Historias y Relatos: La historia de la señora Susan Herter Downs en Cuernavaca

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Los cuernavacenses de ésta y generaciones anteriores conocimos a una respetable señora que fue asidua durante un cuarto de siglo al restaurante La Universal. Su rutina, raro proceder y especial personalidad causaba desconcierto entre los puntuales al centro. Vivía de planta en el vecino Marik Plaza, el hotel más suntuoso de la ciudad. Era común verla comprar hamburguesas para dar de comer a los perros que deambulaban. De pronto dejamos de verla. En los años siguientes era recordada siempre vestida de negro, escribiendo en su mesa habitual. Entre los comensales de ese lugar no se supo más de ella; y su identidad quedó en el misterio.

En una reciente crónica que publiqué sobre la “Colonia Americana en Cuernavaca”, hice una breve mención de esa enigmática señora. A raíz de eso, se comunicó conmigo Susana Bieberach Dielman; y me decía que aquella señora de negro que yo había mencionado, era nada menos que su bisabuela Susan Herter Dows viuda de Dielman. Para mi sorpresa, Susana resultó ser sobrina de quien fue mi querida amiga de la secundaria en el Instituto Suizo Americano, Yvonne Dielman Flores, nieta de aquella señora, en esos años, no me imaginé la historia que estaba detrás de mi amiga, concretamente de aquel personaje tan comentado en el centro la ciudad. Diez años después conocería a esa señora en La Universal y tampoco la relacioné con mi amiga Yvonne.

Susana, me empezó a comentar quien era su bisabuela y de cómo llegó a Cuernavaca. Karl, su hermano, me aportó más datos.

Susan Herter Dows había nacido en Nueva York en 1896. Ella dejó un archivo cuidadosamente ordenado de cartas, poemas, fotografías y documentos que permitió a sus descendientes reconstruir su mundo. Nació en la residencia familiar en el número 819 de Madison Avenue, casa que aún existe, diseñada por Carrere & Hastings, los célebres arquitectos constructores de los más grandes monumentos Beaux-Arts de la ciudad, incluida la magna Biblioteca Pública de Nueva York.

Susan Herter Dows fue la menor de tres hijas nacidas de Susan Dows y del doctor Christian Archibald Herter, ambos de la aristocracia neoyorquina. La señora Susan Herter describió a su madre como severa, orgullosa de su posición social y emocionalmente distante. Su padre, en cambio, aparece en sus recuerdos como una figura cálida y bondadosa; un médico destacado, fundador del Rockefeller Institute for Medical Research. Susan perteneció a un mundo de inmensa seguridad económica.

Su abuelo materno, David Dows, fue en algún momento el mayor comerciante de granos de los Estados Unidos y un poderoso inversionista ferroviario. Su abuelo paterno, Christian Herter, emigró de Stuttgart, Alemania, a mediados del siglo XIX; fue uno de los fundadores de Herter Brothers, prominente firma de muebles de élite. Sus obras adornaron residencias de Cornelius Vanderbilt, J.P. Morgan y Jay Gould. El origen y la riqueza de Susan le dio libertad, viajes, educación y agudizó su independencia, haciéndola menos dispuesta a aceptar el papel que la rígida sociedad neoyorquina le asignaba. De niña, pasaba los veranos en Maine, ahí convivía con los Rockefeller y los Ford. Durante su adolescencia, viajó por Europa y el Reino Unido.

Su hermana Mary se casaría en segundas nupcias con Daniel Crena de Longh, presidente del Banco Mundial. En cambio, en 1918, Susan sorprendió a la sociedad de Nueva York al casarse con Ernest Dielman, un joven pintor apuesto, pero su apellido no tenía el mismo peso que el de Susan. Aun así, provenía de una tradición artística seria; su padre, Frederick Dielman, era un pintor, ilustrador y muralista respetado y director de la National Academy of Design, donde está un mural pintado por él.

El matrimonio de Susan fue revelador. No estaba eligiendo seguridad ni prestigio; ya tenía ambos. Estaba eligiendo aventura. Susan y Ernest viajaron en motocicleta por los Estados Unidos y México; era una mujer rica, recorriendo caminos polvorientos y paisajes desconocidos en una época en la que la mayoría de las mujeres de su clase debían permanecer cuidadosamente protegidas. Para 1920 se establecieron en Santa Bárbara, California, donde nacieron sus primeros tres hijos: Stephen, seguido por los gemelos Frederick y Oliver. Stephen murió de neumonía a los cuatro años.

En busca de un nuevo comienzo, huyendo de los recuerdos ligados a California, se mudaron a París en 1923. Ese mismo año Susan dio a luz a su cuarto hijo, Robert, a quien conocí y traté en Cuernavaca, por ser padre de mi amiga Yvonne. Los Dielman vivieron en la Rue Campagne Première, en el distrito 14 de París. En ese momento era el corazón del mundo del arte moderno. Era el París de la “Generación Perdida”, tiempos donde figuras como Kiki de Montparnasse, Chagall, Modigliani y Man Ray transformaban el arte mismo. Apoyado por la fortuna de Susan, su esposo Ernest se sumergió en ese mundo e intentó consolidar su carrera como pintor. La pareja pasó tiempo en Florencia y finalmente compró una casa de verano cerca de Cagnes-surMer, cercana a Niza, llamándola “Au Dela” (Más allá). Durante sus años en París, Susan era una joven moderna. Fue una de las primeras mujeres en conducir un automóvil en Francia.

En 1933 Adolf Hitler se convirtió en canciller de Alemania, y en Europa empezaron tiempos inciertos. Para 1935, los Dielman regresaron a Nueva York. Sin embargo, para Susan, después de París, Estados Unidos le incomodaba; ni Susan ni Ernest parecían hechos para las expectativas conservadoras que los esperaban en sus familias. En 1937, con el mundo cada vez más inestable, se mudaron con sus hijos a México. Pero el traslado era solo temporal. En 1940, Estados Unidos promulgó la Selective Training and Service Act, obligando a los hombres estadounidenses de 21 a 36 años a registrarse para el servicio militar. Los gemelos de Susan, Oliver y Frederick, entonces en sus veintes, fueron reclutados. Susan temía que Robert fuera el siguiente. Y así tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre y se quedó en México.

Cuando la familia había llegado a Taxco en 1937, todavía era un pequeño pueblo. Años antes, William Spratling se había establecido allí, revitalizando la tradición de la platería y atrayendo a una comunidad de expatriados y estadounidenses como los Dielman, que vivieron primero en Casa Palacio y luego se mudaron a una casa más pequeña que llamaron Casa Forel. Pero la vida en Taxco no fue amable con su esposo, Ernest. Finalmente regresó a Estados Unidos, dejando a Susan y Robert atrás. Los visitaba ocasionalmente, pero la separación fue permanente en espíritu, aunque aún no en papeles. En 1942, Susan y su joven hijo Robert se mudaron a Cuernavaca, un lugar más cálido, con el ritmo lento de sus plazas. Allí permanecerían por el resto de sus vidas. Continúa su vida en Cuernavaca… ¡Hasta la próxima!