Ir al contenido principal

Tercero Interesado: A 250 años de la independencia de Estados Unidos

TERCERO INTERESADO

Pocas nacio­nes han con­ver­tido su pro­pia his­to­ria en un pro­yecto polí­tico tan influ­yente como Esta­dos Uni­dos. Hace dos siglos y medio, la Decla­ra­ción de Inde­pen­den­cia dio ori­gen a un expe­ri­mento polí­tico iné­dito que pre­ten­día demos­trar que la liber­tad podía orga­ni­zarse ins­ti­tu­cio­nal­mente sin depen­der de una monar­quía. Hoy, ese expe­ri­mento con­ti­núa, aun­que ya no pro­yecta la misma cer­teza que durante buena parte del siglo XX. La con­me­mo­ra­ción de los 250 años de la Inde­pen­den­cia dejó una ima­gen reve­la­dora de la demo­cra­cia esta­dou­ni­dense: una nación capaz de cele­brar su extraor­di­na­ria con­ti­nui­dad his­tó­rica mien­tras debate inten­sa­mente sobre su pro­pio futuro.

Su mayor for­ta­leza no reside en la ausen­cia de con­flic­tos, sino en la capa­ci­dad de trans­for­mar sus con­tra­dic­cio­nes mediante ins­ti­tu­cio­nes sóli­das y sufi­cien­te­mente fle­xi­bles para sobre­vi­vir a gue­rras civi­les, cri­sis eco­nó­mi­cas, ten­sio­nes racia­les y pro­fun­das dis­pu­tas ideo­ló­gi­cas. Su his­to­ria es tam­bién la de una demo­cra­cia que ha ampliado gra­dual­mente el sig­ni­fi­cado de ciu­da­da­nía y dere­chos, incor­po­rando a sec­to­res que ori­gi­nal­mente per­ma­ne­cían exclui­dos del ideal fun­da­cio­nal. Esa evo­lu­ción explica buena parte de su esta­bi­li­dad y de su influen­cia inter­na­cio­nal. Sin embargo, las demo­cra­cias no enve­je­cen de manera lineal; van acu­mu­lando frac­tu­ras. En los últi­mos años, la pola­ri­za­ción polí­tica ha dejado de ser un fenó­meno exclu­si­va­mente elec­to­ral para con­ver­tirse en una forma de iden­ti­dad colec­tiva. La des­con­fianza hacia las ins­ti­tu­cio­nes, el cues­tio­na­miento per­ma­nente de los pro­ce­sos elec­to­ra­les, la frag­men­ta­ción del espa­cio público pro­vo­cada por las pla­ta­for­mas digi­ta­les y la cre­ciente difi­cul­tad para cons­truir con­sen­sos han modi­fi­cado la natu­ra­leza del debate demo­crá­tico. La com­pe­ten­cia polí­tica ya no gira úni­ca­mente alre­de­dor de pro­gra­mas de gobierno, sino de visio­nes anta­gó­ni­cas sobre la pro­pia nación.

La cele­bra­ción del pasado 4 de julio con­firmó esa rea­li­dad. Los actos ofi­cia­les bus­ca­ron pro­yec­tar uni­dad y orgu­llo nacio­nal, mien­tras diver­sos sec­to­res insis­tie­ron en que el ani­ver­sa­rio tam­bién debía ser­vir para refle­xio­nar sobre los desa­fíos pen­dien­tes. Incluso medios inter­na­cio­na­les tra­di­cio­nal­mente aten­tos a la polí­tica esta­dou­ni­dense des­ta­ca­ron que la efe­mé­ride trans­cu­rrió bajo un clima de intensa dis­puta sobre el sig­ni­fi­cado de la his­to­ria nacio­nal y la manera en que debía ser con­me­mo­rada. Algu­nas cober­tu­ras des­cri­bie­ron una orga­ni­za­ción mar­ca­da­mente poli­ti­zada, mien­tras otras subra­ya­ron que la dis­cu­sión sobre el pasado ter­minó con­vir­tién­dose, en rea­li­dad, en una dis­puta por el futuro. En ese con­texto, resulta sig­ni­fi­ca­tivo que Le Monde señale el sur­gi­miento de una izquierda esta­dou­ni­dense más radi­cal, par­ti­cu­lar­mente entre sec­to­res jóve­nes que con­si­de­ran insu­fi­ciente el refor­mismo tra­di­cio­nal del Par­tido Demó­crata. No se trata toda­vía de una corriente mayo­ri­ta­ria, pero sí de una expre­sión del desen­canto hacia un sis­tema polí­tico visto por sus crí­ti­cos como inca­paz de res­pon­der con efi­ca­cia a la desi­gual­dad, el costo de vida, la vivienda, el cam­bio cli­má­tico o la con­cen­tra­ción del poder eco­nó­mico. Para­dó­ji­ca­mente, mien­tras una parte de la dere­cha rei­vin­dica con mayor inten­si­dad los valo­res fun­da­cio­na­les de 1776, una parte de la izquierda cues­tiona si aque­llas pro­me­sas pue­den cum­plirse ple­na­mente bajo las con­di­cio­nes actua­les.

La pro­xi­mi­dad de las elec­cio­nes inter­me­dias de noviem­bre aña­dió un com­po­nente estra­té­gico a la con­me­mo­ra­ción. Cada narra­tiva sobre la inde­pen­den­cia cons­ti­tuye tam­bién una narra­tiva sobre el país que se pre­tende gober­nar. La his­to­ria deja de ser úni­ca­mente memo­ria para con­ver­tirse en argu­mento polí­tico. En esa dis­puta sim­bó­lica par­ti­ci­pan par­ti­dos, movi­mien­tos socia­les, medios de comu­ni­ca­ción y lide­raz­gos que bus­can apro­piarse del sig­ni­fi­cado de la iden­ti­dad esta­dou­ni­dense.

La lec­ción que deja este ani­ver­sa­rio es que las demo­cra­cias no se sos­tie­nen por­que alcan­cen la per­fec­ción, sino por­que con­ser­van la capa­ci­dad de corre­girse. La rele­van­cia de esta con­me­mo­ra­ción no estuvo en los des­fi­les, los dis­cur­sos o los fue­gos arti­fi­cia­les, sino en recor­dar que nin­guna demo­cra­cia, por sólida que parezca, puede darse por con­cluida, pues des­pués de 250 años el desa­fío ya no con­siste en demos­trar que la liber­tad puede fun­dar una nación, sino en com­pro­bar que tam­bién puede man­te­nerla unida.

Añadir Diario de Morelos como fuente preferida de Google de forma gratuita.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora

Sobre el autor

TERCERO INTERESADO
Carlos Tercero
Ver biografía