Jamieson Greer fue contundente. El lunes pasado, en la CDMX, el representante comercial de Estados Unidos se reunió con la presidenta Claudia Sheinbaum y con el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, y, más tarde, con líderes de las industrias automotriz y siderúrgica. A todos les entregó el mismo mensaje: los aranceles no desaparecerán. Una fuente presente en esas reuniones empresariales lo resumió así: “Greer dijo que los aranceles han llegado para quedarse. A Trump le gustan. Nunca volveremos a un mundo sin aranceles.” Dos días después, el miércoles 22, Greer compareció ante el Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes en Washington y ratificó la misma postura. Se acabó el libre comercio sin barreras que rigió a América del Norte durante tres décadas.
Ebrard respondió el mismo miércoles a lo dicho por Greer con una frase que hace un año no habría pronunciado: “No hay que estar en la nostalgia de cuando no había ningún arancel.” Así, reconoció que es “muy difícil pensar que van a desaparecer” los aranceles a los vehículos automotrices, al acero y al aluminio, y que el objetivo de México ha cambiado: ya no eliminarlos sino reducirlos al mínimo posible.
El giro es significativo. En 2024 y buena parte de 2025, Ebrard sostenía que los aranceles de Trump constituían una “flagrante violación” al T-MEC, que carecían de lógica comercial, que con ellos EEUU se estaba dando “un balazo en el pie” y que los mecanismos de solución de controversias los anularían. Ese discurso ya está archivado.
Lo que queda en el aire es una pregunta incómoda: ¿lo sabía Ebrard desde el principio? Porque pocos funcionarios mexicanos conocen mejor la mentalidad de Trump. En 2019, como secretario de Relaciones Exteriores, negoció el T-MEC y sabe que para el presidente de EEUU los aranceles son un instrumento comercial permanente. Que apostara por su anulación sugiere una de dos cosas: o calculó que el optimismo era necesario para no ceder terreno antes de tiempo, o subestimó la rigidez ideológica de Trump. La primera hipótesis lo hace hábil. La segunda, vulnerable. Si fue estrategia, evitó ceder terreno antes de tiempo. Si fue un error, se equivocó rotundamente.
Las implicaciones son considerables. México negocia desde una posición defensiva en sectores que representan una parte sustancial de sus exportaciones. La industria automotriz sigue pagando un costo que antes no existía. Las reglas de origen obligan a reestructurar cadenas de valor que llevan décadas optimizadas y el consumidor absorbe silenciosamente los mayores precios.
El argumento mexicano es real: somos el gran aliado de EEUU para reducir su dependencia de Asia. Pero ser aliado necesario no es lo mismo que ser aliado en igualdad de condiciones. México llega con más urgencia a la revisión y esa asimetría define los márgenes de lo negociable.
Las negociaciones formales arrancarán la semana del 25 de mayo en la CDMX. Lo que se negocie, entonces, no será el regreso al libre comercio que México conoció durante tres décadas. Será el mejor acuerdo posible dentro de un sistema que ya cambió. Si Ebrard lo sabía desde el principio, su nostalgia siempre fue fingida. Si no lo sabía, la realidad se la cobró esta semana en el Club de Banqueros y en el Capitolio de Washington.
Las opiniones vertidas en este espacio son exclusiva responsabilidad del autor y no representan, necesariamente, la política editorial de Grupo Diario de Morelos.