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Tercero Interesado: Evolución de la representación política

TERCERO INTERESADO

La demo­cra­cia atra­viesa un momento com­plejo, no por­que haya dejado de ser con­si­de­rada el mejor sis­tema para orga­ni­zar la vida pública, sino por­que una parte cre­ciente de la ciu­da­da­nía per­cibe que las ins­ti­tu­cio­nes encar­ga­das de repre­sen­tarla no res­pon­den con la efi­ca­cia, la cer­ca­nía o la legi­ti­mi­dad espe­ra­das. Esta con­tra­dic­ción cons­ti­tuye uno de los desa­fíos polí­ti­cos más rele­van­tes de nues­tro tiempo. Si bien la mayo­ría de las per­so­nas con­ti­núa res­pal­dando los valo­res demo­crá­ti­cos, mani­fiesta una pro­funda insa­tis­fac­ción con la forma en que fun­cio­nan los par­ti­dos, los con­gre­sos y los gobier­nos. El fenó­meno es visi­ble en dis­tin­tas regio­nes del mundo. La abs­ten­ción elec­to­ral aumenta, la con­fianza en las ins­ti­tu­cio­nes se ero­siona y los sis­te­mas polí­ti­cos enfren­tan difi­cul­ta­des para pro­ce­sar deman­das socia­les cada vez más com­ple­jas. Orga­nis­mos inter­na­cio­na­les y cen­tros de inves­ti­ga­ción han adver­tido que la pola­ri­za­ción, la desin­for­ma­ción y la per­cep­ción de una repre­sen­ta­ción insu­fi­ciente están debi­li­tando el vín­culo entre ciu­da­da­nos y auto­ri­da­des.

Parte de esta cri­sis se explica por la trans­for­ma­ción de las socie­da­des con­tem­po­rá­neas. Durante buena parte del siglo XX, los par­ti­dos polí­ti­cos, los sin­di­ca­tos y diver­sas orga­ni­za­cio­nes socia­les actua­ban como inter­me­dia­rios entre la ciu­da­da­nía y el poder. Hoy esos meca­nis­mos han per­dido influen­cia. Las redes socia­les per­mi­ten una comu­ni­ca­ción directa e inme­diata, pero tam­bién frag­men­tan el debate público. La ciu­da­da­nía exige ser escu­chada de manera con­ti­nua y no úni­ca­mente durante los pro­ce­sos elec­to­ra­les. A ello se suma una per­cep­ción cada vez más exten­dida de impo­ten­cia polí­tica. Pro­ble­mas como el cam­bio cli­má­tico, la inse­gu­ri­dad, las migra­cio­nes, la revo­lu­ción tec­no­ló­gica o ten­sio­nes que van de lo eco­nó­mico a lo geo­po­lí­tico pare­cen reba­sar la capa­ci­dad de res­puesta de los gobier­nos nacio­na­les. Cuando los ciu­da­da­nos obser­van que las ins­ti­tu­cio­nes tie­nen difi­cul­ta­des para ofre­cer solu­cio­nes efec­ti­vas, la con­fianza se dete­riora y surge la sen­sa­ción de que votar ya no basta para influir en las deci­sio­nes públi­cas; sin embargo, sería un error inter­pre­tar este fenó­meno como una renun­cia a la demo­cra­cia.

Lo que está en dis­cu­sión no es el prin­ci­pio demo­crá­tico, sino sus meca­nis­mos de repre­sen­ta­ción. Por ello, en dis­tin­tos paí­ses han comen­zado a desa­rro­llarse inno­va­cio­nes ins­ti­tu­cio­na­les que bus­can com­ple­men­tar la demo­cra­cia elec­to­ral tra­di­cio­nal. Las asam­bleas ciu­da­da­nas, los pro­ce­sos deli­be­ra­ti­vos, los pre­su­pues­tos par­ti­ci­pa­ti­vos y diver­sas herra­mien­tas digi­ta­les repre­sen­tan inten­tos por acer­car nue­va­mente a los ciu­da­da­nos a la toma de deci­sio­nes. Fran­cia se ha con­ver­tido en uno de los prin­ci­pa­les refe­ren­tes en esta mate­ria mediante con­ven­cio­nes ciu­da­da­nas que reú­nen a per­so­nas selec­cio­na­das alea­to­ria­mente para deli­be­rar sobre asun­tos com­ple­jos. Expe­rien­cias simi­la­res se han mul­ti­pli­cado en diver­sos paí­ses euro­peos y, cada vez más, tam­bién en Amé­rica Latina. Lejos de sus­ti­tuir a los repre­sen­tan­tes elec­tos, estas ini­cia­ti­vas bus­can enri­que­cer la toma de deci­sio­nes y recons­truir la con­fianza pública.

México no es ajeno a estas ten­den­cias. Aun­que los nive­les de par­ti­ci­pa­ción elec­to­ral han mos­trado capa­ci­dad de movi­li­za­ción, per­sis­ten dudas sobre la cali­dad de la repre­sen­ta­ción polí­tica y la capa­ci­dad de las ins­ti­tu­cio­nes para res­pon­der a las expec­ta­ti­vas ciu­da­da­nas. La des­con­fianza hacia par­ti­dos, con­gre­sos y auto­ri­da­des forma parte de una con­ver­sa­ción pública cada vez más fre­cuente. Al mismo tiempo, la ciu­da­da­nía mexi­cana ha demos­trado una cre­ciente dis­po­si­ción a invo­lu­crarse en asun­tos públi­cos a tra­vés de orga­ni­za­cio­nes civi­les, movi­mien­tos socia­les, pla­ta­for­mas digi­ta­les y meca­nis­mos de par­ti­ci­pa­ción comu­ni­ta­ria.

La ver­da­dera cri­sis no radica en la demo­cra­cia como ideal, sino en cier­tos ins­tru­men­tos cons­trui­dos para repre­sen­tarla. En ese sen­tido, el desa­fío no con­siste en ele­gir entre demo­cra­cia repre­sen­ta­tiva o demo­cra­cia par­ti­ci­pa­tiva, sino en encon­trar la forma de com­bi­nar­las inte­li­gen­te­mente. La legi­ti­mi­dad demo­crá­tica depen­derá, en buena medida, de la capa­ci­dad de las ins­ti­tu­cio­nes para adap­tarse a una ciu­da­da­nía más infor­mada, más exi­gente y cada vez menos dis­puesta a limi­tar su par­ti­ci­pa­ción exclu­si­va­mente al momento de emi­tir un voto.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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