­cias com­pe­ten­tes a quie­nes incu­rran en res­pon­sa­bi­li­da­des.

La Cons­ti­tu­ción misma esta­blece que la segu­ri­dad pública es una fun­ción del Estado y que debe ejer­cerse bajo prin­ci­pios de lega­li­dad, obje­ti­vi­dad, efi­cien­cia, pro­fe­sio­na­lismo y res­peto a los dere­chos huma­nos. Por­que cuando las áreas res­pon­sa­bles de la gober­na­bi­li­dad son ino­pe­ran­tes, el costo no per­ma­nece den­tro de las ofi­ci­nas de gobierno; ter­mina tras­la­dán­dose a los titu­la­res del Eje­cu­tivo y a sus admi­nis­tra­cio­nes. Una estruc­tura ins­ti­tu­cio­nal que no pre­viene, que no res­ponde o que no hace valer las atri­bu­cio­nes que la ley le con­fiere puede hacer pare­cer inca­paz de gober­nar incluso a quien for­mal­mente enca­beza el gobierno.

Gober­nar exige sen­si­bi­li­dad para escu­char, capa­ci­dad para dia­lo­gar y dis­po­si­ción para con­ci­liar, pero tam­bién auto­ri­dad para deci­dir y fir­meza para hacer cum­plir las deci­sio­nes que corres­pon­den den­tro del marco jurí­dico. La mano izquierda puede repre­sen­tar la polí­tica, el diá­logo y la cons­truc­ción de acuer­dos; la mano firme debe estar dis­po­ni­ble cuando la ley lo exige. No para repri­mir, sino para garan­ti­zar que los dere­chos de unos no ter­mi­nen con­vir­tién­dose en la vul­ne­ra­ción de los dere­chos de los demás. La auto­ri­dad demo­crá­tica no se mide por su capa­ci­dad de impo­ner miedo, sino por su capa­ci­dad de hacer pre­va­le­cer las reglas. Y cuando el Estado renun­cia a esa res­pon­sa­bi­li­dad, no nece­sa­ria­mente evita el con­flicto: sim­ple­mente deja que otros defi­nan, en los hechos, qué tan largo es el brazo de la ley.

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TERCERO INTERESADO
Carlos Tercero
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