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Tercero Interesado: Nómina pública

La nómina de los emplea­dos y ser­vi­do­res públi­cos se paga con las con­tri­bu­cio­nes de todas y cada una de las per­so­nas que cum­plen con sus obli­ga­cio­nes fis­ca­les. Luego enton­ces, nada más cer­tero que afir­mar que la ciu­da­da­nía es, en última ins­tan­cia, quien paga el sala­rio de quie­nes tra­ba­jan para el Estado. Cada per­cep­ción que sale del era­rio tiene detrás el esfuerzo de alguien que genera ingre­sos, paga impues­tos y espera que esos recur­sos se tra­duz­can en ser­vi­cios, ins­ti­tu­cio­nes efi­ca­ces y mejo­res con­di­cio­nes para la socie­dad. Por ello, el dinero público no puede mane­jarse con dis­pen­dio, dis­pli­cen­cia o cri­te­rios aje­nos al inte­rés colec­tivo. La admi­nis­tra­ción de los recur­sos públi­cos obliga a la trans­pa­ren­cia y a la ren­di­ción de cuen­tas, pero tam­bién a la efi­ca­cia y efi­cien­cia. El hecho de que una ins­ti­tu­ción sea pública no sig­ni­fica que pueda ope­rar al mar­gen de prin­ci­pios ele­men­ta­les de admi­nis­tra­ción, pro­fe­sio­na­li­za­ción y eva­lua­ción. Por el con­tra­rio, pre­ci­sa­mente por­que admi­nis­tra los recur­sos de todos, la exi­gen­cia debe ser mayor.

Un sala­rio público debe corres­pon­der a una res­pon­sa­bi­li­dad y a una fun­ción que efec­ti­va­mente se desem­pe­ñan. No se trata sola­mente de cuánto se paga, sino de qué se recibe a cam­bio de esa remu­ne­ra­ción. El pro­blema apa­rece cuando el pre­su­puesto sirve para sos­te­ner posi­cio­nes que no res­pon­den a las nece­si­da­des de la ins­ti­tu­ción, cuando se otor­gan per­cep­cio­nes sin una con­tra­pres­ta­ción equi­va­lente o cuando se colo­can per­so­nas en res­pon­sa­bi­li­da­des para las que care­cen de la capa­ci­dad, expe­rien­cia o talento nece­sa­rios. En esos casos, el costo no ter­mina en la nómina: tam­bién se paga con la pér­dida de efi­cien­cia, con deci­sio­nes defi­cien­tes y, final­mente, con la cali­dad de los ser­vi­cios que recibe la ciu­da­da­nía.

Si que­re­mos mejo­rar las ins­ti­tu­cio­nes públi­cas, su capa­ci­dad de res­puesta y el nivel de aten­ción que pro­por­cio­nan, resulta indis­pen­sa­ble ele­var el pro­fe­sio­na­lismo de sus áreas, en cada uno de los pode­res y órde­nes de gobierno. La pro­fe­sio­na­li­za­ción no puede redu­cirse a cur­sos, cer­ti­fi­ca­cio­nes o dis­cur­sos sobre el ser­vi­cio público; implica asig­nar res­pon­sa­bi­li­da­des con­si­de­rando cono­ci­mien­tos, expe­rien­cia, capa­ci­da­des y resul­ta­dos, y que quie­nes ocu­pan un cargo sepan que su per­ma­nen­cia debe estar vin­cu­lada al cum­pli­miento de las fun­cio­nes que les fue­ron enco­men­da­das. Esto exige revi­sar una prác­tica que durante déca­das ha for­mado parte de nues­tra cul­tura polí­tica: uti­li­zar los espa­cios públi­cos como meca­nismo de recom­pensa. Las desig­na­cio­nes por com­pa­drazgo, cuota, reco­men­da­ción o sim­ple agra­de­ci­miento polí­tico pue­den tener una expli­ca­ción desde la lógica de los gru­pos y las rela­cio­nes de poder, pero no nece­sa­ria­mente desde las nece­si­da­des de las ins­ti­tu­cio­nes. Una posi­ción pública no debe­ría ser el pago de una fac­tura polí­tica ni una forma de resol­ver com­pro­mi­sos per­so­na­les. Cuando una desig­na­ción res­ponde antes a un acuerdo polí­tico que a la capa­ci­dad, quien ter­mina pagando la cuenta es el ciu­da­dano.

Las ins­ti­tu­cio­nes públi­cas no son agen­cias de colo­ca­ción de empleo. Son estruc­tu­ras crea­das para cum­plir res­pon­sa­bi­li­da­des con­cre­tas y aten­der nece­si­da­des colec­ti­vas. Por eso, ocu­par un espa­cio den­tro de ellas debe­ría impli­car mucho más que con­tar con un nom­bra­miento: ten­dría que sig­ni­fi­car asu­mir la res­pon­sa­bi­li­dad de ser­vir, admi­nis­trar correc­ta­mente recur­sos que no per­te­ne­cen a quien los ejerce y res­pon­der por los resul­ta­dos obte­ni­dos.

La dis­cu­sión sobre la nómina pública, enton­ces, no debe­ría limi­tarse a cuánto gasta un gobierno en sala­rios, sino a qué tan capaz es de con­ver­tir ese gasto en valor público. Cada peso des­ti­nado a una remu­ne­ra­ción repre­senta una expec­ta­tiva legí­tima de ser­vi­cio. La ver­da­dera aus­te­ri­dad no con­siste úni­ca­mente en gas­tar menos, sino en evi­tar que los recur­sos públi­cos se uti­li­cen para man­te­ner estruc­tu­ras impro­duc­ti­vas o posi­cio­nes cuya uti­li­dad ins­ti­tu­cio­nal no puede jus­ti­fi­carse.

El ser­vi­cio público es una res­pon­sa­bi­li­dad, no una pre­benda. Por­que cuando se entiende que el sala­rio pro­viene de los ciu­da­da­nos, cam­bia tam­bién la manera de enten­der el cargo. Quien recibe una per­cep­ción del era­rio no tra­baja sola­mente para quien lo nom­bró ni para el grupo polí­tico al que per­te­nece: tra­baja para la socie­dad. Esa obli­ga­ción frente a la ciu­da­da­nía, aun­que parezca ele­men­tal, es una de las con­di­cio­nes nece­sa­rias para cons­truir mejo­res ins­ti­tu­cio­nes.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Ezapata
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