OTRA VEZ.
El asesinato de dos estudiantes de la Preparatoria 2 de la UAEM volvió a colocar a Cuernavaca frente a una realidad incómoda: la inseguridad no aparece de la noche a la mañana, suele anunciarse mucho antes mediante señales que la autoridad no atendió, ni con convenio.
Por un lado, la presidenta Claudia Sheinbaum reconoció que, aunque los homicidios han disminuido en Morelos, en la capital persiste un incremento en robos y otros delitos. Por otro, un diagnóstico municipal identificó desde hace meses colonias con problemas de violencia, ansiedad y vulnerabilidad entre los jóvenes. La pregunta es inevitable: ¿por qué tuvo que ocurrir una tragedia para que estos focos rojos adquirieran relevancia pública?
Los diagnósticos existen precisamente para anticipar riesgos y orientar acciones oportunas. Cuando estos tardan en elaborarse, en difundirse o en convertirse en políticas concretas, pierden gran parte de su utilidad.
Los jóvenes requieren algo más que condolencias después de una tragedia. La muerte de dos estudiantes no debe convertirse en una estadística más. Debe servir para recordar que ignorar las señales de alerta siempre resulta más costoso que atenderlas a tiempo.
LA PROTESTA...
de policías de Cuernavaca revela una contradicción difícil de justificar: mientras la seguridad pública ocupa el centro del debate, los propios elementos denuncian salarios desiguales, descuentos que consideran indebidos y la necesidad de cubrir con recursos propios reparaciones de unidades oficiales.
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