A nuestra casa del DF mi papá le decía el Titánic. Era un galerón inmenso de una construcción que había vivido sus mejores tiempos pero que aún enseñoreaba su dignidad instalada arriba de una loma. Se podía ver desde varios puntos de esa colonia donde pasábamos cortas temporadas del año con mis padres. Era emocionante estar ahí porque nos permitía tres lujos invalorables para nuestra edad: Viajar (la casa familiar donde pasásabamos la mayor parte del año estaba en la provincia, a cinco horas en coche del entonces DF); también nos permitía faltar a la escuela y explorar los misterios interminables de esa casa señorial. La biblioteca era un regalo aparte que nos dio la oportunidad de leer mucho y conocer la obra de varios dramaturgos.
Mi papá tenía amigos escritores; Emilio Carballido, Ramón Rodríguez, Rosario Castellanos y Luisa Josefina Hernández visitaron esa casa más de una vez iluminando con su inteligencia las tertulias que organizaban mis padres. Una experiencia fascinante de esas noches era ver a mi papá y alguno de sus amigos en la competencia de conjugar verbos en latín hasta terminar desternillados de risa, bromeando con frases sin sentido a las que le agregaban el secula seculorum de los cantos eclesiásticos. El vino circulaba generoso. En esa casa entrañable, que evocaba un barco legendario, nos agarró el temblor de septiembre del 85. Recién teníamos tres días de haber llegado con mamá para recibir a papá que regresaba a México después de pasar una temporada en Europa haciendo investigación para alguno de sus libros.
Llegamos a la ciudad muy apretados en el viejo coche familiar. Eramos siete personas: mi mamá, Hugo, el chofer, mis cuatro hermanos y yo, Laura, la hija mayor y única mujer. Llevábamos poco equipaje pues teníamos ropa y zapatos en la querida casona que mi mamá heredó de su abuelita Inés. Ella fue una dama muy hermosa. La cajuela iba llena de bolsas con comestibles para los primeros días de estancia, y varios frasquitos de caviar para mi papá, pues él pensaba celebrar su regreso con una reunión en la que invitaría a sus amigos intelectuales.
Me sorprendió el precio del caviar y la gran cantidad que compró mi mamá en la tienda de ultramarinos. Días después pude corroborar que fueron 26 frascos de 60 gramos de la variedad de beluga que era muy exclusiva y cara. También llevábamos ocho botellas de vino tinto y tres cajas de puros, todo para la celebración por el éxito del viaje académico de papá. El primer día fue de descanso y mamá no cocinó, por lo que comimos carnes frías, quesos y galletas. En la noche sólo tomamos cereal con leche y nos fuimos a dormir. La mañana siguiente -martes 17 de septiembre-, una llamada urgente despertó muy temprano a mamá que tras colgar me fue a despertar y con la cara descompuesta por la preocupación, me informó que había un problema serio en la empresa familiar y era necesario que ella lo atendiera ese mismo día pues se corría el riesgo de quedar mal con un cliente importante. En ausencia de papá, mamá se hacía cargo de todo.
Ella era así: decidida, valiente y muy eficaz. Así que me dio indicaciones para hacerme cargo de mis hermanos durante su ausencia que, en teoría, sería de dos días. Rápidamente despertó a todos y en un par de horas nos dio de desayunar -esta vez omelettes, yogurt, leche y cereal-, se arregló, preparó su maleta, y me recomendó que no me arriesgara prendiendo la estufa, y que en su ausencia mejor comiéramos emparedados con carnes frías y papas fritas. Eran tres paquetes. Aparte del cereal y yogurt, en el refrigerador había frutas que Hugo compró el día anterior en un mercado de la colonia. -Laura, confío en ti, te encargo a tus hermanos. No salgan de la casa ni le abran la puerta a nadie. Yo voy a hablarles por teléfono en la tarde para saber cómo están. Prometo volver lo más pronto posible y retomar los planes para recibir a tu papá-, me dijo con una seguridad que me conmovió y que después supe era fingida (no le gustaba mostrar debilidad).
Posteriormente le indicó a Hugo que era hora de partir. Ese día, yo, una jovencita de 13 años, me estrené como madre sustituta de cuatro niños: Rodolfo de 11 años, Mario de 10, Daniel de 8 y Martín de 7, respectivamente. El día pasó sin mayores problemas, salvo la labor de convencer a mis hermanos de bañarse y de que no estuvieran viendo la tele hasta muy tarde. La llamada telefónica de mi mami nos tranquilizó a todos y nos puso felices de saber que había resuelto el problema con el cliente y estaría con nosotros el jueves en la tarde. Prometió llevarnos al cine y a comer hamburguesas. El miércoles 18 fue muy parecido, pero el aburrimiento y encierro empezaron a ponernos de malas a todos y fue difícil entretener a mis hermanos y resolver los conatos de pleito. Hombres al fin, no tenían mejor manera de resolver sus diferencias que ponerse bravos como gallitos. Con trabajo los pude mandar a dormir con la promesa, y amenaza, del regreso de mamá. Ahí que se entendieran con ella. Rodolfo siempre me retaba pues decía que por ser el mayor de los varones debió compartir conmigo la jefatura del grupo y la asignación de tareas.
Por lealtad no hice ningún reporte acusatorio al atender la llamada de supervisión de mamá, pues en el fondo sabía que la inestabilidad de mis hermanos se debía a que la extrañaban mucho. Eran niños lindos que se sentían abandonados, y no les gustaba mucho que yo la hiciera de mamá. Esa noche la recordamos todos como la última en que pudimos dormir sin remordimientos ni oraciones por los seres queridos. El terremoto que llegó con el alba del jueves 19 de septiembre nos despertó al espanto y a la soledad. Un providencial sentido de supervivencia nos hizo correr a todos al patio del caserón con una disciplina táctica que parecía ensayada. Así, en pijama, pálidos del susto, y con la mirada histérica colmada de dudas, intentábamos comprender qué estaba pasando.
Aunque la casa tronaba horrible y se rompió un espejo, varios vasos y platos, afortunadamente resistió el jaloneo brutal del sismo. Las primeras horas fueron angustiosas. Se había suspendido el servicio telefónico y el de energía eléctrica. El escándalo de las sirenas y el vocerío histérico de los vecinos, que se escuchaba lejano, nos hizo suponer lo peor. La atmósfera era pesada y llena de presagios. Todo el día lo pasamos en el patio. En algún momento me atreví a entrar a la cocina para llevar algo de comer para todos. El refrigerador apagado me hizo pensar en que los alimentos se echarían a perder. No quise encender la estufa por miedo a una fuga de gas y porque recordé la recomendación de mamá. En la tarde, cuando ya empezaba a anochecer, volví a entrar a la casa, esta vez por cobijas y almohadas para intentar dormir en una tarima que normalmente usábamos para representar las obras de teatro que mi papá escribía para nosotros. Pasamos la noche en vela, asustados, pero sin alcanzar a imaginar el horror que ocurría tras las paredes de nuestro caserón que se resistió al naufragio y nos dio cobijo.
La muerte proyectó su sombra en la ciudad dejándole un enorme luto, heridas irreparables y un síndrome postraumático casi imposible de superar. La vida respondió con esperanza en el ejemplo solidario de la gente que luchó a brazo partido apoyando las labores de rescate. Mis hermanos y yo estuvimos incomunicados cuatro días. La tarde siguiente al temblor escuchamos que alguien tocaba insistentemente a nuestra puerta pero atendiendo la recomendación de mamá no quisimos abrir. Las provisiones se habían descompuesto por lo que sólo pudimos comer papas fritas y las últimas frutas que rescaté del refrigerador. No hubo nada para cenar pero al menos pudimos dormir. Acurrucados, mis hermanos se taparon hasta la cabeza por miedo a ver el cielo estrellado, pues pensaban que de ahí había venido el rayo que cimbró la tierra. Era su manera de culpar a Dios cuyo cielo, en realidad, lucía indiferente.
Al siguiente día asumí que nadie se haría cargo de nosotros. La angustia me hizo pensar que algo malo le habría sucedido a mis padres, pues sólo así se explicaba su silencio y ausencia. Realmente ellos se hallaban varados en diferentes puntos. Mamá estaba en Puebla y no lograba pasar el cerco de seguridad para entrar al DF. Papá estaba en España, desesperado de no poder reponer su vuelo a México ya que por el sismo la aerolínea canceló su salida programada originalmente. Nosotros intentábamos encontrar soluciones al problema de la escasez de comida, la disyuntiva de reingresar a la casa para bañarnos y dormir en nuestras camas y, sobre todo, hallar la manera de comunicarnos con algún familiar o conocido. Lo peor, aparte del hambre, era la falta de noticias del mundo exterior. Años después agradecimos no saber en su momento la dimensión de la gran tragedia que provocó el sismo. En la noche me armé de valor y comuniqué a mis hermanos que dormiríamos en la casa. Como hacía mucho frío y no había agua caliente el aseo personal lo dejaríamos para el día siguiente.
Ellos estuvieron de acuerdo. Para mitigar el hambre tomé la decisión de consumir el caviar reservado para la celebración de papá. Mis hermanos se sorprendieron pues jamás les había pasado por la cabeza la idea de comer caviar. Le tenían asco y pensaban que era comida para adultos que no sabían disfrutar los placeres de las golosinas y hamburguesas. Haciendo de tripas corazón, todos tomamos un frasquito y empezamos a comer alternando con las sobras de la bolsa de papas fritas. Para paliar el mal sabor abrí una botella de vino y le dí un poco a cada uno de mis hermanos. Al final de esa cena exótica los ví más entusiasmados y hasta bromearon presumiendo ser niños de mucho mundo que cenaban caviar con vino tinto. Pero estoy segura que su alegría no la provocó el caviar. Logré que se durmieran prometiéndoles que yo me quedaría vigilando por si volvía a temblar. El menú de las tres comidas del cuarto día fue el mismo: caviar y vino. Ya no hubo papas y sí muchos gestos de desagrado. Daniel y Martín casi no comieron, y supuse alarmada que estaban enfermos.
El quinto día inició desesperanzador; ya sólo quedaban seis frasquitos de caviar y muy poca tolerancia en los estómagos de todos. Se nos antojaban unos huevos estrellados o al menos un poco de cereal. El aislamiento nos comprimía el alma y se llevaba nuestra esperanza en cada minuto. Mis hermanos estaban muy pálidos y mugrosos, pues ninguno quiso bañarse por miedo a estar solo en el baño. A esas alturas el agua fría ya no era problema. Desayunamos a mediodía nuestra última ración de caviar pero esta vez ni siquiera el vino impidió que vomitaran los dos niños más chicos. Desde ese día todos odiamos el caviar, pero mis hermanos no me perdonan que, según ellos, yo les haya atrofiado el gusto. A veces los traumas de la vida son así, pervierten la nobleza de las cosas y crean costras de ingratitud.
Yo hice lo que pude por protegerlos en esos días horribles. Hoy hasta me parece de un pesado humor negro el reproche de haberlos alimentado con caviar. Estaba atendiendo a mis hermanitos cuando se escuchó el cerrojo de la puerta. ¡Mamá había llegado! Jamás he sentido tanta alegría como la de esa tarde. Ella se rompió, lloró y nos abrazó a todos largamente. Yo no pude llorar. Es algo que aún hoy mis hermanos no entienden, pero esos días tan duros del temblor yo aprendí a ser decidida, valiente y eficaz, como mi mamá. No me podía dar la licencia de que ellos me vieran fallar. De papá nunca aprendí su acto de evasión, por eso disfruté mucho al ver su cara cuando se enteró que sólo quedaba un frasco de caviar para él en el ‘Titanic’. Náufragos cuento Para Raúl que es héroe de sus historias, Para Mónica que rescató a muchos náufragos.
