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En un entorno de liber­tad de expre­sión, es válido que sur­jan voces que sugie­ran des­con­fiar de los medios de comu­ni­ca­ción o de las redes socia­les, o incluso limi­tar las fuen­tes a tra­vés de las cua­les la socie­dad se informa. Más allá de la inten­ción con la que se for­mu­len esas reco­men­da­cio­nes, el plan­tea­miento abre un debate mucho más rele­vante que cual­quier coyun­tura polí­tica. La dis­cu­sión no gira en torno a la cre­di­bi­li­dad de un medio, una pla­ta­forma digi­tal o un gobierno en par­ti­cu­lar, sino sobre uno de los prin­ci­pios esen­cia­les de toda demo­cra­cia: el dere­cho de las per­so­nas a infor­marse libre­mente y for­mar su pro­pio cri­te­rio. Ese dere­cho adquiere hoy una rele­van­cia espe­cial, por­que nunca antes había exis­tido tanta infor­ma­ción dis­po­ni­ble y, al mismo tiempo, nunca había sido tan com­plejo dis­tin­guir entre hechos, opi­nio­nes y desin­for­ma­ción.

La velo­ci­dad con la que cir­cu­lan los con­te­ni­dos digi­ta­les y el acceso prác­ti­ca­mente en tiempo real a los acon­te­ci­mien­tos coti­dia­nos han mul­ti­pli­cado las posi­bi­li­da­des de par­ti­ci­pa­ción ciu­da­dana, pero tam­bién han faci­li­tado la pro­pa­ga­ción de noti­cias fal­sas, cam­pa­ñas de mani­pu­la­ción y narra­ti­vas pola­ri­zan­tes. Frente a esa rea­li­dad, la res­puesta no puede con­sis­tir en redu­cir las fuen­tes de infor­ma­ción de la socie­dad, sino en for­ta­le­cer su capa­ci­dad para ana­li­zar­las crí­ti­ca­mente.

Las demo­cra­cias moder­nas des­can­san sobre una ciu­da­da­nía infor­mada y solo pue­den for­ta­le­cerse en la medida en que pro­mue­ven el pen­sa­miento crí­tico. El voto libre, la par­ti­ci­pa­ción ciu­da­dana y la ren­di­ción de cuen­tas solo adquie­ren sen­tido cuando las per­so­nas pue­den acce­der a dis­tin­tas pers­pec­ti­vas, con­tras­tar ver­sio­nes y eva­luar por sí mis­mas el desem­peño de quie­nes ejer­cen el poder. Limi­tar, des­ca­li­fi­car o desa­len­tar deter­mi­na­das fuen­tes de infor­ma­ción puede pare­cer una res­puesta sen­ci­lla frente a la desin­for­ma­ción, pero ter­mina debi­li­tando uno de los pila­res fun­da­men­ta­les de la vida demo­crá­tica.

Las demo­cra­cias más sóli­das no son aque­llas donde existe una sola ver­sión de la rea­li­dad, sino aque­llas donde con­vi­ven múl­ti­ples voces bajo la pro­tec­ción de la liber­tad de expre­sión y el prin­ci­pio de máxima publi­ci­dad; teniendo claro que la plu­ra­li­dad no garan­tiza que toda infor­ma­ción sea ver­da­dera, pero sí per­mite que las ideas se con­fron­ten, que los erro­res se corri­jan y que las deci­sio­nes públi­cas sean objeto de escru­ti­nio per­ma­nente. El abrir espa­cios para res­pon­der pre­gun­tas, sos­te­ner el diá­logo con la prensa y man­te­ner cana­les direc­tos de comu­ni­ca­ción con la ciu­da­da­nía refleja pre­ci­sa­mente esa con­cep­ción demo­crá­tica del ejer­ci­cio del poder. Esta prác­tica no eli­mina las dife­ren­cias polí­ti­cas ni las crí­ti­cas, pero reco­noce que el debate público forma parte inhe­rente del ejer­ci­cio demo­crá­tico, donde la desin­for­ma­ción se com­bate con infor­ma­ción y la crí­tica se res­ponde con argu­men­tos.

De igual manera, nin­gún gobierno ni ins­tan­cia encar­gada de la comu­ni­ca­ción ins­ti­tu­cio­nal debe­ría caer en la ten­ta­ción de pre­sio­nar, vetar o excluir a perio­dis­tas por resul­tar incó­mo­dos o crí­ti­cos. La con­fianza social no se cons­truye con medios com­pla­cien­tes, sino con perio­dis­tas capa­ces de cues­tio­nar, inves­ti­gar y seña­lar aque­llo que con­si­de­ran rele­vante para la socie­dad. Cuando un medio o comu­ni­ca­dor es objeto de pre­sio­nes para aban­do­nar un espa­cio infor­ma­tivo, el pro­blema tras­ciende y alcanza al espa­cio público, limi­tando la diver­si­dad de voces e inhi­biendo el perio­dismo libre. En ello, los medios de comu­ni­ca­ción tie­nen la com­pleja tarea de no ceder ante pre­sio­nes polí­ti­cas por con­ve­nien­cia, depen­den­cia eco­nó­mica o temor al con­flicto, ya que debi­li­tan su auto­no­mía y empo­bre­cen el debate público. La crí­tica, incluso cuando resulta adversa o incó­moda para el poder, no repre­senta una ame­naza para la demo­cra­cia; cons­ti­tuye una de sus expre­sio­nes más nece­sa­rias.

Polí­ti­cos y gober­nan­tes harían bien en recor­dar que el poder público es tem­po­ral. En la mayo­ría de los casos, los car­gos tie­nen una dura­ción limi­tada de tres o seis años, mien­tras que el perio­dismo tras­ciende admi­nis­tra­cio­nes y coyun­tu­ras; ade­más, los perio­dis­tas podrán cam­biar de medio, pla­ta­forma o espa­cio de tra­bajo, pero difí­cil­mente cam­bia­rán de pro­fe­sión. Por supuesto que la liber­tad de infor­marse no garan­tiza deci­sio­nes siem­pre correc­tas, pero sí deci­sio­nes libres; pues final­mente no se trata de que todos pien­sen igual, sino de que todos ten­gan la liber­tad y las herra­mien­tas para pen­sar por sí mis­mos.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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