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OMISOS.

El aumento al pasaje se aplicó sin demo­ras desde el pri­mer minuto, pero el com­pro­miso social de res­pe­tar la tarifa pre­fe­ren­cial de cinco pesos a los adul­tos mayo­res sigue encon­trando tra­bas en la calle.

Las denun­cias ven­ti­la­das sobre cho­fe­res que con­di­cio­nan el des­cuento, ame­dren­tan o incu­rren en tra­tos humi­llan­tes hacia las per­so­nas de la ter­cera edad expo­nen una insen­si­bi­li­dad que no puede pasarse por alto.

Aquí los diri­gen­tes del trans­porte público no pue­den lavarse las manos ni escu­darse en que son “hechos ais­la­dos” de unos cuan­tos ope­ra­do­res.

A las direc­ti­vas de las rutas les toca invo­lu­crarse de fondo: san­cio­nar inter­na­mente a los cho­fe­res seña­la­dos, super­vi­sar sus uni­da­des y capa­ci­tar a su per­so­nal en el trato digno.

Si los con­ce­sio­na­rios cobra­ron el bene­fi­cio del alza a la tarifa, están obli­ga­dos a garan­ti­zar el res­peto a los acuer­dos con la auto­ri­dad y con la ciu­da­da­nía.

DELITO.

La denun­cia de la loti­fi­ca­ción y venta ile­gal de terre­nos en áreas natu­ra­les pro­te­gi­das de Tepozt­lán des­tapa una red de des­pojo que no solo estafa a com­pra­do­res, sino que atenta con­tra el patri­mo­nio ambien­tal de More­los.

Ope­rar bajo el engaño de “ven­tas” en un muni­ci­pio donde rige la pro­pie­dad comu­nal es un delito abierto que flo­rece a la som­bra de la desin­for­ma­ción y la falta de regu­la­ción estricta.

Le toca a las auto­ri­da­des comu­na­les, muni­ci­pa­les y ambien­ta­les actuar con fir­meza y pre­sen­tar las denun­cias pena­les corres­pon­dien­tes para desar­ti­cu­lar a estos gru­pos; y no tole­rar la urba­ni­za­ción sal­vaje en zonas de pre­ser­va­ción.

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Ezapata
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