La divi­sión entre izquier­das y dere­chas ha sido, durante más de dos siglos, una de las for­mas más exten­di­das de orde­nar el pen­sa­miento polí­tico. Su ori­gen es cono­cido: en la Asam­blea Nacio­nal de 1789, durante la Revo­lu­ción fran­cesa, quie­nes defen­dían al rey se ubi­ca­ban a la dere­cha, mien­tras que los par­ti­da­rios del cam­bio lo hacían a la izquierda. Con el tiempo, esa dis­po­si­ción física se con­vir­tió en una cla­si­fi­ca­ción ideo­ló­gica que dis­tin­guía entre quie­nes prio­ri­zan la igual­dad, la intervención esta­tal y la trans­for­ma­ción social, y quie­nes pri­vi­le­gian la liber­tad eco­nó­mica, la tra­di­ción y el orden.

Durante buena parte de la moder­ni­dad, esta dis­tin­ción ofre­ció una brú­jula rela­ti­va­mente clara. La izquierda se aso­ció con el pro­gre­sismo, el Estado de bie­nes­tar, los dere­chos labo­ra­les y la redis­tri­bu­ción; la dere­cha, con el libe­ra­lismo eco­nó­mico, el indi­vi­dua­lismo, la auto­ri­dad y la pre­ser­va­ción de estruc­tu­ras jerár­qui­cas. Aun con mati­ces, el con­traste era útil para enten­der pro­gra­mas, dis­cur­sos y deci­sio­nes de gobierno; sin embargo, en la polí­tica con­tem­po­rá­nea esa brú­jula parece cada vez menos fia­ble. No por­que los valo­res hayan desa­pa­re­cido, sino por­que su tra­duc­ción en la prác­tica se ha vuelto incon­sis­tente. En dis­tin­tos con­tex­tos, gobier­nos que se iden­ti­fi­can con la izquierda han adop­tado polí­ti­cas de mer­cado cuando las circunstan­cias lo exi­gen, mien­tras que acto­res de dere­cha han impul­sado medi­das asis­ten­cia­les o dis­cur­sos redis­tri­bu­ti­vos sin mayor con­flicto. Más que con­vic­cio­nes, lo que pre­va­lece es la adap­ta­ción.

La con­tra­dic­ción está en que, en sus expre­sio­nes más radi­ca­les, ambos extre­mos mues­tran con­ver­gen­cia y, tanto desde la izquierda como desde la dere­cha se obser­van impul­sos cen­tra­li­za­do­res. Este des­pla­za­miento no anula las dife­ren­cias históricas, pero sí cues­tiona su uti­li­dad como cate­go­rías expli­ca­ti­vas. A ello se suma un fenó­meno que ha ero­sio­nado la con­sis­ten­cia ideo­ló­gica: el pre­do­mi­nio del prag­ma­tismo polí­tico. En la medida en que la com­pe­ten­cia elec­to­ral se inten­si­fica, las decisiones se orien­tan menos por prin­ci­pios y más por su ren­ta­bi­li­dad inme­diata. El clien­te­lismo refuerza esta ten­den­cia al con­ver­tir la rela­ción entre gobierno y ciu­da­da­nía en un inter­cam­bio de bene­fi­cios con­cre­tos. En ese esce­na­rio, con­cep­tos como igualdad, liber­tad o jus­ti­cia se vuel­ven malea­bles.

En México, este des­gaste adquiere una dimen­sión par­ti­cu­lar. Los par­ti­dos polí­ti­cos han visto ero­sio­nada su cre­di­bi­li­dad no solo por escán­da­los o erro­res de ges­tión, sino por la pér­dida de iden­ti­dad. Las alian­zas con­tra­dic­to­rias y los cam­bios discursivos cons­tan­tes han con­tri­buido a una per­cep­ción exten­dida de opor­tu­nismo. Más que repre­sen­tar pro­yec­tos dife­ren­cia­dos, muchas fuer­zas polí­ti­cas pare­cen com­pe­tir solo por el con­trol de los mis­mos ins­tru­men­tos de poder. Este con­texto ayuda a expli­car la cre­ciente des­con­fianza ciu­da­dana. Cuando las cate­go­rías ideo­ló­gi­cas dejan de ofre­cer cer­ti­dum­bre, el elec­to­rado enfrenta mayo­res difi­cul­ta­des para eva­luar pro­pues­tas y tra­yec­to­rias. La con­fu­sión no es solo con­cep­tual, tam­bién es prác­tica. En medio de cri­sis per­sis­ten­tes, como la vio­len­cia que recu­rren­te­mente ocupa la agenda pública, la insu­fi­cien­cia de los mar­cos ideo­ló­gi­cos tra­di­cio­na­les se hace evi­dente. Las res­pues­tas no logran arti­cu­larse en estra­te­gias cohe­ren­tes, y el debate se estanca entre con­sig­nas.

Nada de esto implica que la dis­tin­ción entre izquierda y dere­cha haya per­dido todo sen­tido. Como mar­cos his­tó­ri­cos y ana­lí­ti­cos, siguen siendo úti­les para enten­der la evo­lu­ción del pen­sa­miento polí­tico y las ten­sio­nes que lo atra­vie­san. El pro­blema es su uso super­fi­cial, redu­cido a eti­que­tas que sim­pli­fi­can más de lo que expli­can.

Quizá el reto no con­sista en ele­gir entre una y otra, sino en exi­gir algo más ele­men­tal y, al mismo tiempo, más escaso: cohe­ren­cia entre dis­curso y acción, cla­ri­dad en los pro­yec­tos de gobierno y res­pon­sa­bi­li­dad frente a sus resul­ta­dos. Mien­tras eso no ocu­rra, la vieja divi­sión seguirá ope­rando más como un recurso retó­rico que como una guía real para enten­der y trans­for­mar la polí­tica.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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