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En su sen­tido más gene­ral, la rela­ti­vi­dad alude a aque­llo que no es abso­luto, sino que depende de un punto de refe­ren­cia o deter­mi­na­das cir­cuns­tan­cias. En el ámbito cien­tí­fico, el tér­mino remite ine­vi­ta­ble­mente a la teo­ría for­mu­lada por Eins­tein, según la cual el espa­cio y el tiempo varían depen­diendo de las con­di­cio­nes en que se obser­van. Aun­que la polí­tica y la física per­te­ne­cen a cam­pos dis­tin­tos, esta idea ofrece una refe­ren­cia útil para refle­xio­nar sobre la natu­ra­leza del poder y las con­di­cio­nes en que se ejerce.

La cien­cia polí­tica forma parte de las cien­cias socia­les. Estu­dia el poder, el Estado, las ins­ti­tu­cio­nes, los sis­te­mas de gobierno y el com­por­ta­miento de los acto­res polí­ti­cos mediante méto­dos que per­mi­ten for­mu­lar hipó­te­sis, ana­li­zar evi­den­cias e iden­ti­fi­car ten­den­cias. Sin embargo, a dife­ren­cia de las cien­cias natu­ra­les, difí­cil­mente puede esta­ble­cer leyes uni­ver­sa­les capa­ces de anti­ci­par con exac­ti­tud el com­por­ta­miento humano. Las deci­sio­nes polí­ti­cas están con­di­cio­na­das por la his­to­ria, la cul­tura, los inte­re­ses, las ideo­lo­gías y las cir­cuns­tan­cias par­ti­cu­la­res de cada entorno social. Lo que fun­ciona en un lugar o momento deter­mi­nado no nece­sa­ria­mente pro­duce los mis­mos resul­ta­dos en otro. Esta con­di­ción explica por qué la polí­tica es, en buena medida, rela­tiva.

Las ideas sobre la jus­ti­cia, la liber­tad, la igual­dad y el bie­nes­tar adquie­ren sig­ni­fi­ca­dos dis­tin­tos según la época y el con­texto. Tam­bién cam­bian las prio­ri­da­des de los gobier­nos, las estra­te­gias de los par­ti­dos polí­ti­cos y las expec­ta­ti­vas de la ciu­da­da­nía. Una deci­sión que en deter­mi­nado momento parece indis­pen­sa­ble puede resul­tar incon­ve­niente cuando las con­di­cio­nes que la moti­va­ron desa­pa­re­cen. De igual manera, una alianza que ayer pare­cía impro­ba­ble puede con­ver­tirse mañana en una alter­na­tiva para alcan­zar una meta elec­to­ral com­par­tida. La his­to­ria ofrece innu­me­ra­bles ejem­plos. Las trans­for­ma­cio­nes de los sis­te­mas de gobierno mues­tran que las for­mas de orga­ni­za­ción polí­tica no son inmu­ta­bles, mien­tras que las rela­cio­nes inter­na­cio­na­les evi­den­cian cómo los inte­re­ses modi­fi­can las alian­zas entre paí­ses. La máxima diplo­má­tica según la cual las nacio­nes no tie­nen ami­gos ni ene­mi­gos per­ma­nen­tes, sino inte­re­ses per­ma­nen­tes, resume una visión prag­má­tica de la polí­tica. No obs­tante, el prag­ma­tismo tam­bién puede con­ver­tirse en una jus­ti­fi­ca­ción para aban­do­nar prin­ci­pios cuando dejan de resul­tar con­ve­nien­tes.

Aquí apa­rece una dis­tin­ción fun­da­men­tal. Que la polí­tica sea rela­tiva no sig­ni­fica que todo sea admi­si­ble ni que los prin­ci­pios deban ajus­tarse siem­pre a las nece­si­da­des de quien ejerce el poder. La fle­xi­bi­li­dad para revi­sar deci­sio­nes no equi­vale a la ausen­cia de con­vic­cio­nes, del mismo modo que la capa­ci­dad de nego­ciar no implica renun­ciar a cual­quier límite. Con­fun­dir la adap­ta­ción a las cir­cuns­tan­cias con la con­ve­nien­cia per­so­nal trans­forma el prag­ma­tismo en opor­tu­nismo y la res­pon­sa­bi­li­dad pública en una sim­ple admi­nis­tra­ción de inte­re­ses. Desde esta pers­pec­tiva, exis­ten refe­ren­cias que deben orien­tar y limi­tar el ejer­ci­cio del poder: los dere­chos huma­nos, la dig­ni­dad de las per­so­nas, la lega­li­dad y el res­peto a las liber­ta­des fun­da­men­ta­les, prin­ci­pios que no debe­rían depen­der de la volun­tad de una mayo­ría ni de la con­ve­nien­cia de un gobierno. La expe­rien­cia his­tó­rica demues­tra que, cuando todo queda sujeto a la inter­pre­ta­ción de quien manda, las ins­ti­tu­cio­nes pier­den capa­ci­dad para con­te­ner los abu­sos y la auto­ri­dad corre el riesgo de con­ver­tirse en arbi­tra­rie­dad. Tam­bién hay nece­si­da­des que atra­vie­san épo­cas y sis­te­mas polí­ti­cos. La segu­ri­dad, la con­vi­ven­cia y la pre­ser­va­ción del orden son con­di­cio­nes indis­pen­sa­bles para la vida colec­tiva. En Levia­tán, Tho­mas Hob­bes advierte que, sin una auto­ri­dad capaz de con­te­ner la vio­len­cia, la con­vi­ven­cia humana puede que­dar some­tida a la incer­ti­dum­bre y al con­flicto. Sin embargo, la nece­si­dad de pre­ser­var el orden no jus­ti­fica un ejer­ci­cio ili­mi­tado de la auto­ri­dad.

La polí­tica exige com­pren­der que las cir­cuns­tan­cias cam­bian sin asu­mir que todo debe cam­biar con ellas. Gober­nar supone inter­pre­tar cada momento, eva­luar alter­na­ti­vas y corre­gir el rumbo cuando la rea­li­dad lo exige, pero tam­bién reco­no­cer que exis­ten com­pro­mi­sos cuya vigen­cia no puede que­dar subor­di­nada al cál­culo inme­diato. Por­que, si bien las deci­sio­nes polí­ti­cas deben res­pon­der a las cir­cuns­tan­cias, la legi­ti­mi­dad del poder depende, en última ins­tan­cia, de los prin­ci­pios que se está dis­puesto a pre­ser­var.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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