Tercero Interesado: Lealtad

Carlos Tercero
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La leal­tad suele invo­carse como una vir­tud incon­tes­ta­ble. En la vida pública se exige, se pre­sume y hasta se nego­cia como si se tra­tara de una moneda de esta­bi­li­dad polí­tica o de una prueba defi­ni­tiva de inte­gri­dad per­so­nal. Sin embargo, pocas nocio­nes resul­tan tan ambi­guas cuando aban­do­nan el terreno de la moral abs­tracta y se enfren­tan a la com­ple­ji­dad del poder. La polí­tica con­vierte casi todas las vir­tu­des en dile­mas prác­ti­cos, y la leal­tad no es la excep­ción.

Desde la tra­di­ción filo­só­fica, la leal­tad no puede redu­cirse a la obe­dien­cia ciega ni a la adhe­sión emo­cio­nal hacia una per­sona. Supone una deci­sión cons­ciente de per­ma­nen­cia frente a una causa, una comu­ni­dad o un con­junto de prin­ci­pios com­par­ti­dos. Aris­tó­te­les enten­día la vir­tud como un punto de equi­li­brio entre extre­mos, y quizá por ello la leal­tad encuen­tra su mejor expre­sión lejos tanto del fana­tismo como de la trai­ción. Una leal­tad abso­luta ter­mina anu­lando el jui­cio pro­pio; una ausen­cia total de leal­tad vuelve impo­si­ble la con­fianza y sin con­fianza nin­guna comu­ni­dad polí­tica puede sos­te­nerse dema­siado tiempo.

En las demo­cra­cias con­tem­po­rá­neas, el pro­blema apa­rece cuando la leal­tad deja de diri­girse hacia las ins­ti­tu­cio­nes y comienza a con­cen­trarse exclu­si­va­mente en las per­so­nas. La dife­ren­cia parece menor, pero cam­bia por com­pleto el fun­cio­na­miento del poder. La leal­tad ins­ti­tu­cio­nal implica com­pro­miso con reglas, lími­tes y res­pon­sa­bi­li­da­des públi­cas. La leal­tad per­so­nal, en cam­bio, suele exi­gir silen­cios, subor­di­na­ción y renun­cia al cri­te­rio pro­pio. Ahí comienza una ten­sión que atra­viesa par­ti­dos, gobier­nos y gru­pos polí­ti­cos de todas las ideo­lo­gías.

Con fre­cuen­cia se afirma que “la leal­tad se paga con leal­tad, y la trai­ción con dis­tan­cia”. La con­fianza no puede sos­te­nerse si no existe reci­pro­ci­dad. Per­ma­ne­cer en los momen­tos difí­ci­les suele ser la prueba más visi­ble de la leal­tad autén­tica, por­que el res­paldo solo durante las vic­to­rias casi siem­pre res­ponde más a la con­ve­nien­cia que a la con­vic­ción. No obs­tante, incluso esa idea encuen­tra lími­tes cuando la fide­li­dad hacia una per­sona entra en con­flicto con prin­ci­pios supe­rio­res como la lega­li­dad, la jus­ti­cia o el inte­rés público. Hay quie­nes con­si­de­ran que defen­der a un grupo exige cerrar filas aun frente al error evi­dente. Otros sos­tie­nen que la ver­da­dera leal­tad con­siste pre­ci­sa­mente en adver­tir des­via­cio­nes antes de que se con­vier­tan en cri­sis irre­pa­ra­bles. La his­to­ria demues­tra que muchos pro­yec­tos ter­mi­nan debi­li­tán­dose no por exceso de crí­tica interna, sino por ausen­cia de ella. Los entor­nos donde nadie con­tra­dice al poder sue­len incu­bar deci­sio­nes equi­vo­ca­das, des­co­ne­xión con la rea­li­dad y dete­rioro ins­ti­tu­cio­nal.

La leal­tad no siem­pre paga. Son innu­me­ra­bles los epi­so­dios donde quie­nes per­ma­ne­cen cerca en los momen­tos difí­ci­les ter­mi­nan des­pla­za­dos cuando lle­gan las nego­cia­cio­nes, los acuer­dos o las con­ce­sio­nes polí­ti­cas. El poder rara vez dis­tri­buye posi­cio­nes por gra­ti­tud. A menudo pri­vi­le­gia equi­li­brios, con­ten­cio­nes y con­ve­nien­cias. En esos esce­na­rios, el adver­sa­rio útil puede resul­tar más valioso que el aliado incon­di­cio­nal.

Esa lógica explica por qué tan­tas veces se sacri­fica pri­mero a los pro­pios. La polí­tica opera bajo cál­cu­los de super­vi­ven­cia, no bajo códi­gos sen­ti­men­ta­les. Por eso la leal­tad abso­luta suele pro­du­cir desen­ga­ños pro­fun­dos. Con­fun­dir cer­ca­nía con per­ma­nen­cia, y mucho menos con pro­mo­ción, es un error fre­cuente den­tro del poder. Pero la dis­tor­sión más severa apa­rece cuando la leal­tad deja de ser vir­tud y se con­vierte en meca­nismo infor­mal de con­trol.

Ocu­rre cuando fun­cio­na­rios elec­tos por man­dato popu­lar dele­gan deci­sio­nes fun­da­men­ta­les a figu­ras sin res­pon­sa­bi­li­dad pre­vista en la norma ni en el diseño cons­ti­tu­cio­nal, o cuando anti­guos lide­raz­gos con­ti­núan ejer­ciendo influen­cia deter­mi­nante sobre gobier­nos for­mal­mente autó­no­mos. En esos casos ya no se trata de gra­ti­tud polí­tica, sino de una trans­fe­ren­cia inde­bida de auto­ri­dad que ero­siona ins­ti­tu­cio­nes y diluye res­pon­sa­bi­li­da­des públi­cas.

Per­ma­ne­cer fiel a prin­ci­pios ele­men­ta­les cuando el prag­ma­tismo des­plaza con­vic­cio­nes exige tem­planza. La polí­tica obliga a nego­ciar, ceder y adap­tarse, pero hay renun­cias que ter­mi­nan vaciando de sen­tido cual­quier pro­yecto. Al final, la leal­tad solo con­serva dig­ni­dad cuando no exige aban­do­nar la con­cien­cia para con­ser­var espa­cios de poder.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.