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La demo­cra­cia con­tem­po­rá­nea ya no solo enfrenta cri­sis de repre­sen­ta­ción o pola­ri­za­ción polí­tica, sino tam­bién una trans­for­ma­ción pro­funda en la manera en que las socie­da­des pro­du­cen y con­su­men la rea­li­dad. Durante déca­das se asu­mió que la deli­be­ra­ción demo­crá­tica depen­día del con­traste de ideas y la posi­bi­li­dad de tomar deci­sio­nes con infor­ma­ción con­fia­ble; sin embargo, la expan­sión de las pla­ta­for­mas digi­ta­les modi­ficó radi­cal­mente esa lógica.

Hoy la dis­cu­sión pública ya no se orga­niza úni­ca­mente alre­de­dor de argu­men­tos, sino de estí­mu­los, emo­cio­nes, métri­cas y meca­nis­mos de vira­li­za­ción. A ese fenó­meno, el filó­sofo sur­co­reano Byung-Chul Han lo deno­mina “info­cra­cia”, con­cepto con el que des­cribe un modelo de domi­na­ción en el que el exceso de infor­ma­ción no for­ta­lece nece­sa­ria­mente la demo­cra­cia, sino que puede debi­li­tarla.

La abun­dan­cia de datos, opi­nio­nes y con­te­ni­dos genera la ilu­sión de una ciu­da­da­nía mejor infor­mada, aun­que en rea­li­dad pro­duce satu­ra­ción, frag­men­ta­ción y mani­pu­la­ción emo­cio­nal. La ver­dad pierde cen­tra­li­dad frente a la capa­ci­dad de posi­cio­nar narra­ti­vas. Lo rele­vante deja de ser lo cierto y pasa a ser aque­llo que logra cap­tar la aten­ción, pro­du­cir inte­rac­ción o con­ver­tirse en ten­den­cia. En ese con­texto, la polí­tica aban­dona la lógica deli­be­ra­tiva para adop­tar la lógica de la mer­ca­do­tec­nia polí­tica digi­tal. Los algo­rit­mos pre­mian el escán­dalo, la indig­na­ción y la con­fron­ta­ción por­que maxi­mi­zan aten­ción e inte­rac­ción.

La mode­ra­ción, el matiz y la com­ple­ji­dad sue­len que­dar rele­ga­dos frente a men­sa­jes emo­cio­na­les dise­ña­dos para refor­zar pre­jui­cios, trans­for­mando la esfera pública en un eco­sis­tema de estí­mu­los per­ma­nen­tes donde la reac­ción importa más que la refle­xión. Las redes socia­les pro­fun­di­za­ron ese pro­ceso al con­ver­tir la polí­tica en una com­pe­ten­cia por aten­ción. Los acto­res públi­cos ya no solo bus­can con­ven­cer; bus­can domi­nar ciclos de con­ver­sa­ción, impo­ner eti­que­tas y pro­du­cir cli­mas de opi­nión. En ese terreno, los bots, las publi­ca­cio­nes coor­di­na­das y las gran­jas digi­ta­les fun­cio­nan como ins­tru­men­tos capa­ces de alte­rar arti­fi­cial­mente la con­ver­sa­ción pública. Una men­tira repe­tida miles de veces adquiere apa­rien­cia de ver­dad. Una ten­den­cia mani­pu­lada puede gene­rar una sen­sa­ción de res­paldo social incluso cuando no exista de manera orgá­nica. La pola­ri­za­ción digi­tal se ha con­ver­tido en una herra­mienta ren­ta­ble para movi­li­zar sim­pa­tías y des­ca­li­fi­car adver­sa­rios.

La polí­tica empieza a con­fun­dirse con posi­cio­na­miento de marca, mien­tras gober­nar se con­vierte tam­bién en un ejer­ci­cio de admi­nis­tra­ción de la per­cep­ción pública en un con­texto donde la inte­li­gen­cia arti­fi­cial y las nue­vas tec­no­lo­gías de mani­pu­la­ción audio­vi­sual aña­den otra dimen­sión. Los con­te­ni­dos fal­si­fi­ca­dos, las imá­ge­nes alte­ra­das y los men­sa­jes hiper­seg­men­ta­dos per­mi­ten influir polí­ti­ca­mente con nive­les de sofis­ti­ca­ción iné­di­tos.

La pro­pa­ganda ya no nece­sita con­ven­cer a gran­des mayo­rías; basta con impac­tar emo­cio­nal­mente a públi­cos espe­cí­fi­cos en momen­tos pre­ci­sos. La micro­seg­men­ta­ción rede­fine la com­pe­ten­cia polí­tica. De hecho, la dis­puta digi­tal rumbo a 2027 ya comenzó con cam­pa­ñas per­ma­nen­tes basa­das en la cons­truc­ción de narra­ti­vas, posi­cio­na­miento algo­rít­mico y ocu­pa­ción coti­diana del espa­cio infor­ma­tivo. La futura con­tienda elec­to­ral no solo se desa­rro­llará en pla­zas públi­cas o medios tra­di­cio­na­les, sino en pla­ta­for­mas digi­ta­les donde los algo­rit­mos deter­mi­na­rán buena parte de la visi­bi­li­dad polí­tica.

El desa­fío demo­crá­tico con­siste en evi­tar que la polí­tica quede subor­di­nada a la lógica de la mani­pu­la­ción emo­cio­nal y del ren­di­miento algo­rít­mico. La tec­no­lo­gía amplía liber­ta­des y demo­cra­tiza el acceso a la infor­ma­ción, pero tam­bién puede con­ver­tir a la ciu­da­da­nía en objeto de admi­nis­tra­ción psi­co­ló­gica masiva. La info­cra­cia repre­senta pre­ci­sa­mente esa ten­sión, que trans­forma a la demo­cra­cia en un sis­tema donde la per­cep­ción puede impo­nerse sobre la ver­dad y donde la emo­ción ins­tan­tá­nea des­plaza a la deli­be­ra­ción racio­nal.

La dis­cu­sión de fondo no es tec­no­ló­gica, sino polí­tica y cul­tu­ral. El desa­rro­llo demo­crá­tico requiere ciu­da­da­nos capa­ces de dis­tin­guir entre infor­ma­ción y pro­pa­ganda, así como entre par­ti­ci­pa­ción y mani­pu­la­ción. De lo con­tra­rio, el espa­cio público ter­mi­nará gober­nado por algo­rit­mos, no por ideas.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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