Cuernavaca.- La labor de los docentes en las zonas rurales de Morelos rompe la barrera de los horarios escolares para convertirse en un pilar de resistencia social. Jorge Velázquez, profesor con dos décadas de experiencia, es el ejemplo vivo de cómo la enseñanza se mezcla con el activismo comunitario.
Velázquez, quien creció bajo la influencia de la Escuela Normal Rural de Amilcingo, asegura que su vocación se forjó entre movilizaciones sociales y la necesidad de apoyar a quienes menos tienen. Tras formarse en la Normal de Tenería, ha dedicado su vida a las comunidades con mayores carencias del estado.
Educación entre carencias e identidad
Para el profesor Jorge, el aula es solo el principio. Su estrategia educativa incluye la integración total con los habitantes de la zona oriente. No es raro verlo fuera del horario laboral participando en la creación de murales o liderando jornadas de limpieza en barrancas locales.
Uno de sus pilares es el rescate de la identidad. En un mundo globalizado, Velázquez promueve activamente el orgullo por las raíces indígenas. Fomenta entre sus alumnos el uso de vestimenta tradicional, como los huaraches, y el respeto por las lenguas originarias, buscando que los niños no se sientan ajenos a su historia.
El reto de las aulas "hirvientes"
Sin embargo, el romanticismo de la labor docente choca con la cruda realidad de la infraestructura educativa en Morelos. El maestro señala que las altas temperaturas actuales son insoportables en salones que no cuentan con ventiladores ni aire acondicionado.
Esta situación, sumada a la pobreza, genera un entorno hostil para el aprendizaje. Según Velázquez, muchos de los niños enfrentan soledad en sus hogares debido a que los padres deben trabajar jornadas extenuantes, lo que deriva en un ausentismo escolar preocupante que los maestros intentan mitigar con atención personalizada.
