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En la vida pública una deci­sión anun­ciada se con­vierte en com­pro­miso, el com­pro­miso en posi­ción polí­tica y la posi­ción ter­mina defen­dién­dose incluso cuando las cir­cuns­tan­cias que le die­ron ori­gen han cam­biado. Corre­gir el rumbo puede enton­ces pare­cer una mues­tra de debi­li­dad, cuando en rea­li­dad puede ser una de las expre­sio­nes más cla­ras de res­pon­sa­bi­li­dad en el ejer­ci­cio del poder, posi­ble úni­ca­mente cuando se sabe dife­ren­ciar entre con­sis­ten­cia y per­ma­nen­cia.

Gober­nar implica tomar deci­sio­nes en con­di­cio­nes de incer­ti­dum­bre. Nin­gún gobierno puede pre­ver todas las con­se­cuen­cias de sus actos ni anti­ci­par con abso­luta pre­ci­sión la evo­lu­ción de los pro­ble­mas públi­cos. Por eso, la capa­ci­dad de corre­gir no debe­ría enten­derse como una renun­cia a las con­vic­cio­nes, sino como la dis­po­si­ción para reco­no­cer aque­llo que no fun­ciona, apren­der de la expe­rien­cia y modi­fi­car lo nece­sa­rio para alcan­zar mejo­res resul­ta­dos. La polí­tica que no admite correc­cio­nes ter­mina con­vir­tiendo sus pro­pios erro­res en iner­cias.

México se encuen­tra en un momento que puede mar­car un par­tea­guas en la evo­lu­ción polí­tica de corto plazo al ini­ciar el pro­ceso elec­to­ral de 2027. Más allá de calen­da­rios, cam­pa­ñas y estra­te­gias par­ti­dis­tas, cada elec­ción repre­senta una opor­tu­ni­dad para revi­sar el rumbo, no sola­mente por­que los ciu­da­da­nos deci­di­rán quién habrá de ocu­par deter­mi­na­dos car­gos, sino por­que antes de lle­gar a las urnas los par­ti­dos ten­drán que deci­dir quié­nes serán sus can­di­da­tos y, con ello, qué tipo de per­fi­les con­si­de­ran ade­cua­dos para ejer­cer res­pon­sa­bi­li­da­des públi­cas. Ahí apa­rece una pri­mera posi­bi­li­dad de correc­ción. La selec­ción de can­di­da­tu­ras puede con­ver­tirse en un ejer­ci­cio para revi­sar cri­te­rios, aban­do­nar iner­cias y reco­no­cer que gober­nar y legis­lar requie­ren capa­ci­da­des espe­cí­fi­cas. El talento, la pre­pa­ra­ción, la expe­rien­cia, el cono­ci­miento de los pro­ble­mas y la capa­ci­dad para cons­truir acuer­dos debe­rían tener un peso deter­mi­nante. Cuando las can­di­da­tu­ras res­pon­den pri­mor­dial­mente a com­pro­mi­sos polí­ti­cos, cuo­tas inter­nas o equi­li­brios entre gru­pos, existe el riesgo de que la repre­sen­ta­ción ter­mine subor­di­nada a la lógica de los acuer­dos. Por supuesto, no se trata de des­co­no­cer que la polí­tica nece­sita cons­truir con­sen­sos y que los par­ti­dos son orga­ni­za­cio­nes donde exis­ten inte­re­ses, tra­yec­to­rias y dis­tin­tas corrien­tes. Se trata de tener pre­sente que una can­di­da­tura no es sola­mente la recom­pensa a una tra­yec­to­ria polí­tica ni la con­se­cuen­cia de una nego­cia­ción interna. Es, sobre todo, la posi­bi­li­dad de poner frente a la socie­dad a una per­sona que aspira a ejer­cer una res­pon­sa­bi­li­dad que afecta a miles o millo­nes de ciu­da­da­nos.

La correc­ción del rumbo tam­poco ter­mina en los par­ti­dos. En una demo­cra­cia, la socie­dad cuenta con un meca­nismo fun­da­men­tal para eva­luar las deci­sio­nes, las tra­yec­to­rias y los resul­ta­dos: el voto libre y secreto. Cada elec­ción per­mite rati­fi­car, modi­fi­car o sus­ti­tuir las opcio­nes que se pre­sen­tan ante el elec­to­rado, no como un meca­nismo de revan­cha, sino como expre­sión ins­ti­tu­cio­nal del man­dato público y, lle­gado el momento, como una forma de san­cio­nar o reco­no­cer mediante las urnas. Por eso, el ini­cio de un nuevo ciclo elec­to­ral es tam­bién el comienzo de una con­ver­sa­ción más exi­gente sobre los per­fi­les que que­re­mos ver en las bole­tas. La demo­cra­cia no con­siste úni­ca­mente en ele­gir entre nom­bres que otros han selec­cio­nado; supone tam­bién que par­ti­dos y ciu­da­da­nos asu­man la res­pon­sa­bi­li­dad que corres­ponde a cada uno en la cons­truc­ción de esas opcio­nes.

Corre­gir el rumbo exige, en con­se­cuen­cia, algo más que cam­biar per­so­nas. Requiere revi­sar cri­te­rios, apren­der de la expe­rien­cia y reco­no­cer que las res­pon­sa­bi­li­da­des públi­cas deman­dan capa­ci­da­des que no siem­pre coin­ci­den con la popu­la­ri­dad, la leal­tad polí­tica o la cer­ca­nía con quie­nes toman deci­sio­nes. Un buen can­di­dato no nece­sa­ria­mente es el más cono­cido o el más caris­má­tico, sino quien pueda acre­di­tar las con­di­cio­nes para desem­pe­ñar con res­pon­sa­bi­li­dad y efi­cien­cia el cargo al que aspira. Ahí reside la posi­bi­li­dad de corre­gir: en reco­no­cer que siem­pre se puede mejo­rar, que nin­guna deci­sión polí­tica es irre­ver­si­ble y que la demo­cra­cia ofrece, mediante sus ins­ti­tu­cio­nes, meca­nis­mos para ajus­tar el rumbo. Los par­ti­dos tie­nen una opor­tu­ni­dad al selec­cio­nar sus can­di­da­tu­ras, los gobier­nos al revi­sar sus deci­sio­nes y la socie­dad al ejer­cer su voto.

Corre­gir no sig­ni­fica nece­sa­ria­mente admi­tir una derrota. A veces sig­ni­fica algo más impor­tante: tener la capa­ci­dad de apren­der.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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