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Hasta hace algu­nos años, los temas ambien­ta­les eran con­si­de­ra­dos asun­tos secun­da­rios den­tro de la agenda pública. Se les aso­ciaba con la con­ser­va­ción de espe­cies, la pro­tec­ción de bos­ques o la regu­la­ción de la con­ta­mi­na­ción, como si se tra­tara de cues­tio­nes ais­la­das del desa­rro­llo y de la vida polí­tica. Hoy esa visión resulta insu­fi­ciente. La cri­sis cli­má­tica, la pér­dida de bio­di­ver­si­dad, el estrés hídrico y la cre­ciente vul­ne­ra­bi­li­dad de las ciu­da­des frente a fenó­me­nos extre­mos han demos­trado que la rela­ción entre socie­dad y natu­ra­leza cons­ti­tuye uno de los prin­ci­pa­les desa­fíos polí­ti­cos de nues­tro tiempo.

De esta com­pren­sión surge la eco­lo­gía polí­tica como una corriente de pen­sa­miento que va más allá de la eco­lo­gía enten­dida como dis­ci­plina cien­tí­fica. Su preo­cu­pa­ción cen­tral no con­siste úni­ca­mente en estu­diar los eco­sis­te­mas, sino en ana­li­zar cómo las deci­sio­nes eco­nó­mi­cas, las ins­ti­tu­cio­nes, las for­mas de pro­duc­ción y los mode­los de desa­rro­llo impac­tan sobre el medio ambiente y, al mismo tiempo, con­di­cio­nan la cali­dad de vida de las per­so­nas.

Deja claro que la cues­tión ambien­tal tam­bién es una cues­tión de poder, de demo­cra­cia y de jus­ti­cia. Esta pers­pec­tiva cues­tiona la idea de que el pro­greso pueda medirse exclu­si­va­mente mediante el cre­ci­miento eco­nó­mico. La crí­tica no está diri­gida al desa­rro­llo en sí mismo, sino a la creen­cia de que los recur­sos natu­ra­les son ili­mi­ta­dos y de que la expan­sión per­ma­nente de la pro­duc­ción y el con­sumo carece de con­se­cuen­cias. Déca­das de exce­sos han pro­du­cido una evi­den­cia difí­cil de igno­rar. El cam­bio cli­má­tico, la degra­da­ción de los eco­sis­te­mas y la pre­sión sobre recur­sos estra­té­gi­cos como el agua mues­tran los cos­tos de reba­sar los lími­tes ambien­ta­les.

La evo­lu­ción de la eco­lo­gía polí­tica ha con­tri­buido a replan­tear la apa­rente con­tra­dic­ción entre desa­rro­llo y sus­ten­ta­bi­li­dad, impul­sando la bús­queda de mode­los de cre­ci­miento capa­ces de gene­rar pros­pe­ri­dad, redu­cir desi­gual­da­des y pre­ser­var las con­di­cio­nes ambien­ta­les que harán posi­ble el bie­nes­tar de las gene­ra­cio­nes futu­ras. La dis­cu­sión ya no gira en torno a ele­gir entre eco­no­mía o medio ambiente, sino a com­pren­der que una eco­no­mía inca­paz de res­pe­tar los lími­tes eco­ló­gi­cos ter­mina com­pro­me­tiendo su pro­pia via­bi­li­dad. En este con­texto, la máxima de “pen­sar glo­bal­mente y actuar local­mente” adquiere reno­vada rele­van­cia. Las solu­cio­nes a los desa­fíos ambien­ta­les depen­den en buena medida de deci­sio­nes que se toman en comu­ni­da­des, muni­ci­pios, esta­dos y regio­nes. La ges­tión efi­ciente del agua, el orde­na­miento terri­to­rial, la movi­li­dad sus­ten­ta­ble, la pre­ser­va­ción de áreas natu­ra­les pro­te­gi­das, el manejo res­pon­sa­ble de resi­duos y la tran­si­ción ener­gé­tica requie­ren ins­ti­tu­cio­nes cer­ca­nas a la ciu­da­da­nía y gobier­nos capa­ces de res­pon­der a las par­ti­cu­la­ri­da­des de cada terri­to­rio.

México enfrenta esta rea­li­dad con una res­pon­sa­bi­li­dad espe­cial. Su riqueza bio­ló­gica, la diver­si­dad de sus eco­sis­te­mas y su posi­ción geo­grá­fica lo con­vier­ten en un país par­ti­cu­lar­mente expuesto a los efec­tos del cam­bio cli­má­tico. Sequías pro­lon­ga­das, fenó­me­nos meteo­ro­ló­gi­cos más inten­sos y pre­sio­nes cre­cien­tes sobre los recur­sos natu­ra­les for­man parte de una rea­li­dad que ya no puede ana­li­zarse como una ame­naza futura, sino como un desa­fío pre­sente que incide en la segu­ri­dad ali­men­ta­ria, la salud pública, la com­pe­ti­ti­vi­dad eco­nó­mica y la esta­bi­li­dad social.

De ahí la impor­tan­cia de enten­der la sus­ten­ta­bi­li­dad como una polí­tica de Estado y no como una agenda sec­to­rial. Ello implica for­ta­le­cer capa­ci­da­des ins­ti­tu­cio­na­les, impul­sar la inno­va­ción tec­no­ló­gica, pro­mo­ver inver­sio­nes res­pon­sa­bles y con­so­li­dar polí­ti­cas públi­cas capa­ces de equi­li­brar cre­ci­miento eco­nó­mico, inclu­sión social y pro­tec­ción ambien­tal. Tam­bién exige un ejer­ci­cio de corres­pon­sa­bi­li­dad que invo­lu­cre a empre­sas, uni­ver­si­da­des, orga­ni­za­cio­nes socia­les y ciu­da­da­nía, tanto para cons­truir prác­ti­cas más sos­te­ni­bles como para inci­dir en deci­sio­nes públi­cas que pri­vi­le­gien el largo plazo sobre la ren­ta­bi­li­dad inme­diata.

El 5 de junio se con­me­moró el Día Mun­dial del Medio Ambiente, oca­sión pro­pi­cia para refle­xio­nar sobre la res­pon­sa­bi­li­dad que asu­mi­mos al enten­der la sus­ten­ta­bi­li­dad no solo como una meta eco­ló­gica, sino como con­di­ción indis­pen­sa­ble para la pros­pe­ri­dad, la gober­na­bi­li­dad demo­crá­tica y la jus­ti­cia entre gene­ra­cio­nes.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Sobre el autor

TERCERO INTERESADO
Carlos Tercero
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