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LLAMADO. 

Pocas cosas gene­ran tanta frus­tra­ción como des­cu­brir que recu­pe­rar un vehí­culo del corra­lón cuesta más que la pro­pia uni­dad. Lo que debe­ría ser un pro­ce­di­miento admi­nis­tra­tivo tem­po­ral se ha con­ver­tido, según nume­ro­sas denun­cias ciu­da­da­nas, en una carga eco­nó­mica que afecta direc­ta­mente el patri­mo­nio fami­liar.

La gober­na­dora Mar­ga­rita Gon­zá­lez Sara­via puso nue­va­mente el tema sobre la mesa al urgir al Con­greso a apro­bar una reforma que regule el fun­cio­na­miento de los corra­lo­nes en More­los. Más allá del debate polí­tico, la dis­cu­sión toca un pro­blema real: cobros que en algu­nos casos alcan­zan dece­nas de miles de pesos y que dejan a los pro­pie­ta­rios prác­ti­ca­mente sin opcio­nes.

Nadie cues­tiona que exis­tan san­cio­nes para quien incum­ple la ley. Tam­poco que un vehí­culo deba ser remi­tido a un depó­sito cuando así lo deter­mina la auto­ri­dad. Lo que resulta difí­cil de jus­ti­fi­car es que las tari­fas, arras­tres, manio­bras y días de res­guardo ter­mi­nen gene­rando cuen­tas que reba­san el valor comer­cial de moto­ci­cle­tas y auto­mó­vi­les.

Cuando eso ocu­rre, el cas­tigo deja de ser pro­por­cio­nal. Se trans­forma en un pro­blema eco­nó­mico y social. Muchas de las uni­da­des rete­ni­das son herra­mien­tas de tra­bajo. Un taxi, una camio­neta de reparto o un auto­mó­vil par­ti­cu­lar repre­sen­tan ingre­sos, movi­li­dad y años de esfuerzo.

La regu­la­ción que se plan­tea no debe­ría verse como una con­fron­ta­ción entre nive­les de gobierno, sino como una opor­tu­ni­dad para trans­pa­ren­tar tari­fas, esta­ble­cer lími­tes razo­na­bles y ofre­cer cer­teza jurí­dica a los ciu­da­da­nos.

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Ezapata
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