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Por los sinuosos caminos de mi memoria, veo que nosotros, como materia, somos los que pasamos por el tiempo, una dimensión física solo representativa, y así, vamos viendo cómo es que la ciudad va cambiando. En regresión, veo a aquel muchacho que caminaba pensando en su destino, que gustaba -y todavía- ir al centro de Cuernavaca, a escuchar de las urracas su trino y aletear con otras compitiendo por una rama donde posarse, a ver pasar la gente e imaginar sus historias y sus vidas del momento, según su actitud, su lenguaje corporal, su caminar, su vestir, como de los vendedores de artesanías en su ir y venir de su tierra, o del tendero que llegaba a la ciudad con su boina, o el campesino con sombrero, que venían a surtirse de enseres, despensas, mercancías, semillas y herramientas. Viene también a mi memoria el fotógrafo que tomaba “placas” a los visitantes de la ciudad al pasar de entre los dos jardines -el del quiosco y el de los héroes- en dirección a las calles de Guerrero y Matamoros para hacer sus compras y encargos de familiares y amistades, y de regreso a los autobuses -que tenían su terminal atrás del Palacio de Cortés- aquel fotógrafo les entregaba su fotografía todavía húmeda que unas horas antes les había tomado sin que se dieran cuenta. Y estaba también el fotógrafo con los caballitos de madera, que ya montado te ponía el sombrero de charro, dobles cananas cruzadas al pecho y un 30-30 de madera sostenida en la mano derecha imitando la más fotografía famosa de Emiliano Zapata tomada en el Hotel Moctezuma.

No había carritos de Hot dogs ni hamburguesas, habia tacos acorazados que en una gran canasta puesta en una banca de cantera al lado de la fuente Del León vendía la señora viuda de Valencia, abundaban los vendedores con su charola puesta sobre una base de madera de tijera, vendían antojitos, habas secas enchiladas y frescas en vinagre; huevos duros y trozos de carne seca que decían era “de burro”, servidas en papel de estraza con salsa de búfalo y jugo de limón. Esas eran las actividades en aquel Jardín de los Héroes, llamado así, por tanta escultura que tenía de los héroes nacionales, jardín, que desde su plancha se miraban al oriente los esplendorosos volcanes cuando todavía no estaban los edificios que ahora obstruyen esa maravillosa vista. Al final de calle de Guerrero, antes del acueducto, a la izquierda estaba la última carbonería, y a su lado sur el ultimo tecorral de piedras encimadas sin cemento. Y al pie del acueducto del barrio de Gualupita -que era el mismoun canal donde rápida corría el agua cristalina y en abundancia.

Veo por el retrovisor la Cuernavaca de artistas, pintores, muralistas, intelectuales caminando el centro, de los que ya hacen remembranzas y homenajes como a Ricardo Garibay del que apenas se cumplieron cien años de su nacimiento, y que fue parte de mi historia porque me dejó el recuerdo de su buen decir cuándo por los años setenta, lo escuché asombrado en el Casino de la Selva en el mismo salón donde había pintado el Doctor Atl, donde todavía estaba su andamio. La manara de narrar de Garibay, que, con su voz de tenor, sus drásticos cambios de tono y énfasis, pausas, silencios y hasta gritos te llevaba de la calma al sobresalto, del éxtasis al temor hasta erizar la piel, eso era narrar como nunca había escuchado, y con el, me di cuenta del poder que tienen las palabras y las letras para despertar emociones. Después de su conferencia hablé con él en los pasillos afuera de ese salón, pero eso ya es historia, yo viví esa historia de aquella Cuernavaca de los grandes personajes, ahora estoy viviendo la historia de una distinta Cuernavaca.

Escuché a Carlos Fuentes, otro magnifico orador, en una conferencia que dio en la UNAM cuando llevé a mi amiga Margie Cullen -que hacía honor a su apellidouna estadounidense que vino a estudiar español a Cuernavaca.

Y a Gabriel García Márquez en La Universal en varias platicas informales de mesa a mesa.

Y afuera de correos también conversé con el genio de Siqueiros donde tenía un apartado postal cuando esperaba que pasaran por él con su auto, eran tiempos en que los automóviles todavía podían circular alrededor de Plaza de Armas cuando ya le habían cambiado de nombre al Jardín de los Héroes.

Quedaron en mi memoria mis celebres maestros de primaria, Estanislao Rojas y; Agustín Güemes en La Evolución, que habían sido maestros de mi padre, y de la monja que me enseñó a leer, quien muchos años después me reconoció en el centro y me fue a saludar, y recordamos juntos aquellos anécdotas imborrables, como cuando me dejó por un largo rato como encargado de anotar en el pizarrón los nombres de quienes se portaban mal, ella se sorprendió de ver que yo había anotado también mi nombre, y del dibujo con lápices de colores de una gallina echada con el que saqué el primer lugar, y la tarjeta con flores y un corazón al centro hecha a mano con tinta china y pluma estilográfica para regalarla a mi madre en su día.

Y todo parece que fue ayer, ya no está ni el tecorral, ni el canal con agua fresca de Gualupita, que de repente desaparecieron sin saber ni cómo ni cuándo ni por qué.

¡Hasta la próxima!

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Sobre el autor

Carlos Lavín Figueroa
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