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La polí­tica difí­cil­mente puede com­pren­derse al mar­gen de la geo­po­lí­tica. El entorno inter­na­cio­nal está mar­cado por la com­pe­ten­cia estra­té­gica, la recon­fi­gu­ra­ción del orden glo­bal y la frag­men­ta­ción de los meca­nis­mos mul­ti­la­te­ra­les, fac­to­res que deben con­si­de­rarse al gober­nar, pues ello implica mucho más que admi­nis­trar lo interno; supone inter­pre­tar con pre­ci­sión la posi­ción de un Estado den­tro de un sis­tema inter­na­cio­nal en cons­tante dis­puta, donde las deci­sio­nes no solo tie­nen efec­tos domés­ti­cos, sino reper­cu­sio­nes que tras­cien­den fron­te­ras.

La geo­po­lí­tica, enten­dida como el aná­li­sis de la rela­ción entre poder, terri­to­rio y pro­yec­ción inter­na­cio­nal, no es un agre­gado aca­dé­mico, sino una herra­mienta esen­cial de gobierno que per­mite dimen­sio­nar capa­ci­da­des, anti­ci­par ries­gos y actuar con sen­tido estra­té­gico frente a un entorno donde las reglas son cada vez más incier­tas. Igno­rarla con­duce a deci­sio­nes reac­ti­vas; incor­po­rarla habi­lita una polí­tica exte­rior cohe­rente con los inte­re­ses nacio­na­les.

Hoy, ese entorno se carac­te­riza por una ten­sión cre­ciente entre pro­yec­tos polí­ti­cos, visio­nes del orden inter­na­cio­nal y mode­los de desa­rro­llo. Como ha seña­lado el espe­cia­lista en geo­po­lí­tica Jorge Miguel Ramí­rez Pérez, uno de los erro­res más fre­cuen­tes es inten­tar expli­car esta etapa de tran­si­ción con cate­go­rías here­da­das de un orden inter­na­cio­nal que ya no existe, lo que con­duce a diag­nós­ti­cos impre­ci­sos y deci­sio­nes estra­té­gi­cas limi­ta­das. La recon­fi­gu­ra­ción del poder glo­bal, el cues­tio­na­miento de la hege­mo­nía tra­di­cio­nal y el resur­gi­miento de lide­raz­gos con incli­na­cio­nes uni­la­te­ra­les han debi­li­tado los con­sen­sos que durante déca­das sos­tu­vie­ron la coo­pe­ra­ción inter­na­cio­nal. En ese con­texto, la defensa de la demo­cra­cia se ha con­ver­tido en un eje de arti­cu­la­ción geo­po­lí­tica.

La par­ti­ci­pa­ción de la pre­si­denta Shein­baum en la IV Cum­bre en Defensa de la Demo­cra­cia, cele­brada en Bar­ce­lona, debe leerse bajo esa lógica. No fue úni­ca­mente un foro ideo­ló­gico, sino un espa­cio donde diver­sos líde­res bus­ca­ron arti­cu­lar una res­puesta común frente a las pre­sio­nes auto­ri­ta­rias y la ero­sión del orden inter­na­cio­nal libe­ral. La pre­sen­cia de man­da­ta­rios como Pedro Sán­chez, Luiz Iná­cio Lula da Silva y otros acto­res rele­van­tes evi­den­ció la inten­ción de cons­truir un blo­que con capa­ci­dad de inci­den­cia, en un momento en que se dis­cu­ten refor­mas a la Orga­ni­za­ción de las Nacio­nes Uni­das y se cues­tiona el equi­li­brio glo­bal vigente.

En ese marco, la par­ti­ci­pa­ción de México adquiere un sig­ni­fi­cado par­ti­cu­lar y for­ta­lece su pre­sen­cia inter­na­cio­nal al rea­fir­mar su com­pro­miso con prin­ci­pios como la paz, la auto­de­ter­mi­na­ción y la coo­pe­ra­ción. Más allá del dis­curso, el viaje dejó seña­les polí­ti­cas rele­van­tes: con­tri­buyó al res­ta­ble­ci­miento de la rela­ción con España y posi­cionó a México como posi­ble sede futura de estos encuen­tros, lo que implica un reco­no­ci­miento de su papel den­tro del entra­mado inter­na­cio­nal.

Mien­tras en otras lati­tu­des se regis­tran ten­sio­nes deri­va­das de deci­sio­nes uni­la­te­ra­les, con­flic­tos o dis­pu­tas geoe­co­nó­mi­cas, la arti­cu­la­ción de espa­cios mul­ti­la­te­ra­les alter­na­ti­vos se vuelve una herra­mienta de equi­li­brio. La geo­po­lí­tica no solo se expresa en con­flic­tos, sino tam­bién en la cons­truc­ción de alian­zas y agen­das comu­nes.

Para México, cuya posi­ción lo coloca en una inter­sec­ción estra­té­gica entre Amé­rica del Norte y Amé­rica Latina, esta dimen­sión es par­ti­cu­lar­mente rele­vante. Su cer­ca­nía con Esta­dos Uni­dos y su inte­gra­ción comer­cial obli­gan a una polí­tica exte­rior que com­bine prag­ma­tismo con diver­si­fi­ca­ción.

El reto con­siste en evi­tar que estos movi­mien­tos que­den en ges­tos ais­la­dos. La geo­po­lí­tica exige con­sis­ten­cia, cla­ri­dad de obje­ti­vos y una lec­tura per­ma­nente del entorno inter­na­cio­nal. No se trata solo de par­ti­ci­par en esce­na­rios glo­ba­les, sino de tra­du­cir esa pre­sen­cia en influen­cia efec­tiva. En última ins­tan­cia, gober­nar en el siglo XXI implica asu­mir que el mar­gen de acción interno está con­di­cio­nado por diná­mi­cas exter­nas. La pre­gunta no es si el país debe inser­tarse en el debate glo­bal, sino si está dis­puesto a hacerlo con visión estra­té­gica o a seguir reac­cio­nando a las deci­sio­nes de otros.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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