Ir al contenido principal

La leal­tad suele invo­carse como una vir­tud incon­tes­ta­ble. En la vida pública se exige, se pre­sume y hasta se nego­cia como si se tra­tara de una moneda de esta­bi­li­dad polí­tica o de una prueba defi­ni­tiva de inte­gri­dad per­so­nal. Sin embargo, pocas nocio­nes resul­tan tan ambi­guas cuando aban­do­nan el terreno de la moral abs­tracta y se enfren­tan a la com­ple­ji­dad del poder. La polí­tica con­vierte casi todas las vir­tu­des en dile­mas prác­ti­cos, y la leal­tad no es la excep­ción.

Desde la tra­di­ción filo­só­fica, la leal­tad no puede redu­cirse a la obe­dien­cia ciega ni a la adhe­sión emo­cio­nal hacia una per­sona. Supone una deci­sión cons­ciente de per­ma­nen­cia frente a una causa, una comu­ni­dad o un con­junto de prin­ci­pios com­par­ti­dos. Aris­tó­te­les enten­día la vir­tud como un punto de equi­li­brio entre extre­mos, y quizá por ello la leal­tad encuen­tra su mejor expre­sión lejos tanto del fana­tismo como de la trai­ción. Una leal­tad abso­luta ter­mina anu­lando el jui­cio pro­pio; una ausen­cia total de leal­tad vuelve impo­si­ble la con­fianza y sin con­fianza nin­guna comu­ni­dad polí­tica puede sos­te­nerse dema­siado tiempo.

En las demo­cra­cias con­tem­po­rá­neas, el pro­blema apa­rece cuando la leal­tad deja de diri­girse hacia las ins­ti­tu­cio­nes y comienza a con­cen­trarse exclu­si­va­mente en las per­so­nas. La dife­ren­cia parece menor, pero cam­bia por com­pleto el fun­cio­na­miento del poder. La leal­tad ins­ti­tu­cio­nal implica com­pro­miso con reglas, lími­tes y res­pon­sa­bi­li­da­des públi­cas. La leal­tad per­so­nal, en cam­bio, suele exi­gir silen­cios, subor­di­na­ción y renun­cia al cri­te­rio pro­pio. Ahí comienza una ten­sión que atra­viesa par­ti­dos, gobier­nos y gru­pos polí­ti­cos de todas las ideo­lo­gías.

Con fre­cuen­cia se afirma que “la leal­tad se paga con leal­tad, y la trai­ción con dis­tan­cia”. La con­fianza no puede sos­te­nerse si no existe reci­pro­ci­dad. Per­ma­ne­cer en los momen­tos difí­ci­les suele ser la prueba más visi­ble de la leal­tad autén­tica, por­que el res­paldo solo durante las vic­to­rias casi siem­pre res­ponde más a la con­ve­nien­cia que a la con­vic­ción. No obs­tante, incluso esa idea encuen­tra lími­tes cuando la fide­li­dad hacia una per­sona entra en con­flicto con prin­ci­pios supe­rio­res como la lega­li­dad, la jus­ti­cia o el inte­rés público. Hay quie­nes con­si­de­ran que defen­der a un grupo exige cerrar filas aun frente al error evi­dente. Otros sos­tie­nen que la ver­da­dera leal­tad con­siste pre­ci­sa­mente en adver­tir des­via­cio­nes antes de que se con­vier­tan en cri­sis irre­pa­ra­bles. La his­to­ria demues­tra que muchos pro­yec­tos ter­mi­nan debi­li­tán­dose no por exceso de crí­tica interna, sino por ausen­cia de ella. Los entor­nos donde nadie con­tra­dice al poder sue­len incu­bar deci­sio­nes equi­vo­ca­das, des­co­ne­xión con la rea­li­dad y dete­rioro ins­ti­tu­cio­nal.

La leal­tad no siem­pre paga. Son innu­me­ra­bles los epi­so­dios donde quie­nes per­ma­ne­cen cerca en los momen­tos difí­ci­les ter­mi­nan des­pla­za­dos cuando lle­gan las nego­cia­cio­nes, los acuer­dos o las con­ce­sio­nes polí­ti­cas. El poder rara vez dis­tri­buye posi­cio­nes por gra­ti­tud. A menudo pri­vi­le­gia equi­li­brios, con­ten­cio­nes y con­ve­nien­cias. En esos esce­na­rios, el adver­sa­rio útil puede resul­tar más valioso que el aliado incon­di­cio­nal.

Esa lógica explica por qué tan­tas veces se sacri­fica pri­mero a los pro­pios. La polí­tica opera bajo cál­cu­los de super­vi­ven­cia, no bajo códi­gos sen­ti­men­ta­les. Por eso la leal­tad abso­luta suele pro­du­cir desen­ga­ños pro­fun­dos. Con­fun­dir cer­ca­nía con per­ma­nen­cia, y mucho menos con pro­mo­ción, es un error fre­cuente den­tro del poder. Pero la dis­tor­sión más severa apa­rece cuando la leal­tad deja de ser vir­tud y se con­vierte en meca­nismo infor­mal de con­trol.

Ocu­rre cuando fun­cio­na­rios elec­tos por man­dato popu­lar dele­gan deci­sio­nes fun­da­men­ta­les a figu­ras sin res­pon­sa­bi­li­dad pre­vista en la norma ni en el diseño cons­ti­tu­cio­nal, o cuando anti­guos lide­raz­gos con­ti­núan ejer­ciendo influen­cia deter­mi­nante sobre gobier­nos for­mal­mente autó­no­mos. En esos casos ya no se trata de gra­ti­tud polí­tica, sino de una trans­fe­ren­cia inde­bida de auto­ri­dad que ero­siona ins­ti­tu­cio­nes y diluye res­pon­sa­bi­li­da­des públi­cas.

Per­ma­ne­cer fiel a prin­ci­pios ele­men­ta­les cuando el prag­ma­tismo des­plaza con­vic­cio­nes exige tem­planza. La polí­tica obliga a nego­ciar, ceder y adap­tarse, pero hay renun­cias que ter­mi­nan vaciando de sen­tido cual­quier pro­yecto. Al final, la leal­tad solo con­serva dig­ni­dad cuando no exige aban­do­nar la con­cien­cia para con­ser­var espa­cios de poder.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Añadir Diario de Morelos como fuente preferida de Google de forma gratuita.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora

Sobre el autor

TERCERO INTERESADO
Carlos Tercero
Ver biografía