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La cali­dad del debate público es con­di­ción fun­da­men­tal del desa­rro­llo demo­crá­tico, pues no basta con la exis­ten­cia de espa­cios ins­ti­tu­cio­na­les si la deli­be­ra­ción carece de altura en sus argu­men­tos. En México, el con­traste entre la rele­van­cia de los asun­tos dis­cu­ti­dos y la pobreza con­cep­tual de muchos inter­cam­bios se ha vuelto cada vez más evi­dente, al grado de que la tri­buna legis­la­tiva, con­ce­bida como un espa­cio de con­fron­ta­ción de ideas, suele degra­darse en un esce­na­rio domi­nado por con­sig­nas, des­ca­li­fi­ca­cio­nes y sim­pli­fi­ca­cio­nes que poco apor­tan a la cons­truc­ción de solu­cio­nes.

La gra­ve­dad del pro­blema se acen­túa si se con­si­dera que en el Con­greso de la Unión, en los con­gre­sos loca­les y en los cabil­dos muni­ci­pa­les se toman deci­sio­nes que inci­den direc­ta­mente en la vida coti­diana –desde la apro­ba­ción de pre­su­pues­tos hasta la defi­ni­ción de polí­ti­cas de segu­ri­dad–, lo que exi­gi­ría dis­cu­sio­nes a la altura de esa res­pon­sa­bi­li­dad; sin embargo, con fre­cuen­cia el debate se sus­ti­tuye por la repe­ti­ción de líneas par­ti­dis­tas o por inter­ven­cio­nes orien­ta­das más al impacto mediá­tico que a la soli­dez ana­lí­tica, debi­li­tando así la fun­ción deli­be­ra­tiva que debe­ría carac­te­ri­zar a estos espa­cios.

Esta rea­li­dad refleja una ten­sión estruc­tu­ral de nues­tro sis­tema demo­crá­tico, ya que, mien­tras la Cons­ti­tu­ción garan­tiza el dere­cho de cual­quier ciu­da­dano a votar y ser votado sin exi­gir una for­ma­ción mínima –prin­ci­pio inclu­yente que evita res­tric­cio­nes eli­tis­tas y ase­gura la plu­ra­li­dad–, la com­ple­ji­dad de los asun­tos públi­cos demanda capa­ci­da­des téc­ni­cas que no siem­pre están pre­sen­tes en quie­nes acce­den a car­gos de repre­sen­ta­ción, lo que no solo empo­brece la deli­be­ra­ción, sino que incre­menta el riesgo de deci­sio­nes defi­cien­tes o mal dise­ña­das.

En ese marco, aun­que ele­var requi­si­tos for­ma­les podría for­ta­le­cer la capa­ci­dad téc­nica de los órga­nos legis­la­ti­vos, tam­bién impli­ca­ría el riesgo de res­trin­gir la repre­sen­ta­ción y excluir a sec­to­res que han encon­trado en la polí­tica una vía legí­tima de par­ti­ci­pa­ción, mien­tras que man­te­ner un acceso sin exi­gen­cias míni­mas de cono­ci­miento o pro­fe­sio­na­li­za­ción tiende a per­pe­tuar diná­mi­cas de impro­vi­sa­ción que ero­sio­nan la cali­dad del debate; de ahí que la dis­cu­sión deba des­pla­zarse del terreno de la exclu­sión al de la exi­gen­cia, apos­tando por la capa­ci­ta­ción con­ti­nua, el for­ta­le­ci­miento de los equi­pos téc­ni­cos y la cons­truc­ción de una cul­tura polí­tica que pri­vi­le­gie el argu­mento sobre la con­signa.

La expe­rien­cia com­pa­rada sugiere que los par­la­men­tos más efi­ca­ces no son nece­sa­ria­mente los más res­tric­ti­vos en su acceso, sino aque­llos que han desa­rro­llado meca­nis­mos ins­ti­tu­cio­na­les para ele­var la cali­dad de su tra­bajo, lo que refuerza la idea de que el pro­blema no radica en quién puede par­ti­ci­par, sino en las con­di­cio­nes bajo las cua­les se ejerce esa par­ti­ci­pa­ción y en las herra­mien­tas dis­po­ni­bles para hacerlo de manera res­pon­sa­ble.

El con­texto reciente ha estado mar­cado por inci­den­tes que han expuesto con cla­ri­dad el dete­rioro del com­por­ta­miento de los repre­sen­tan­tes popu­la­res, con epi­so­dios de escán­dalo e incluso vio­len­cia que han ten­sio­nado no solo la agenda legis­la­tiva, sino tam­bién la inter­lo­cu­ción polí­tica, lo que vuelve más evi­dente la urgen­cia de deba­tes serios. El pro­blema parece claro y, sin embargo, acti­tu­des más cer­ca­nas a la estri­den­cia que al ejer­ci­cio par­la­men­ta­rio, junto con la fri­vo­li­dad y la super­fi­cia­li­dad con que se abor­dan temas tras­cen­den­ta­les, dejan de ser un defecto retó­rico para con­ver­tirse en un fac­tor con con­se­cuen­cias con­cre­tas, frente al cual la ciu­da­da­nía no solo eva­lúa lo que se decide, sino tam­bién la forma en que se decide, cons­tru­yendo o ero­sio­nando su con­fianza en las ins­ti­tu­cio­nes.

Así, el nivel del debate polí­tico es, en última ins­tan­cia, un reflejo del tipo de demo­cra­cia que se cons­truye, en la que deli­be­ra­cio­nes pobres tien­den a pro­du­cir polí­ti­cas públi­cas débi­les, mien­tras que dis­cu­sio­nes sóli­das, con sus­tento téc­nico, jurí­dico y social, amplían la posi­bi­li­dad de alcan­zar acuer­dos más efi­ca­ces y legí­ti­mos. Ele­var la cali­dad del debate no supone renun­ciar a la plu­ra­li­dad ni a la con­fron­ta­ción, sino dotar­las de con­te­nido y rigor, recu­pe­rando la tri­buna y los espa­cios de deli­be­ra­ción como ámbi­tos donde las ideas com­pi­ten con serie­dad y no se dilu­yen en el ruido polí­tico en detri­mento del bien común.

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Sobre el autor

TERCERO INTERESADO
Carlos Tercero
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