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Corría la primera mitad de los años cincuenta, la todavía provinciana ciudad se situaba entre las dos barrancas de Amanalco y de Analco o San Antón y del Calvario a Las Palmas, ya surgían algunas colonias, en ese espacio de cuatro calles de ancho por una docena de largo se desarrollaba la vida social, política y cultural y económica de Cuernavaca. Todo se encontraba en unas cuadras, cines, mercados, zócalo, comercios, tiendas, hoteles, cantinas y restaurantes atendidos con amabilidad por nacionales y migrantes españoles, árabes, japoneses, italianos. Todos nos conocíamos y nos saludábamos. En las banquetas, los menores, teníamos el deber de dejar a los mayores caminar del lado de las casas. Muchos adultos todavía usaban elegantes sobreros que de manera cortés se quitaban al saludar a las señoras. Había finas sombrererías como la de Matamoros casi esquina con Arista y otra en calle de Guerrero; boticas y droguerías donde se preparaban las medicinas al momento; alpargaterías, forrajearías como la de La Rinconada que estaba en la trunca calle Lerdo de Tejada -esquina con Comonfort- que todavía no tenía salida a la Av. Morelos y después se pasó a No Reelección.

Por todas las calles se veían comerciantes con sus borricos cargando y ofreciendo leña, carbón, leche, pulque, y otros de a pie ofreciendo

de puerta en puerta y a gritos, productos lácteos, aves de corral, de ornato y canoras, y en navidades hasta cabritos y lechones; no faltaba el zapatero remendón; el afilador con su flauta; el del bote con ruleta en la tapa colgado al hombro con una cinta de cuero anunciando con un triángulo de percusión sus delgados barquillos de harina y miel, el panadero con su gran canasto a modo de sombrero haciendo equilibrio en bicicleta, y los domingos el globero.

Algunas calles en pleno centro, como Galeana al sur de Cuauhtemotzin, Netzahualcóyotl al sur de Motolinía y Zarco, eran todavía de terracería, cuando llovía la ciudad olía a tierra mojada; la mayoría estaban más torcidas que ahora por tener origen en veredas prehispánicas que algunas autoridades

se empeñaron en mal alinearlas. Esas, y la mayoría de las calles del centro fueron pavimentadas hace alrededor de los años ´60, algunas sobre el empedrado que quedó oculto, Pocos años antes se estrenó el Boulevard Juárez y la Avenida Álvaro Obregón.

Acequias -prehispánicas y coloniales- corrían todavía a lo largo de calles bajo las banquetas, llevaban agua cristalina para regar las huertas traseras de las casas.

De Las Palmas hacia el sur, y la hoy Avenida Palmira eran angostas carreteras rurales; la actual Plan de Ayala era el viejo camino a Cuautla. La estación del ferrocarril estaba en apogeo, la llegada y salida del tren se anunciaba con su silbato, desde la madrugada era una romería, traía y llevaba, carga; ganado mayor, menor, de corral, y

pasajeros, principalmente de la Ciudad de México y de cualquier parte del país hasta Iguala y Balsas.

En esos años el Obispo Don Sergio Méndez Arceo, restauró la catedral a su forma original, retirando el retablo mayor y todos los altares que, adosados a sus muros, se fueron agregando a lo largo de los siglos. El equipo de futbol Marte de 1ª división era el campeón del futbol mexicano.

El paisaje era transparente, desde la Plaza de Armas, se apreciaban las escarpadas montañas de Tepoztlán hasta los esplendidos volcanes, hoy lo impiden edificios construidos sin respeto al panorama. El cielo, esplendorosamente azul era de admirarse -como lo sigue siendo, lo había dicho en sus esplendidas narraciones el diplomático y poeta Miguel

Alessio Robles; y el poeta Alfonso Reyes, escribía; A Cuernavaca voy, dulce retiro, cuando, por veleidad o desaliento, cedo al afán de interrumpir el cuento y dar a mi relato algún respiro. A Cuernavaca voy, que sólo aspiro a disfrutar sus auras un momento: pausa de libertad y esparcimiento a la breve distancia de un suspiro. Ni campo ni ciudad, cima ni hondura; beata soledad, quietud que aplaca o mansa compañía sin hartura. Tibieza vegetal donde se hamaca el ser en filosófica mesura…

¡A Cuernavaca voy, a Cuernavaca!...

La Flor del Maizal era la mejor la pozolería, estaba en un estanquillo de lámina con bancas corridas al frente y a los lados, ubicado a medio arroyo sobre la calle de Zarco frente a donde ahora está una universidad.

Los alumnos de primaria íbamos caminando a la escuela; en la Colón -cuando estaba en calle de Salazarnos daba clases en tercero de primaria el insigne y querido maestro Estanislao Rojas Zúñiga el ultimo en imponer orden con su larga y delgada vara de membrillo, él, nos narraba que el túnel que estaba afuera y bajo ese salón era para defensa de los tlahuicas, después los usaron los conquistadores, y que llagaba a catedral pasando por el Palacio de Cortés con diversos ramales y accesos. En la Escuela Evolución, imponía orden mi entrañable maestro Agustín Güemes Celis, ambos habían sido maestros de mi padre. Los dos mentores eran vecinos en la última calle “de” Guerrero. Eran otros tiempos de la todavía provinciana Cuernavaca,

¡Hasta la próxima!

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Sobre el autor

Carlos Lavín Figueroa
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