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México vive una para­doja. El Armed Con­flict Loca­tion & Event Data (ACLED) —que mide vio­len­cia polí­tica, ata­ques, ase­si­na­tos y agre­sio­nes con­tra civi­les en más de 100 paí­ses— colocó a México en 2025 en la cate­go­ría de con­flicto extremo, el cuarto más grave del mundo. Pero al mismo tiempo, los aero­puer­tos están lle­nos, los hote­les repor­tan ocu­pa­cio­nes récord y la Secre­ta­ría de Turismo (SECTUR) pre­sume cifras his­tó­ri­cas de visi­tan­tes y divi­sas.

Con datos ofi­cia­les, el gobierno afirma que los homi­ci­dios y varios deli­tos de alto impacto han dis­mi­nuido en lo que va del año. La excep­ción es la extor­sión, que sigue cre­ciendo. Esa dife­ren­cia explica la apa­rente con­tra­dic­ción: ACLED no solo mide homi­ci­dios, sino tam­bién vio­len­cia con­tra civi­les, expan­sión terri­to­rial y pre­sen­cia de gru­pos arma­dos. El país puede tener menos ase­si­na­tos, pero seguir siendo peli­groso en muchas regio­nes.

Mien­tras la vio­len­cia se extiende a más zonas y se vuelve más difí­cil de con­te­ner, el turismo sigue por otra vía. Las cifras de la Secre­ta­ría de Turismo (SECTUR) lo mues­tran: entre enero y sep­tiem­bre de 2025 lle­ga­ron 71 millo­nes de visi­tan­tes inter­na­cio­na­les (+13.9%) (Los visi­tan­tes son todos los que entran al país desde el extran­jero, aun­que sea por unas horas y sin pasar la noche). Den­tro de ese total hubo 34.7 millo­nes de turis­tas inter­na­cio­na­les (+6.4%), que son los que sí se que­dan al menos una noche. En ese mismo periodo entra­ron 25,778 millo­nes de dóla­res en divi­sas.

La razón es sim­ple. Cuando el bol­si­llo del con­su­mi­dor esta­dou­ni­dense se ajusta, busca des­ti­nos donde su dinero rinda más. Y México ofrece algo difí­cil de igua­lar: cer­ca­nía, pre­cio y paque­tes cerra­dos que garan­ti­zan con­trol. El turista no com­pra “México”; com­pra un corre­dor seguro, un iti­ne­ra­rio que evita el con­tacto con el país real.

Esa bur­buja se man­tiene por con­ve­nien­cia mutua. Al cri­men orga­ni­zado no le con­viene gol­pear el nego­cio turís­tico y el turista paga por no ver la rea­li­dad. Mien­tras tanto, la gen­tri­fi­ca­ción y las ren­tas de corta estan­cia ya trans­for­man barrios ente­ros de la Ciu­dad de México y de la Riviera Maya, des­pla­zando a resi­den­tes y ele­vando cos­tos. El éxito turís­tico empieza a gene­rar cos­tos socia­les visi­bles.

Ade­más, el mer­cado ya apren­dió a tra­du­cir las aler­tas de viaje de Esta­dos Uni­dos: sir­ven para el México de carre­tera y madru­gada, no para el México del tras­lado con­tra­tado y el bra­za­lete del hotel. Mien­tras el visi­tante siga den­tro del guion, la per­cep­ción se con­trola y la ocu­pa­ción aguanta toda­vía.

El riesgo es creer que el auge basta. ONU Turismo ya advierte una desa­ce­le­ra­ción glo­bal para 2026. México no puede depen­der solo del flujo de visi­tan­tes; nece­sita apro­ve­char esa derrama para con­te­ner la extor­sión, orde­nar el desa­rro­llo urbano y blin­dar sus corre­do­res con una poli­cía local que fun­cione.

Por ahora, el turismo llega y paga. Pero la dife­ren­cia entre que esto sea una bur­buja o una ven­taja nacio­nal está en lo que se haga con ese ingreso. Si se usa bien, puede con­ver­tirse en una palanca de esta­bi­li­dad. No es garan­tía. Pero toda­vía hay mar­gen.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Sobre el autor

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Eduardo Ruiz-Healy
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