Tercero Interesado: A 250 años de la independencia de Estados Unidos

Carlos Tercero
TERCERO INTERESADO

Pocas nacio­nes han con­ver­tido su pro­pia his­to­ria en un pro­yecto polí­tico tan influ­yente como Esta­dos Uni­dos. Hace dos siglos y medio, la Decla­ra­ción de Inde­pen­den­cia dio ori­gen a un expe­ri­mento polí­tico iné­dito que pre­ten­día demos­trar que la liber­tad podía orga­ni­zarse ins­ti­tu­cio­nal­mente sin depen­der de una monar­quía. Hoy, ese expe­ri­mento con­ti­núa, aun­que ya no pro­yecta la misma cer­teza que durante buena parte del siglo XX. La con­me­mo­ra­ción de los 250 años de la Inde­pen­den­cia dejó una ima­gen reve­la­dora de la demo­cra­cia esta­dou­ni­dense: una nación capaz de cele­brar su extraor­di­na­ria con­ti­nui­dad his­tó­rica mien­tras debate inten­sa­mente sobre su pro­pio futuro.

Su mayor for­ta­leza no reside en la ausen­cia de con­flic­tos, sino en la capa­ci­dad de trans­for­mar sus con­tra­dic­cio­nes mediante ins­ti­tu­cio­nes sóli­das y sufi­cien­te­mente fle­xi­bles para sobre­vi­vir a gue­rras civi­les, cri­sis eco­nó­mi­cas, ten­sio­nes racia­les y pro­fun­das dis­pu­tas ideo­ló­gi­cas. Su his­to­ria es tam­bién la de una demo­cra­cia que ha ampliado gra­dual­mente el sig­ni­fi­cado de ciu­da­da­nía y dere­chos, incor­po­rando a sec­to­res que ori­gi­nal­mente per­ma­ne­cían exclui­dos del ideal fun­da­cio­nal. Esa evo­lu­ción explica buena parte de su esta­bi­li­dad y de su influen­cia inter­na­cio­nal. Sin embargo, las demo­cra­cias no enve­je­cen de manera lineal; van acu­mu­lando frac­tu­ras. En los últi­mos años, la pola­ri­za­ción polí­tica ha dejado de ser un fenó­meno exclu­si­va­mente elec­to­ral para con­ver­tirse en una forma de iden­ti­dad colec­tiva. La des­con­fianza hacia las ins­ti­tu­cio­nes, el cues­tio­na­miento per­ma­nente de los pro­ce­sos elec­to­ra­les, la frag­men­ta­ción del espa­cio público pro­vo­cada por las pla­ta­for­mas digi­ta­les y la cre­ciente difi­cul­tad para cons­truir con­sen­sos han modi­fi­cado la natu­ra­leza del debate demo­crá­tico. La com­pe­ten­cia polí­tica ya no gira úni­ca­mente alre­de­dor de pro­gra­mas de gobierno, sino de visio­nes anta­gó­ni­cas sobre la pro­pia nación.

La cele­bra­ción del pasado 4 de julio con­firmó esa rea­li­dad. Los actos ofi­cia­les bus­ca­ron pro­yec­tar uni­dad y orgu­llo nacio­nal, mien­tras diver­sos sec­to­res insis­tie­ron en que el ani­ver­sa­rio tam­bién debía ser­vir para refle­xio­nar sobre los desa­fíos pen­dien­tes. Incluso medios inter­na­cio­na­les tra­di­cio­nal­mente aten­tos a la polí­tica esta­dou­ni­dense des­ta­ca­ron que la efe­mé­ride trans­cu­rrió bajo un clima de intensa dis­puta sobre el sig­ni­fi­cado de la his­to­ria nacio­nal y la manera en que debía ser con­me­mo­rada. Algu­nas cober­tu­ras des­cri­bie­ron una orga­ni­za­ción mar­ca­da­mente poli­ti­zada, mien­tras otras subra­ya­ron que la dis­cu­sión sobre el pasado ter­minó con­vir­tién­dose, en rea­li­dad, en una dis­puta por el futuro. En ese con­texto, resulta sig­ni­fi­ca­tivo que Le Monde señale el sur­gi­miento de una izquierda esta­dou­ni­dense más radi­cal, par­ti­cu­lar­mente entre sec­to­res jóve­nes que con­si­de­ran insu­fi­ciente el refor­mismo tra­di­cio­nal del Par­tido Demó­crata. No se trata toda­vía de una corriente mayo­ri­ta­ria, pero sí de una expre­sión del desen­canto hacia un sis­tema polí­tico visto por sus crí­ti­cos como inca­paz de res­pon­der con efi­ca­cia a la desi­gual­dad, el costo de vida, la vivienda, el cam­bio cli­má­tico o la con­cen­tra­ción del poder eco­nó­mico. Para­dó­ji­ca­mente, mien­tras una parte de la dere­cha rei­vin­dica con mayor inten­si­dad los valo­res fun­da­cio­na­les de 1776, una parte de la izquierda cues­tiona si aque­llas pro­me­sas pue­den cum­plirse ple­na­mente bajo las con­di­cio­nes actua­les.

La pro­xi­mi­dad de las elec­cio­nes inter­me­dias de noviem­bre aña­dió un com­po­nente estra­té­gico a la con­me­mo­ra­ción. Cada narra­tiva sobre la inde­pen­den­cia cons­ti­tuye tam­bién una narra­tiva sobre el país que se pre­tende gober­nar. La his­to­ria deja de ser úni­ca­mente memo­ria para con­ver­tirse en argu­mento polí­tico. En esa dis­puta sim­bó­lica par­ti­ci­pan par­ti­dos, movi­mien­tos socia­les, medios de comu­ni­ca­ción y lide­raz­gos que bus­can apro­piarse del sig­ni­fi­cado de la iden­ti­dad esta­dou­ni­dense.

La lec­ción que deja este ani­ver­sa­rio es que las demo­cra­cias no se sos­tie­nen por­que alcan­cen la per­fec­ción, sino por­que con­ser­van la capa­ci­dad de corre­girse. La rele­van­cia de esta con­me­mo­ra­ción no estuvo en los des­fi­les, los dis­cur­sos o los fue­gos arti­fi­cia­les, sino en recor­dar que nin­guna demo­cra­cia, por sólida que parezca, puede darse por con­cluida, pues des­pués de 250 años el desa­fío ya no con­siste en demos­trar que la liber­tad puede fun­dar una nación, sino en com­pro­bar que tam­bién puede man­te­nerla unida.

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