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Durante buena parte del siglo XX, la polí­tica se cons­truyó sobre una pre­misa apa­ren­te­mente sólida: el futuro podía anti­ci­parse con un mar­gen razo­na­ble de pre­vi­si­bi­li­dad. Los gobier­nos ela­bo­ra­ban pla­nes de desa­rro­llo, pro­yec­ta­ban el cre­ci­miento eco­nó­mico, dise­ña­ban infraes­truc­tura para varias déca­das y for­mu­la­ban polí­ti­cas públi­cas bajo la expec­ta­tiva de que el entorno per­ma­ne­ce­ría rela­ti­va­mente esta­ble. Gober­nar sig­ni­fi­caba, en buena medida, redu­cir la incer­ti­dum­bre mediante ins­ti­tu­cio­nes, reglas y deci­sio­nes pre­vi­si­bles. Esa lógica ha comen­zado a cam­biar. El siglo XXI no se carac­te­riza úni­ca­mente por la velo­ci­dad de las trans­for­ma­cio­nes, sino por la difi­cul­tad de anti­ci­par­las. La recon­fi­gu­ra­ción del comer­cio inter­na­cio­nal, la com­pe­ten­cia entre poten­cias, la ace­le­ra­ción tec­no­ló­gica, la inte­li­gen­cia arti­fi­cial, los flu­jos migra­to­rios, las cri­sis sani­ta­rias y los fenó­me­nos cli­má­ti­cos han con­ver­tido la incer­ti­dum­bre en una con­di­ción per­ma­nente de la acción pública. No se trata de una suce­sión de cri­sis ais­la­das. La incer­ti­dum­bre dejó de ser una excep­ción para con­ver­tirse en la con­di­ción habi­tual en la que se debe gober­nar. Las deci­sio­nes públi­cas ya no se toman espe­rando esta­bi­li­dad, sino asu­miendo que el con­texto con­ti­nuará cam­biando mien­tras esas deci­sio­nes pro­du­cen efec­tos. De ahí la rele­van­cia cada vez mayor de gober­nar con per­so­nas de talento y no con afec­tos, con equi­pos capa­ces y no con incon­di­cio­na­les, con estra­te­gia y no con ocu­rren­cias. Esta trans­for­ma­ción modi­fica la natu­ra­leza misma del lide­razgo polí­tico. Durante déca­das se valoró la habi­li­dad para dise­ñar gran­des pla­nes y eje­cu­tar­los con dis­ci­plina. Hoy la pla­nea­ción con­ti­núa siendo indis­pen­sa­ble, pero ya no resulta sufi­ciente. Gober­nar exige com­bi­nar visión de largo plazo con capa­ci­dad de adap­ta­ción. Un gobierno que cam­bia de rumbo todos los días trans­mite impro­vi­sa­ción; uno que se afe­rra a un plan igno­rando las nue­vas cir­cuns­tan­cias corre el riesgo de per­der efi­ca­cia. El lide­razgo con­tem­po­rá­neo con­siste pre­ci­sa­mente en man­te­ner el rumbo sin dejar de ajus­tar el camino.

Esta nueva rea­li­dad tam­bién plan­tea exi­gen­cias dis­tin­tas para las ins­ti­tu­cio­nes. Tra­di­cio­nal­mente se les ha pedido esta­bi­li­dad, per­ma­nen­cia y cer­teza jurí­dica, atri­bu­tos que siguen siendo indis­pen­sa­bles para la con­vi­ven­cia demo­crá­tica. Sin embargo, las ins­ti­tu­cio­nes del siglo XXI tam­bién nece­si­tan desa­rro­llar otra capa­ci­dad: adap­tarse sin per­der legi­ti­mi­dad.

La for­ta­leza ins­ti­tu­cio­nal ya no depende úni­ca­mente de la soli­dez de sus reglas, sino de su capa­ci­dad para res­pon­der a una rea­li­dad en cons­tante trans­for­ma­ción. Uno de los mayo­res desa­fíos de la polí­tica con­tem­po­rá­nea con­siste en que, a medida que aumenta la incer­ti­dum­bre, crece tam­bién la demanda social de res­pues­tas inme­dia­tas y cer­te­zas abso­lu­tas. Sin embargo, nin­gún gobierno posee hoy el con­trol sobre todas las varia­bles que inci­den en la eco­no­mía, la segu­ri­dad, el empleo o la inno­va­ción tec­no­ló­gica. Pro­me­ter cer­te­zas donde no exis­ten puede gene­rar bene­fi­cios polí­ti­cos de corto plazo, pero ter­mina debi­li­tando la con­fianza pública cuando la rea­li­dad demues­tra la com­ple­ji­dad de los pro­ble­mas.

En ese con­texto, la capa­ci­dad de un gobierno ya no debe­ría medirse úni­ca­mente por el cum­pli­miento de un pro­grama o la rapi­dez con la que res­ponde a una coyun­tura. Tam­bién debe­ría eva­luarse por su habi­li­dad para anti­ci­par ries­gos, cons­truir ins­ti­tu­cio­nes resi­lien­tes, coor­di­nar dis­tin­tos nive­les de gobierno y corre­gir deci­sio­nes cuando las cir­cuns­tan­cias lo exi­gen. Adap­tarse no sig­ni­fica renun­ciar a las con­vic­cio­nes; sig­ni­fica reco­no­cer que la rea­li­dad cam­bia con mayor rapi­dez que los diag­nós­ti­cos y actuar en con­se­cuen­cia, aun­que ello impli­que reca­li­brar el rumbo, modi­fi­car deci­sio­nes o sus­ti­tuir a quie­nes no están dando resul­ta­dos.

Quizá esa sea una de las dife­ren­cias más impor­tan­tes entre gober­nar hace unos años y el gober­nar hoy. Antes, la esta­bi­li­dad con­sis­tía en redu­cir la incer­ti­dum­bre. Ahora depende, cada vez más, de la capa­ci­dad ins­ti­tu­cio­nal para con­vi­vir con ella sin per­der direc­ción, legi­ti­mi­dad ni con­fianza ciu­da­dana. En una rea­li­dad donde el cam­bio dejó de ser excep­cio­nal, la for­ta­leza de un Estado ya no reside úni­ca­mente en ofre­cer res­pues­tas, sino en cons­truir ins­ti­tu­cio­nes capa­ces de man­te­ner el rumbo cuando las cir­cuns­tan­cias exi­gen adap­ta­ción.

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Carlos Tercero
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