Cada mes, 66 de cada 100 per­so­nas repor­ta­das como desa­pa­re­ci­das son loca­li­za­das, pero 96 de cada 100 loca­li­za­cio­nes no están aso­cia­das a un delito por­que se trata de ausen­cias volun­ta­rias, con­flic­tos fami­lia­res o per­so­nas que sim­ple­mente se fue­ron sin avi­sar. El gobierno fun­ciona como ras­trea­dor admi­nis­tra­tivo de quie­nes no quie­ren ser encon­tra­dos por sus parien­tes o acree­do­res, pero no sirve para encon­trar a quie­nes fue­ron desa­pa­re­ci­dos por el cri­men orga­ni­zado o por el pro­pio Estado.

El informe pre­sen­tado en la Maña­nera del 27 de marzo mues­tra la mag­ni­tud de la catás­trofe. El Regis­tro Nacio­nal de Per­so­nas Desa­pa­re­ci­das acu­mula 394,645 regis­tros desde 1952. Más de siete déca­das de expe­dien­tes, sin que nin­gún gobierno fede­ral o esta­tal deci­diera depu­rar la lista ni rea­li­zar una bús­queda seria de las per­so­nas. 132,534 per­so­nas per­ma­ne­cen sin loca­li­zar y 46,742 casos care­cen de datos míni­mos de iden­ti­dad, ya que nom­bres como ‘BBC’, ‘Jua­nito’, ‘Niña’ o ‘Mue­bles Gaby’ apa­re­cen en los expe­dien­tes ofi­cia­les. Como admi­tió la pro­pia pre­si­denta Clau­dia Shein­baum: “Si dice Juan, pero no tene­mos nin­gún otro dato, es muy difí­cil bus­car a esa per­sona”.

¿De quién es la culpa? De todos los que pudie­ron actuar y no lo hicie­ron. De Felipe Cal­de­rón, que desató una gue­rra sin plan de bús­queda ni de iden­ti­fi­ca­ción de víc­ti­mas. De Enri­que Peña Nieto, que heredó la cri­sis y la admi­nis­tró con indi­fe­ren­cia. De Andrés Manuel López Obra­dor, que pro­me­tió ver­dad y jus­ti­cia a las fami­lias y les entregó dis­cur­sos mien­tras los desa­pa­re­ci­dos seguían acu­mu­lán­dose. El 98% de los casos corres­ponde al periodo ini­ciado en 2006.

Clau­dia Shein­baum heredó este desas­tre de 72 años y es la pri­mera en reco­no­cer públi­ca­mente la mag­ni­tud del pro­blema. Ahora, gra­cias a la reforma a la Ley Gene­ral en Mate­ria de Desa­pa­ri­ción For­zada que ella pro­mo­vió en 2025, es obli­ga­to­rio abrir una car­peta de inves­ti­ga­ción desde el pri­mer reporte y se impo­nen san­cio­nes admi­nis­tra­ti­vas a los fun­cio­na­rios que no lo hagan. La inten­ción parece genuina. Pero la tec­no­lo­gía es una herra­mienta, no una solu­ción.

El ver­da­dero cue­llo de bote­lla está en las fis­ca­lías esta­ta­les. De los 43,128 casos sin acti­vi­dad alguna tras la desa­pa­ri­ción, el 71% fue regis­trado por las pro­pias fis­ca­lías. Pero solo 3,869 tie­nen una car­peta de inves­ti­ga­ción for­mal, mien­tras que los otros 26,611 son “solo repor­tes” que no obli­gan a nadie a inves­ti­gar nada. El dato es terri­ble: las fis­ca­lías regis­tra­ron a los desa­pa­re­ci­dos y luego se olvi­da­ron de ellos.

El pro­blema es estruc­tu­ral: en casi todos los esta­dos, los fis­ca­les obe­de­cen a los gober­na­do­res, que, en la mayo­ría de los casos, no quie­ren acep­tar que la gente desa­pa­rece en sus esta­dos. La pro­pia pre­si­denta Shein­baum reveló que la titu­lar del Secre­ta­riado Eje­cu­tivo, Mar­cela Figue­roa, “está todos los días hablando con los fis­ca­les esta­ta­les” para que actua­li­cen sus regis­tros. Hay que pre­sio­nar­los por­que no lo hacen por ini­cia­tiva pro­pia.

Entre octu­bre de 2024 y marzo de 2026, se cum­plie­ron 286 órde­nes de aprehen­sión por el delito de desa­pa­ri­ción. Esto equi­vale a un dete­nido por cada 463 víc­ti­mas. Sin fis­ca­lías autó­no­mas que inves­ti­guen sin pedir per­miso al gober­na­dor en turno, nin­guna reforma fede­ral —por bie­nin­ten­cio­nada que sea— podrá rever­tir siete déca­das de aban­dono.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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