La vida de los perros callejeros es una mezcla de tristezas con alegrías. Aunque la palabra “perro” ya está pasando a desuso, porque se aplica para insultar o deshonrar y por eso, ya les llaman “peluditos” o perritos en diminutivo, aunque sean adultos o longevos.

Los perritos de la calle muchas veces viven más contentos, que con la cruel vida que les dan algunos de sus desalmados “dueños” quienes los ven como objetos. Tanta ha sido la maldad sobre estos animalitos que surgen leyes que castigan hasta con cárcel; solo hay que denunciar, porque son seres, que sienten y que han sido y son, los más fieles acompañantes del hombre.

Lo que sigue es una crónica-crónica de Mario Oliveros Gómez, obviamente de la que fue testigo, y además partícipe; porque el reportaje y el periodismo de cualquier género, además de la biografía y la historia; son otra historia. Nos cuenta Mario;

“Somos pocos los que recordamos las aventuras tan extraordinarias de un perrito llamado “Pichi”, que vivió entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado en Cuernavaca, su origen nadie lo supo, era un perro callejero, de un color atigrado de mediana estatura con similitud a un galgo pero corriente, de orejas mitad paradas y mitad caídas, su particularidad fueron sus múltiples batallas perrunas para sobrevivir, en uno de esos pleitos fue mutilado en el labio izquierdo, detalle que, por una parte, le daba un aspecto de fiereza, pero también denotaba ternura y para otros aparentaba risa, cada quien lo veía como quería verlo. Seguramente nació en el viejo mercado del reloj, donde se crio y creció. Si hubiera sido un hombre, se diría que estudio artes marciales por su especial manera de pelear, pues daba la impresión de que sabia boxear; esperaba que su rival lo atacara, lo recibía con un golpe de sus manos que lo distraía dejándolo con el cuello indefenso donde los atacaba, y era seguro que así se le rendían, esa era su técnica.

Como ese perrito detectó a nuestra palomilla del centro de Cuernavaca, formada también por Bolívar Fuentes, Rodolfo y Rubén Solís, Julián Villaseñor, Germán Marín, el “Charol” Álvarez, Mario Guerrero, Leopoldo Aínsle, Eduardo Huicochea y otros que hicieron historia en la Cuernavaca de la segunda mitad del siglo pasado, pero nunca lo supimos. En las reuniones que teníamos en el jardín de los héroes, ahora plaza de armas acudía con alegría a compartir con nosotros las canciones que interpretaban los compañeros y claro no faltaba quien sabiendo que vendría, le teníamos un poco de comida, lo que agradecía con un gesto de humildad y amistad moviendo su cola. Al final del día cuando cada uno del grupo se retiraba, el perrito seguía a alguno, y era bien acogido en su casa, al otro día seguía con su recorrido callejero habitual. Él se adaptó al cambio de aquel viejo mercado e igualmente se hizo famoso en el entonces nuevo mercado López Mateos, donde los carniceros que conocían su historia le daban huesos y algo de carne.

Ya conociendo mi recorrido habitual a casa, donde en ocasiones me acompañaba, los choferes de los camiones ya dejaban al Pichi abordar solo en la esquina de Avenida Morelos y jardín San Juan, y era común que acudiera a mi casa en la colonia El Vergel, llegaba cuando menos lo esperaba y después de saludarme le daba algo de comer. Cuando iba a viajar al rancho donde trabajaba, brincaba a la batea de mi camioneta pick-up y me acompañaba a mis labores. Así conoció Jonacatepec y ahí ya sabía dónde ir a comer, era una fonda que me atendía donde conquistó a la dueña y ella, creyendo que era mío le daba de comer suficiente, pues el perrito era de buen diente y no aborrecida ninguna comida que le daban, le entraba a todo, incluso frutas. En ocasiones se quedaba en el rancho como si se tomara unas vacaciones, donde se le veía en plan de conquista por todo el pequeño pueblo, hasta que yo regresaba, y presintiendo mi regreso a Cuernavaca, de un ágil brinco se subía la pick-up para dar por terminada su aventura en el campo. Así regresaba a su vida habitual, donde por las domingueras tardes se le encontraba en el lugar de reunión de los amigos. Lo mismo acudía a la casa de los Solís en calle Estanislao Rojas en el centro de la ciudad, donde también era bien recibido con comida y cobijo. En un tiempo, todo el grupo teníamos amistad con el famoso actor Paul Numan durante su estadía en Cuernavaca en el céntrico Hotel Marik Plaza, mismo actor que llego a decir que ese perrito era más inteligente que el famoso Rin Tin Tin, aquel de cine y televisión, sin embargo, a nuestro personaje le faltaba carita.

Y así continuó su placida su vida hasta que sucedió lo inevitable, pues él, había desarrollado un incontenible odio a los policías de tránsito, habiendo intentado en muchas ocasiones agredirlos cuando circulaban en su moto patrulla, hasta que finalmente uno de los elementos de esta corporación le disparó un tiro en la cabeza matándolo de inmediato. Fue muy penoso y triste el entierro que le dimos el grupo de amigos en el panteón de La Leona, sin lapida ni identificación alguna, pero eso si, con el adiós muy sentido y triste de los que fuimos sus compañeros de vida.

El agente, recibió una merecida lección por parte de los jóvenes amigos de El Pichi.

Hago presente esta crónica como recuerdo de ese protagonista inolvidable de una época en la ciudad de Cuernavaca, “EL PICHI”.

Esto nos cuenta nuestro querido amigo Mario Oliveros Gómez, uno de los últimos vivientes de aquel Centro de Histórico Cuernavaca, del primer tercio del siglo XX.

¡Hasta la próxima! *Para denuncias por maltrato animal; 777 312 63 23 y 3 10 36 59.

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