Tercero Interesado: El poder de definir la verdad

Carlos Tercero
TERCERO INTERESADO

Desde el sur­gi­miento del cons­ti­tu­cio­na­lismo moderno, una de las prin­ci­pa­les preo­cu­pa­cio­nes del pen­sa­miento demo­crá­tico ha sido limi­tar la con­cen­tra­ción del poder. La liber­tad de imprenta, los par­la­men­tos, las elec­cio­nes y los sis­te­mas de jus­ti­cia sur­gie­ron bajo una misma pre­misa: nin­gún poder debía impo­ner por sí solo las reglas de la vida pública. Sin embargo, el siglo XXI ha incor­po­rado un desa­fío dis­tinto. Ya no basta con dis­cu­tir quién gobierna; tam­bién resulta nece­sa­rio pre­gun­tarse quién influye en aque­llo que una socie­dad reco­noce como ver­da­dero.

La dis­cu­sión ha cobrado fuerza a pro­pó­sito de los nue­vos linea­mien­tos en mate­ria de dere­chos de las audien­cias. Con fre­cuen­cia, el debate se pre­senta como una con­fron­ta­ción entre liber­tad de expre­sión y regu­la­ción, pero esa lec­tura resulta insu­fi­ciente. Los dere­chos de las audien­cias par­ten de una idea fun­da­men­tal: la infor­ma­ción cum­ple una fun­ción pública y los ciu­da­da­nos par­ti­ci­pan acti­va­mente en la con­ver­sa­ción donde se for­man opi­nio­nes y deci­sio­nes colec­ti­vas.

Su fina­li­dad no debe ser otor­gar al Estado una facul­tad para deter­mi­nar con­te­ni­dos, sino for­ta­le­cer las con­di­cio­nes para que las per­so­nas pue­dan dis­tin­guir hechos de opi­nio­nes, exi­gir trans­pa­ren­cia y ejer­cer un papel más activo frente a quie­nes pro­du­cen y difun­den infor­ma­ción. El desa­fío con­siste en pro­te­ger esos dere­chos sin abrir la puerta a nue­vas for­mas de inter­ven­ción sobre la liber­tad de expre­sión.

Esa ten­sión acom­paña a todas las demo­cra­cias. Las ins­ti­tu­cio­nes no deben dise­ñarse pen­sando en un gobierno deter­mi­nado, sino en su fun­cio­na­miento bajo gobier­nos dis­tin­tos. Una regla que parece razo­na­ble bajo cier­tas cir­cuns­tan­cias puede con­ver­tirse en un pro­blema cuando cam­bia quien la aplica. Por eso, la cali­dad demo­crá­tica depende tam­bién de la capa­ci­dad ins­ti­tu­cio­nal para resis­tir el abuso del poder.

Durante buena parte del siglo XX, la cre­di­bi­li­dad pública des­cansó en ins­ti­tu­cio­nes con pro­ce­di­mien­tos reco­no­ci­dos. La cien­cia vali­daba el cono­ci­miento mediante la evi­den­cia; los tri­bu­na­les resol­vían con­forme al dere­cho; el perio­dismo veri­fi­caba infor­ma­ción y las uni­ver­si­da­des some­tían las ideas al debate aca­dé­mico. Nin­guna era infa­li­ble, pero todas com­par­tían una pre­misa: la auto­ri­dad debía cons­truirse mediante méto­dos.

La revo­lu­ción digi­tal modi­ficó ese equi­li­brio. Hoy cual­quier per­sona puede pro­du­cir y difun­dir infor­ma­ción con un alcance impen­sa­ble hace ape­nas unas déca­das. Esa demo­cra­ti­za­ción amplió la con­ver­sa­ción pública, pero tam­bién frag­mentó los espa­cios comu­nes donde las socie­da­des con­tras­ta­ban hechos y cons­truían refe­ren­cias com­par­ti­das. Los algo­rit­mos pri­vi­le­gian la aten­ción, las redes socia­les favo­re­cen comu­ni­da­des cerra­das y la inte­li­gen­cia arti­fi­cial mul­ti­plica con­te­ni­dos cuya auten­ti­ci­dad puede ser difí­cil de deter­mi­nar.

El pro­blema con­tem­po­rá­neo no es la ausen­cia de infor­ma­ción, sino la dis­puta por la legi­ti­mi­dad para vali­darla. Gobier­nos, medios de comu­ni­ca­ción, pla­ta­for­mas digi­ta­les, crea­do­res de con­te­nido, uni­ver­si­da­des y sis­te­mas de inte­li­gen­cia arti­fi­cial par­ti­ci­pan en la cons­truc­ción del espa­cio público, pero nin­guno debe­ría aspi­rar a con­ver­tirse en árbi­tro exclu­sivo de la rea­li­dad.

Una demo­cra­cia puede con­vi­vir con dife­ren­cias pro­fun­das. El desa­cuerdo es parte de su natu­ra­leza. Lo que resulta más com­plejo es una socie­dad donde cada grupo posee sus pro­pios hechos y donde cual­quier evi­den­cia puede ser acep­tada o recha­zada según la iden­ti­dad de quien la pre­senta.

La dis­cu­sión de fondo no con­siste en deci­dir quién posee la ver­dad. Las demo­cra­cias se for­ta­le­cen cuando exis­ten ins­ti­tu­cio­nes capa­ces de gene­rar con­fianza, con­tras­tar infor­ma­ción y corre­gir erro­res. La liber­tad de expre­sión, los dere­chos de las audien­cias y el plu­ra­lismo infor­ma­tivo for­man parte de una misma tarea: evi­tar que el poder de defi­nir la rea­li­dad quede con­cen­trado en una sola voz.

El desa­fío de las demo­cra­cias con­tem­po­rá­neas no es cons­truir una auto­ri­dad capaz de esta­ble­cer la ver­dad, sino pre­ser­var las con­di­cio­nes para que nin­guna auto­ri­dad pueda apro­piarse de ella. La liber­tad demo­crá­tica no depende de que una socie­dad piense igual, sino de que con­serve la capa­ci­dad de deba­tir, cues­tio­nar y revi­sar sus pro­pias cer­te­zas.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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