Tercero Interesado: El poder de la percepción

Carlos Tercero
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La polí­tica ya no se dis­puta úni­ca­mente en el terreno de los resul­ta­dos, las ins­ti­tu­cio­nes o las deci­sio­nes de gobierno; cada vez más, el ver­da­dero campo de bata­lla se encuen­tra en la per­cep­ción pública. Par­ti­ci­par polí­ti­ca­mente en la vida pública e incluso gober­nar implica admi­nis­trar narra­ti­vas, cons­truir emo­cio­nes colec­ti­vas y dis­pu­tar inter­pre­ta­cio­nes sobre la rea­li­dad. En la era digi­tal, la legi­ti­mi­dad polí­tica depende tanto de lo que ocu­rre como de la manera en que los ciu­da­da­nos per­ci­ben aque­llo que ocu­rre; ade­más, los éxi­tos logra­dos son tan efí­me­ros como el tiempo que tarde un nuevo acon­te­ci­miento en des­pla­zar el posi­cio­na­miento alcan­zado.

Durante déca­das, las demo­cra­cias libe­ra­les asu­mie­ron que la deli­be­ra­ción pública des­can­saba sobre hechos veri­fi­ca­bles y deba­tes racio­na­les; sin embargo, la expan­sión de las redes socia­les, la hiper­co­nec­ti­vi­dad y la comu­ni­ca­ción per­ma­nente modi­fi­ca­ron pro­fun­da­mente esa lógica. Hoy la con­ver­sa­ción pública se orga­niza menos alre­de­dor de argu­men­tos com­ple­jos y más en fun­ción de estí­mu­los emo­cio­na­les, reac­cio­nes inme­dia­tas y diná­mi­cas de vira­li­za­ción. La polí­tica se encuen­tra cada vez más con­di­cio­nada por métri­cas digi­ta­les, ten­den­cias y ciclos de aten­ción efí­me­ros, inmersa en un esce­na­rio donde la abun­dan­cia de con­te­ni­dos no siem­pre pro­duce ciu­da­da­nos mejor infor­ma­dos, sino audien­cias frag­men­ta­das, emo­cio­nal­mente sobrees­ti­mu­la­das y expues­tas a narra­ti­vas dise­ña­das para cap­tar aten­ción antes que para expli­car la rea­li­dad; todo ello favo­rece a quie­nes poseen los recur­sos tec­no­ló­gi­cos, eco­nó­mi­cos y comu­ni­ca­cio­na­les para impo­ner visi­bi­li­dad. En ese con­texto, la per­cep­ción adquiere peso eco­nó­mico y polí­tico extraor­di­na­rio.

La polí­tica empieza enton­ces a pare­cerse menos a la admi­nis­tra­ción del poder y más a la comer­cia­li­za­ción de esta­dos de ánimo colec­ti­vos. La comu­ni­ca­ción guber­na­men­tal ya no fun­ciona úni­ca­mente como meca­nismo de infor­ma­ción pública, sino como herra­mienta estra­té­gica para cons­truir legi­ti­mi­dad, neu­tra­li­zar des­gaste y posi­cio­nar emo­cio­nal­mente deter­mi­na­dos rela­tos. La per­cep­ción pública puede con­so­li­dar o dila­pi­dar lide­raz­gos incluso cuando los indi­ca­do­res obje­ti­vos mues­tran resul­ta­dos dis­tin­tos. La dis­puta polí­tica con­tem­po­rá­nea ya no se con­cen­tra úni­ca­mente en modi­fi­car la rea­li­dad, sino en defi­nir la manera en que esa rea­li­dad es inter­pre­tada social­mente.

Exis­ten gobier­nos con cifras eco­nó­mi­cas rela­ti­va­mente esta­bles que enfren­tan fuer­tes nive­les de desa­pro­ba­ción social, mien­tras otros con­ser­van res­paldo polí­tico a pesar de evi­den­tes pro­ble­mas de ges­tión. La expli­ca­ción suele encon­trarse en la capa­ci­dad de con­tro­lar narra­ti­vas, sim­pli­fi­car men­sa­jes y pro­du­cir iden­ti­fi­ca­ción emo­cio­nal. En muchos casos, la dis­puta polí­tica ya no gira en torno a quién tiene mejo­res resul­ta­dos, sino a quién logra defi­nir pri­mero el sig­ni­fi­cado de los hechos.

Las redes socia­les pro­fun­di­zan esa trans­for­ma­ción al con­ver­tir la comu­ni­ca­ción polí­tica en una com­pe­ten­cia per­ma­nente por aten­ción. Los acto­res públi­cos bus­can domi­nar ciclos de con­ver­sa­ción, impo­ner eti­que­tas y mol­dear cli­mas de opi­nión. Con­tro­lar la narra­tiva implica, en buena medida, con­tro­lar el sig­ni­fi­cado polí­tico de los acon­te­ci­mien­tos. El pro­blema no radica úni­ca­mente en la exis­ten­cia de pro­pa­ganda polí­tica, fenó­meno tan anti­guo como el pro­pio poder, sino en la velo­ci­dad, alcance y sofis­ti­ca­ción con la que hoy puede mol­dearse la per­cep­ción colec­tiva.

En México, la dis­puta por la per­cep­ción pública se ha con­ver­tido en un com­po­nente cen­tral del ejer­ci­cio del poder. Con­fe­ren­cias, redes socia­les, posi­cio­na­miento digi­tal y con­fron­ta­ción narra­tiva for­man parte de una diná­mica polí­tica per­ma­nente donde el con­trol de la con­ver­sa­ción pública resulta tan impor­tante como la pro­pia acción guber­na­men­tal. El desa­fío demo­crá­tico con­siste en evi­tar que la polí­tica quede com­ple­ta­mente subor­di­nada a la lógica emo­cio­nal de la vira­li­za­ción y el ren­di­miento digi­tal. La demo­cra­cia requiere ciu­da­da­nos capa­ces de dis­tin­guir entre infor­ma­ción y pro­pa­ganda, entre debate y espec­tá­culo, entre rea­li­dad y mani­pu­la­ción narra­tiva. De lo con­tra­rio, la demo­cra­cia corre el riesgo de que­dar subor­di­nada menos a los hechos y más a la admi­nis­tra­ción de per­cep­cio­nes.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.