Palacio de Cortés: Techo propio

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TECHO PROPIO.

Tener las lla­ves de una casa no siem­pre sig­ni­fica ser dueño de ella; al menos no ante la ley.

Más de 34 mil vivien­das en More­los care­cen de escri­tu­ras. Detrás de esta fría cifra del INEGI no hay desi­dia, sino el drama invi­si­ble de miles de fami­lias que cons­tru­ye­ron su patri­mo­nio sobre con­tra­tos pri­va­dos o acuer­dos de pala­bra, topán­dose des­pués con una mura­lla de buro­cra­cia y cos­tos nota­ria­les que con­vir­tie­ron la cer­teza jurí­dica en un lujo inal­can­za­ble.

Vivir sin escri­tu­ras es vivir con el alma en un hilo, expues­tos a plei­tos fami­lia­res, frau­des o la impo­si­bi­li­dad de here­dar en paz. Por ello, el Pro­grama Per­ma­nente de Escri­tu­ra­ción Social que impulsa el Gobierno del Estado —con sub­si­dios fis­ca­les de hasta el 100 por ciento para inmue­bles de sec­to­res vul­ne­ra­bles— es una opor­tu­ni­dad.

MOTOS.

Es alar­mante la nor­ma­li­za­ción del riesgo en las calles. Ver moto­ci­cle­tas con­ver­ti­das en vehí­cu­los fami­lia­res, trans­por­tando hasta a cua­tro per­so­nas —muchas veces meno­res de edad y sin la más mínima pro­tec­ción—, se ha vuelto parte del pai­saje dia­rio en More­los.

En el Con­greso acier­tan en el diag­nós­tico. La moto­ci­cleta es, para miles de fami­lias, una alter­na­tiva de movi­li­dad eco­nó­mica y acce­si­ble ante las defi­cien­cias del trans­porte público.

Sin embargo, la nece­si­dad eco­nó­mica jamás debe ser patente de corzo para la irres­pon­sa­bi­li­dad. El vacío real no está en la ley —la cual ya prohíbe estas prác­ti­cas y exige el uso de casco—, sino en la com­pla­cen­cia o la inca­pa­ci­dad de las direc­cio­nes de trán­sito muni­ci­pa­les para hacerla cum­plir.