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El 5 de junio de 1799, desde la Coruña, el alemán Alexander von Humboldt, a bordo de la fragata “Pizarro” había iniciado su expedición a América, la ruta era por Las Canarias para abastecerse antes de cruzar el Atlántico.

El rey de España, Carlos IV, por fin le había dado autorización para el viaje dentro de sus dominios -algo inusitado a un extranjero- había llegado a Cumaná en Nueva Granada -hoy Venezuela- el 15 de julio de 1799, y quedó deslumbrado por la naturaleza americana, y escribe; “Durante los tres primeros días no podíamos fijar la atención en nada. Aimé Bonpland dice que si hubiese de continuar en ese estado de éxtasis perdería el juicio”. Y empieza una febril recogida de muestras, de visitas a lugares interesantes, de anotaciones, dibujos, datos y observaciones sobre el terreno, de actividades con las clases sociales elevadas de la colonia española.

Hizo su recorrido por las costas caribeñas. Por tierra pasó al Pacífico y continuó en la fragata “Orúe” que sufrió daños en una tormenta y lo siguió en la fragata Atlante, que desde horas antes de su arribo a Acapulco en Nueva España, era vigilada por catalejos desde Fuerte de San Diego en la bahía de Santa Lucía, entró en la bahía y lanzó sus anclas al fondo. El capitán del puerto acudió a ver de qué embarcación se trataba, que sin aviso y sin ser reconocida, entraba a los dominios del rey de España. Su entrada a la bahía, en marzo de 1803 era algo inusitado, para el aburrido capitán del puerto, su única obligación era recibir una vez al año a la Nao de China. Lo que los marinos descargaron terminó por desconcertarlo, estaba preparándose para calcular los impuestos que debían pagar los dueños de la embarcación por las mercancías acarreadas, cuando descubrieron que lo que traían no estaba consignado en ninguna de las listas de mercaderías de pago. Huesos de mastodonte, aves disecadas, cajones con piedras, mariposas clavadas en cajas de cristal, plantas en macetas, ramas secas envueltas en papeles, extraños aparatos científicos, y de remate dos hombres de habla extranjera tostados por el sol después de treinta días de viaje descubrieron que el puerto estaba fuera del lugar que le correspondía en las cartas de navegación. Aún estaban los marineros descargando el equipaje y los tesoros científicos, cuando Humboldt, saltó a tierra en mangas de camisa y preparando sus aparatos comprobó que el puerto de Acapulco estaba muchas millas más al norte de lo que indicaban las cartas de navegación.

Fueron cinco años de actividades de Humboldt en América; México, Cuba, Venezuela, Ecuador, Colombia y Perú, además de Estados Unidos, era demasiado que saber, su curiosidad tuvo que centrarse en algunos temas concretos. Los venezolanos lo recuerdan por la exploración del río Orinoco, cuando se internó en la abrupta selva virgen abriendo rutas fluviales de cientos de kilómetros hasta el Amazonas. De ahí fue a Cuba y regresó al continente por Colombia, donde se enorgullecen por su visita a Celestino Mutis el más grande de los naturalistas españoles del siglo XVIII.

Los quiteños no lo olvidan por haber subido al Chimborazo, cargando aparatos llegó a lo más alto que nadie había llegado y fue recordado por él mismo como su mayor hazaña. Los peruanos le guardan agradecimiento por el redescubrimiento y difusión del guano como extraordinario fertilizante y en su memoria, la corriente marina que el descubrió lleva su nombre.

Así llego a Acapulco, y siguió por el intrincado camino real rumbo a la Ciudad de México, tramos en carretas, tramos a pie y a lomo de mulas, en Taxco pasó una sola noche y fue suficiente para que la Casa Villanueva, como se conocía entonces, fuera nombrada Casa Humboldt porque se ahí hospedó la noche del 5 de abril de 1803 a su paso de Tepecuacuilco a Tehuilopetec.

Ansiaba llegar a la capital, por eso, su paso por Cuernavaca el 10 de abril fue de solo unas horas, donde descansó y cambió sus agotadas recuas de carga y de sus carretas en la Casa Borda cuando todavía era una de las postas -estaciónde tránsito entre el puerto de Acapulco y la Gran Ciudad, y mencionó que Cuernavaca era una tierra con “Calidad de eternidad primaveral”. Un año escaso le bastó para recorrer el país.

De vuelta al Atlántico, Humboldt hizo un recorrido rápido por las costas del ya independiente Estados Unidos, al entrevistarse con el presidente Jefferson, quiso obtener de él datos sobre los países sudamericanos enterándose que planeaba un proyecto político y territorial para toda la América en solo tres grandes repúblicas independientes de Europa; y cerró su viaje con una visita a Cuba.

Cuando regresa a Europa, llevaba más de 60 mil plantas, la mayoría desconocidas hasta entonces, había recorrido más de 64 mil kilómetros utilizando todos los medios de locomoción de entonces. Sus notas sobre geología, astronomía, arqueología, antropología, formas de vida y carácter de sus habitantes, historia antigua, y más, constituían una pirámide de papel de varios metros de altura que contenía referencias sobre minerales, fósiles, insectos, y animales disecados, la mayor parte de su fortuna había sido gastada en su hazaña.

Apenas habían pasado tres años y las librerías ya vendían su “Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente 1799-1804”, que durante 20 años iría completando hasta 20 volúmenes.

Cuando siete años después, apareció su “Ensayo político sobre el Reino de Nueva España”, Europa conoció la enorme fuerza potencial que México encerraba, Humboldt asentó que la ciudad era la más adelantada en ciencias. Su presencia en México, avivó involuntariamente el ansia de independencia que ya estaba a punto de producirse, muchos señalaron que Humboldt era un agente enviado por Francia para desencadenar disturbios contra España en sus colonias americanas.

¡Hasta la próxima!

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Sobre el autor

Carlos Lavín Figueroa
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