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Si la rela­ti­vi­dad de la polí­tica per­mite com­pren­der cómo las cir­cuns­tan­cias, los inte­re­ses y las trans­for­ma­cio­nes socia­les con­di­cio­nan las deci­sio­nes, cabe pre­gun­tarse qué valo­res y prin­ci­pios deben per­ma­ne­cer al mar­gen de esos cam­bios. Gober­nar exige adap­tarse, cons­truir acuer­dos y aten­der deman­das incom­pa­ti­bles entre sí, pero tam­bién reco­no­cer que no todo puede que­dar sujeto a la con­ve­nien­cia de quien ejerce el poder.

El pen­sa­miento polí­tico ha bus­cado esta­ble­cer lími­tes a la auto­ri­dad y defi­nir las con­di­cio­nes de su legi­ti­mi­dad. Desde Aris­tó­te­les, quien vin­culó la polí­tica con el bien común, hasta las for­mu­la­cio­nes moder­nas del Estado de dere­cho, una preo­cu­pa­ción ha per­ma­ne­cido vigente: evi­tar que el ejer­ci­cio del poder se con­vierta en un fin en sí mismo. El poder debe ser­vir para orga­ni­zar la con­vi­ven­cia, resol­ver pro­ble­mas colec­ti­vos y pro­cu­rar con­di­cio­nes para el desa­rro­llo social, no impo­ner una volun­tad sin res­tric­cio­nes.

El abso­lu­tismo polí­tico ilus­tra los ries­gos de con­cen­trar la auto­ri­dad sin con­tro­les efec­ti­vos. En las monar­quías abso­lu­tas, el sobe­rano pre­ten­día ejer­cer el poder sin lími­tes ins­ti­tu­cio­na­les com­pa­ra­bles a los de los sis­te­mas cons­ti­tu­cio­na­les con­tem­po­rá­neos. La divi­sión de pode­res, la supre­ma­cía de la Cons­ti­tu­ción y los meca­nis­mos de con­trol sur­gie­ron como res­pues­tas a la nece­si­dad de impe­dir que una per­sona o ins­ti­tu­ción acu­mu­lara atri­bu­cio­nes sin con­tra­pe­sos. En una demo­cra­cia, la auto­ri­dad no se legi­tima úni­ca­mente por su ori­gen, sino tam­bién por la manera en que se ejerce.

La volun­tad popu­lar es la fuente esen­cial de legi­ti­mi­dad demo­crá­tica, pero obte­ner una mayo­ría elec­to­ral no otorga una auto­ri­za­ción irres­tricta para gober­nar. El man­dato está sujeto a la Cons­ti­tu­ción, las leyes y los dere­chos fun­da­men­ta­les. Nin­guna mayo­ría debe­ría supri­mir las liber­ta­des de quie­nes dis­cre­pan, des­co­no­cer los dere­chos de las mino­rías o debi­li­tar los meca­nis­mos ins­ti­tu­cio­na­les que limi­tan el poder. De lo con­tra­rio, la legi­ti­mi­dad de ori­gen puede ser­vir para jus­ti­fi­car deci­sio­nes con­tra­rias a los prin­ci­pios del pro­pio sis­tema demo­crá­tico.

La dig­ni­dad humana cons­ti­tuye otro refe­rente que no debe depen­der de la con­ve­nien­cia polí­tica. La filo­so­fía moral de Kant sos­tiene que las per­so­nas deben ser tra­ta­das como fines en sí mis­mas y no úni­ca­mente como medios para alcan­zar otros obje­ti­vos. En la vida pública, esto exige reco­no­cer que los ciu­da­da­nos no son ins­tru­men­tos elec­to­ra­les, cifras admi­nis­tra­ti­vas ni obs­tá­cu­los para con­cre­tar un pro­yecto de gobierno. Sus dere­chos, liber­ta­des y posi­bi­li­da­des de desa­rro­llo deben ocu­par un lugar cen­tral en las deci­sio­nes del Estado, inde­pen­dien­te­mente de su posi­ción eco­nó­mica, filia­ción polí­tica o cer­ca­nía con quie­nes ejer­cen la auto­ri­dad.

La efi­ca­cia guber­na­men­tal es nece­sa­ria, pero no basta para jus­ti­fi­car cual­quier medio. La aus­te­ri­dad debe res­pon­der a obje­ti­vos legí­ti­mos y res­pe­tar la ley; no puede con­si­de­rarse un logro si dete­riora la capa­ci­dad del Estado para cum­plir sus obli­ga­cio­nes. Los resul­ta­dos deben eva­luarse junto con la lega­li­dad y la res­pon­sa­bi­li­dad con que se alcan­zan.

Quien gobierna debe res­pon­der por sus deci­sio­nes, expli­car sus resul­ta­dos y reco­no­cer los erro­res cuando las cir­cuns­tan­cias o las evi­den­cias exi­gen corre­gir el rumbo. La rec­ti­fi­ca­ción puede for­ta­le­cer la auto­ri­dad si demues­tra capa­ci­dad de jui­cio y dis­po­si­ción para ante­po­ner el inte­rés colec­tivo a la defensa de una posi­ción per­so­nal. Lo con­tra­rio ocu­rre cuando importa más sos­te­ner una deci­sión que asu­mir sus con­se­cuen­cias o cuando los prin­ci­pios se invo­can selec­ti­va­mente según quién ejerza el poder y a quién bene­fi­cie su apli­ca­ción.

La polí­tica nece­sita fle­xi­bi­li­dad para res­pon­der a una rea­li­dad cam­biante, pero tam­bién prin­ci­pios que impi­dan que esa adap­ta­ción se con­vierta en arbi­tra­rie­dad. Si la rela­ti­vi­dad explica por qué las deci­sio­nes deben ajus­tarse a las cir­cuns­tan­cias, los prin­ci­pios fun­da­men­ta­les recuer­dan que esa adap­ta­ción tiene lími­tes. El desa­fío con­siste en reco­no­cer qué debe cam­biar para gober­nar mejor y qué no puede sacri­fi­carse sin com­pro­me­ter la legi­ti­mi­dad del poder. En defi­ni­tiva, la polí­tica requiere deci­sio­nes capa­ces de adap­tarse a las cir­cuns­tan­cias, pero sus­ten­ta­das en prin­ci­pios que no depen­dan de la con­ve­nien­cia de quien gobierna.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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