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Al tomar un cargo público, difí­cil­mente encon­tra­re­mos a un gober­nante o a un polí­tico que no plan­tee que va a tra­ba­jar para ser el mejor de todos los tiem­pos, el o la mejor que haya osten­tado dicho encargo. Es natu­ral, final­mente se busca tras­cen­der, dejar hue­lla, here­dar un legado; lo com­pli­cado es el camino sub­se­cuente, pues la tarea requiere no sola­mente a una per­sona capaz de gober­nar, sino que, por prin­ci­pio de cuen­tas, observe el ejer­ci­cio de la polí­tica con pers­pec­tiva his­tó­rica, es decir, que refle­xione y sea cons­ciente de qué ocu­rrirá cuando ya no esté en el poder, tras­cen­diendo su man­dato como parte de un esfuerzo ins­ti­tu­cio­nal con­ti­nuo que per­mita cons­truir el mañana.

Asi­mismo, se requiere tener cla­ri­dad en que, más allá de la inme­dia­tez y la urgen­cia que pre­va­le­cen día a día en el encargo, es indis­pen­sa­ble con­ser­var la sere­ni­dad y tem­planza que per­mi­tan veri­fi­car que cada pro­yecto sea, al menos, social­mente justo, finan­cie­ra­mente via­ble, polí­ti­ca­mente inclu­yente y ambien­tal­mente sus­ten­ta­ble; tarea nada fácil cuando no se tiene una visión polí­tica y estra­té­gica de la asig­na­ción y ejer­ci­cio pre­su­pues­tal, cuando exis­ten dis­tor­sio­nes y omi­sio­nes res­pecto de los más ele­men­ta­les prin­ci­pios en mate­ria de admi­nis­tra­ción pública. Y el énfa­sis es per­ti­nente, por­que una de las mayo­res difi­cul­ta­des de la admi­nis­tra­ción pública se encuen­tra pre­ci­sa­mente en la obten­ción y pos­te­rior­mente la correcta apli­ca­ción de los recur­sos finan­cie­ros, es decir, en con­ver­tir el pre­su­puesto en resul­ta­dos y evi­tar que el dinero público ter­mine subor­di­nado a inte­re­ses par­ti­cu­la­res, impro­vi­sa­cio­nes o deci­sio­nes de corto plazo.

Otra gran com­pli­ca­ción que da al traste con muchos de los mejo­res pro­pó­si­tos de un gobierno es, sin duda, el intento de engran­de­cer a ami­gos y afec­tos, en lugar de rodearse de talento, pues como bien advierte el perio­dista Eolo Pacheco: “El poder en esos nive­les es una dis­ci­plina estric­ta­mente pro­fe­sio­nal que no admite impro­vi­sa­cio­nes; el talento no se otorga por decreto de nom­bra­mien­tos, ni la expe­rien­cia se com­pra en la mis­ce­lá­nea de la esquina.”

Pre­ten­der desa­rro­llar pro­yec­tos estra­té­gi­cos desde la inex­pe­rien­cia y el des­co­no­ci­miento suele con­du­cir a la ocu­rren­cia y a la auto­com­pla­cen­cia. El ser­vi­cio público demanda equi­pos pro­fe­sio­na­les, capa­ces de dis­cu­tir las deci­sio­nes, adver­tir ries­gos y cons­truir alter­na­ti­vas. La leal­tad polí­tica es nece­sa­ria, pero nunca debe con­fun­dirse con incom­pe­ten­cia ni con­ver­tirse en sus­ti­tuto del mérito.

El éxito de un pro­yecto polí­tico tam­poco con­siste úni­ca­mente en alcan­zar el poder, sino en gene­rar las con­di­cio­nes para que sus mejo­res resul­ta­dos ten­gan con­ti­nui­dad. Para ello se requiere for­mar cua­dros, desa­rro­llar capa­ci­da­des e impul­sar a muje­res y hom­bres con los per­fi­les nece­sa­rios para asu­mir res­pon­sa­bi­li­da­des eje­cu­ti­vas y legis­la­ti­vas. La suce­sión polí­tica no debe­ría depen­der de la cer­ca­nía con quien gobierna, sino de la capa­ci­dad demos­trada para pre­ser­var lo que fun­ciona, corre­gir lo que debe cam­biar y cons­truir lo que toda­vía hace falta.

En ese pro­pó­sito tam­bién resulta indis­pen­sa­ble res­pe­tar la divi­sión de pode­res y pre­ser­var la auto­no­mía de las ins­ti­tu­cio­nes. La cons­truc­ción de un pro­yecto polí­tico de largo plazo no requiere con­tro­lar todas las posi­cio­nes estra­té­gi­cas, sino con­tar con ins­ti­tu­cio­nes sufi­cien­te­mente sóli­das para que las deci­sio­nes públi­cas tras­cien­dan a las per­so­nas y los gobier­nos.

Quizá la manera más impre­cisa de cons­truir un legado sea pre­ci­sa­mente obse­sio­narse con dejarlo. Cuando el gober­nante con­cen­tra su aten­ción en cómo será recor­dado, corre el riesgo de con­ver­tir el gobierno en una bús­queda per­ma­nente de reco­no­ci­miento. La ver­da­dera tras­cen­den­cia ocu­rre de otra manera.

Un legado polí­tico no se decreta, no se anun­cia y tam­poco se inau­gura. Se cons­truye cuando las deci­sio­nes de hoy siguen pro­du­ciendo bene­fi­cios cuando quien las tomó ya no está en el poder. Por eso, más que pen­sar en el legado, gober­nar exige altura de miras, aten­der con mesura lo urgente sin com­pro­me­ter lo impor­tante y tener siem­pre pre­sente que el poder es tem­po­ral, pero las con­se­cuen­cias de ejer­cerlo pue­den per­ma­ne­cer durante gene­ra­cio­nes. En sín­te­sis, el legado no debe ser el obje­tivo inme­diato del gober­nante; debe ser la con­se­cuen­cia de su estilo per­so­nal de gober­nar.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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