Tercero Interesado: Democracia de resultados

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La demo­cra­cia se entiende como el sis­tema polí­tico más efi­caz para garan­ti­zar liber­ta­des, cana­li­zar el con­flicto y legi­ti­mar el ejer­ci­cio del poder. Su for­ta­leza radica en la posi­bi­li­dad de ele­gir gober­nan­tes mediante el voto y en la exis­ten­cia de ins­ti­tu­cio­nes capa­ces de pro­ce­sar las deman­das socia­les; sin embargo, en los últi­mos años ha comen­zado a evi­den­ciarse una ten­sión cada vez más visi­ble entre legi­ti­mi­dad elec­to­ral y capa­ci­dad de ges­tión de los gobier­nos.

El pro­blema no es menor; en dis­tin­tas regio­nes del mundo, gobier­nos demo­crá­ti­ca­mente elec­tos enfren­tan difi­cul­ta­des cre­cien­tes para tra­du­cir su man­dato en resul­ta­dos con­cre­tos. Infraes­truc­tura que no se cons­truye, ser­vi­cios públi­cos que se dete­rio­ran, sis­te­mas de segu­ri­dad que no logran con­te­ner la vio­len­cia ni la inse­gu­ri­dad, eco­no­mías que cre­cen por debajo de lo espe­rado. La demo­cra­cia, en estos casos, fun­ciona como meca­nismo de acceso al poder, pero no nece­sa­ria­mente como garan­tía de efi­ca­cia en su ejer­ci­cio.

Esta bre­cha entre repre­sen­ta­ción y resul­ta­dos tiene con­se­cuen­cias pro­fun­das, sobre todo, cuando los ciu­da­da­nos per­ci­ben que su voto no los llevó a mejo­rar sus con­di­cio­nes de vida y, por tanto, la con­fianza en las ins­ti­tu­cio­nes se ero­siona. La frus­tra­ción no se dirige úni­ca­mente hacia los gobier­nos en turno, sino hacia el sis­tema en su con­junto; comien­zan a ganar terreno narra­ti­vas que pro­me­ten solu­cio­nes rápi­das, con­cen­tra­ción de poder o lide­raz­gos fuer­tes capa­ces de “hacer que las cosas pasen”, aun a costa de obviar con­tra­pe­sos ins­ti­tu­cio­na­les, en una ten­den­cia cre­ciente en la que las demo­cra­cias enfren­tan pre­sio­nes estruc­tu­ra­les deri­va­das de la com­ple­ji­dad de las eco­no­mías glo­ba­les, la frag­men­ta­ción social y la ace­le­ra­ción de las expec­ta­ti­vas ciu­da­da­nas. Gober­nar se ha vuelto más difí­cil, no nece­sa­ria­mente por falta de volun­tad polí­tica, sino por limi­ta­cio­nes rea­les de capa­ci­dad esta­tal y por entor­nos cada vez más exi­gen­tes e incier­tos.

Con un esce­na­rio social alta­mente poli­ti­zado, la dis­cu­sión pública suele cen­trarse en la lega­li­dad de las elec­cio­nes, la trans­pa­ren­cia o la com­pe­ten­cia entre par­ti­dos, pero con fre­cuen­cia deja en segundo plano una pre­gunta fun­da­men­tal: ¿qué tan capa­ces son los gober­nan­tes y gobier­nos de resol­ver pro­ble­mas? La cer­teza y lega­li­dad de ori­gen, aun­que indis­pen­sa­ble, resulta insu­fi­ciente si no se acom­paña de legi­ti­mi­dad de desem­peño, en pocas pala­bras en resul­ta­dos tan­gi­bles.

En México, esta ten­sión se mani­fiesta con par­ti­cu­lar cla­ri­dad. La con­so­li­da­ción de un sis­tema elec­to­ral com­pe­ti­tivo ha per­mi­tido alter­nan­cias y ha ampliado la plu­ra­li­dad polí­tica, pero ello no siem­pre se ha tra­du­cido en mejo­ras sos­te­ni­das en ámbi­tos clave como la segu­ri­dad, el cre­ci­miento eco­nó­mico o la cali­dad de los ser­vi­cios públi­cos. El con­traste entre la vita­li­dad del pro­ceso demo­crá­tico y la per­sis­ten­cia de pro­ble­mas estruc­tu­ra­les genera una per­cep­ción de estan­ca­miento que impacta direc­ta­mente en la con­fianza ciu­da­dana.

Esto no implica deses­ti­mar el avance de nues­tro desa­rro­llo demo­crá­tico, sino reco­no­cer sus desa­fíos actua­les. La exi­gen­cia ya no se limita a garan­ti­zar elec­cio­nes libres, sino a cons­truir gobier­nos capa­ces de eje­cu­tar polí­ti­cas efi­ca­ces en con­tex­tos com­ple­jos. La dis­cu­sión, por tanto, no debe­ría cen­trarse úni­ca­mente en quién gobierna, sino en cómo gobierna y con qué resul­ta­dos. El riesgo de no aten­der esta bre­cha es evi­dente. Cuando la demo­cra­cia deja de ser res­puesta, otros mode­los comien­zan a pare­cer atrac­ti­vos, incluso si impli­can cos­tos en tér­mi­nos de liber­ta­des o ins­ti­tu­cio­na­li­dad. La his­to­ria mues­tra que los retro­ce­sos demo­crá­ti­cos rara vez ocu­rren de manera abrupta; sue­len comen­zar con el des­gaste pau­la­tino de su legi­ti­mi­dad.

El futuro de la demo­cra­cia parece depen­der menos de su capa­ci­dad para orga­ni­zar elec­cio­nes y más de su habi­li­dad para pro­du­cir resul­ta­dos. No basta con lle­gar al poder; es nece­sa­rio ejer­cerlo con efi­ca­cia y ello trae como recom­pensa la con­ti­nui­dad. De lo con­tra­rio, la pre­gunta dejará de ser quién gobierna para con­ver­tirse en algo más arduo: para qué sirve la demo­cra­cia si no logra mejo­rar la vida de quie­nes la sos­tie­nen.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.