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Cada pro­ceso elec­to­ral con­cluye con una pode­rosa ima­gen: la cele­bra­ción de la vic­to­ria. Los dis­cur­sos ape­lan al man­dato ciu­da­dano, las pla­zas se lle­nan de sim­pa­ti­zan­tes y la aten­ción pública se con­cen­tra en quien ganó, mien­tras quien per­dió desa­pa­rece rápi­da­mente del debate público. Sin embargo, una vez cerrada la jor­nada elec­to­ral comienza una prueba mucho más deman­dante. Ganar una elec­ción es mérito polí­tico; gober­nar con efi­ca­cia es una res­pon­sa­bi­li­dad de otra natu­ra­leza.

Con fre­cuen­cia se con­funde el éxito elec­to­ral con la capa­ci­dad para gober­nar. La vic­to­ria en las urnas acre­dita que una can­di­da­tura obtuvo el mayor res­paldo elec­to­ral, pero no demues­tra, por sí misma, que quien reci­bió esa con­fianza posee las habi­li­da­des nece­sa­rias para con­du­cir un gobierno. La com­pe­ten­cia elec­to­ral y el ejer­ci­cio del poder res­pon­den a lógi­cas dis­tin­tas. Peor aún, suele con­fun­dirse la popu­la­ri­dad con la capa­ci­dad, la fama con el lide­razgo o incluso la buena volun­tad con la apti­tud para admi­nis­trar y diri­gir los asun­tos públi­cos. Ser una buena per­sona no implica ser un buen gober­nante.

Una cam­paña exige cons­truir una narra­tiva con­vin­cente, movi­li­zar apo­yos, comu­ni­car pro­pues­tas y admi­nis­trar emo­cio­nes colec­ti­vas. Gober­nar implica tomar deci­sio­nes bajo incer­ti­dum­bre, admi­nis­trar recur­sos esca­sos, inte­grar equi­pos com­pe­ten­tes, coor­di­nar ins­ti­tu­cio­nes, resol­ver con­flic­tos y man­te­ner una visión estra­té­gica de largo plazo. Mien­tras la cam­paña busca con­quis­tar la con­fianza ciu­da­dana, el gobierno debe hon­rarla con resul­ta­dos.

Max Weber advir­tió que la polí­tica no podía enten­derse úni­ca­mente como la bús­queda del poder, sino como una voca­ción sus­ten­tada en la res­pon­sa­bi­li­dad. Quien gobierna no solo admi­nis­tra deci­sio­nes; tam­bién debe asu­mir las con­se­cuen­cias de ellas. Esa dife­ren­cia explica por qué quien triunfa en cam­paña puede fra­ca­sar cuando enfrenta la com­ple­ji­dad coti­diana del gobierno. Con­ven­cer a las per­so­nas es una capa­ci­dad valiosa; con­du­cir un gobierno exige, ade­más, pru­den­cia, carác­ter, talento, cono­ci­miento y sen­si­bi­li­dad social.

Exis­ten nume­ro­sos ejem­plos de can­di­da­tos extraor­di­na­rios que ter­mi­na­ron siendo gober­nan­tes decep­cio­nan­tes, así como de líde­res que alcan­za­ron el poder con triun­fos modes­tos y cons­tru­ye­ron admi­nis­tra­cio­nes efi­ca­ces.

La dife­ren­cia no reside en el tamaño de la vic­to­ria elec­to­ral, sino en la cali­dad del lide­razgo y en la capa­ci­dad para trans­for­mar pro­me­sas en accio­nes, pro­gra­mas de gobierno y polí­ti­cas públi­cas.

Gio­vanni Sar­tori señaló que la demo­cra­cia no debía eva­luarse úni­ca­mente por la manera en que se elige a los gober­nan­tes, sino tam­bién por la forma en que éstos gobier­nan. Las elec­cio­nes son la con­di­ción nece­sa­ria de la demo­cra­cia, pero nunca sufi­ciente para garan­ti­zar un buen gobierno. De ahí la impor­tan­cia de dis­tin­guir entre la legi­ti­mi­dad de ori­gen y la legi­ti­mi­dad de ejer­ci­cio. La pri­mera nace del voto y abre la puerta del gobierno; la segunda se cons­truye todos los días mediante resul­ta­dos, ins­ti­tu­cio­nes efi­ca­ces y con­fianza ciu­da­dana. Nin­guna vic­to­ria elec­to­ral, por amplia que sea, garan­tiza auto­má­ti­ca­mente esa segunda legi­ti­mi­dad. Debe ganarse una y otra vez a tra­vés de un desem­peño efi­ciente y res­pon­sa­ble.

Quie­nes lle­gan al gobierno enfren­tan inva­ria­ble­mente el riesgo de la auto­com­pla­cen­cia. No es raro que el cír­culo cer­cano ter­mine sus­ti­tu­yendo la crí­tica por la apro­ba­ción sis­te­má­tica, ais­lando al gober­nante de la rea­li­dad y ali­men­tando la falsa per­cep­ción de que todo mar­cha bien. Esa bur­buja suele rom­perse dema­siado tarde, cuando los pro­ble­mas ya se han acu­mu­lado y la con­fianza ciu­da­dana comienza a dete­rio­rarse. Gober­nar exige escu­char las voces incó­mo­das. La segu­ri­dad, el cre­ci­miento eco­nó­mico, la infraes­truc­tura, la edu­ca­ción y la salud requie­ren pla­nea­ción, cono­ci­miento téc­nico y talento ins­ti­tu­cio­nal, cua­li­da­des que no siem­pre se ponen a prueba durante una cam­paña.

Por ello, las socie­da­des demo­crá­ti­cas harían bien en exi­gir a sus can­di­da­tos algo más que carisma, popu­la­ri­dad o habi­li­dad para ganar elec­cio­nes. Gober­nar requiere pre­pa­ra­ción, visión de Estado, sen­sa­tez para for­mar equi­pos, dis­po­si­ción para cons­truir acuer­dos y, sobre todo, con­cien­cia de que el poder no cons­ti­tuye un pre­mio, sino una res­pon­sa­bi­li­dad y, si bien las elec­cio­nes con­fie­ren el man­dato ciu­da­dano; solo el ejer­ci­cio del gobierno con­firma si esa con­fianza fue bien depo­si­tada.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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